En lo alto para siempre. William Foster Wallace.



Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes. Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad. Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado. La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza. Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza. Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles. En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAF TERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino. Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo. Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua. La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez. Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender. La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido. Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAF TERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas. Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera. Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino. Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo. Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido. Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi. En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar. La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido. Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul. Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo. Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta. Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar. Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo. Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina. Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer. La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo. El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar. Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina. Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas. Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias. Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos. El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza. Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada. Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber. El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien? Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas. Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien? Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo. Eh. Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono. Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico. Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso. Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo? La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer. El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece. Hola.

Dietario voluble


Asistí el pasado viernes a la presentación del libro: Dietario voluble de un tal Enrique Vila-Matas. Que tipo raro. Por lo menos así me lo pareció. Rojo no hacía sino alardear de lo conocedor que es de su obra. Yo sólo había leído, sin mucho entusiasmo, Suicidios ejemplares e Hijos sin hijos. Rojo me lo presentó ya que le conocía de las ramblas de Barcelona, esa ciudad nerviosa y de mar que tantos recuerdos agridulces me acarrea. Vila-Matas posee la mirada más perdida que he visto. Una mirada cuya dirección apunta siempre, aun cuando te la dirija directamente a los ojos, al vacío de la totalidad. Supongo que todas las miradas apuntan hacia el vacío pero la del culé parece juguetear, precipitarse, habitar en el enrarecimiento vano. Después de firmar libros de una fila interminable, Vila-Matas, Rojo y yo salimos de la librería del fondo, en la colonia Condensa, a refrescarnos con un aire fresco que, se diría, traía consigo brisa de mar. Ah, que viento ligero, como el de Parma. Un viento que me recuerda el Mediterráneo, apuntó VM. Yo pensé que aquel hombre, ya encanecido, estaba un poco chalado. Estamos en una de las ciudades más alejadas del mar, dijo Rojo, sin embargo hay agua por todas partes. Huele a agua por todas partes y se puede escuchar su ritmo navegable si se pone un poco de atención. Vila-Matas miraba los árboles que se mecían con el viento sutil y que recibían, resplandecientes, la llovizna ligera. Rojo y VM comenzaron una charla disparatada sobre árboles de parques que se quedaron tatuados en su memoria, los árboles de su vida. Sobre los días lejanos que pasaron mientras contemplaban, en sus respectivas ciudades, el movimiento insólito de las hojas más altas. Yo entendía poco y me moría por una cerveza en la cantina más cercana. VM acaba de salvarse de la muerte, por ahora, según dijo en la presentación Sergio González Rodríguez y la guapa de Guadalupe Netel, y no puede beber más. Cosa que preocupaba a los lectores de su obra ya que pensaban que la enfermedad y la abstinencia minarían su calidad literaria. Pero más me preocupaba a mí que tenía tantas ganas de juerga. La mujer de VM, encantadora, Paula, llegó a la reunión de admiradores de árboles y se acopló a su divagación sobre la vida secreta de aquellas agruras que se mecían en el parque frente a la librería del fondo. Rojo y yo nos emborrachamos esa noche y Vila-Matas durmió, apacible, en el hotel Centro Histórico. Se le veía cansado.
Hoy he terminado mi Dietario voluble. En la portada está un VM negándose al posible observador y simulando que trae un arma, su mano, fajada en la espalda. En los interiores una foto del escritor con gafas. Se le ve, como decirlo, libre. Para mi sorpresa el diario voluble del escritor con la mirada más vacía que he conocido resultó una delicia. Un recorrido por autores que van tomados de la mano de la vida enrarecida, artística, como el mismo VM y su cotidianidad barcelonesca. Una dieta que se recomienda tomar en noches de iris negro o en compañía de los viajeros más lentos.

Aquel árbol que asomaba por la ventana de finisterra sigue meciendo el nido de los gorriones matinales que la despertaban. Resintió el otoño largo, su edad interminable. Una simple agrura sin nombre que creció en los ojos cerrados, en la respiración profunda, en la calle sepia, en la postal de una banqueta barrida por el polvo.
Aquella sonaja breve, música de luz y sombra que finistera escuchaba mientras dibujaba cuerpos y la casa se iba llenando de aroma a café y leche hirviendo. Imágenes como una ventana por las que se resbala la lluvia y la vida.
Yo soy un poco ese árbol y esos gorriones. La calle y los trazos agredidos por la humedad y el tiempo. Esta larga fila de cosas y gente que se despide se me figura al tren que toca siempre a la una. Sin falta. El tren que cruza la lejana comarca de finisterra.

Desdoble


R viaja de Mazunte a Oaxaca. Por la ventana de la suburban la sierra lo hipnotiza. El nacimiento de las nubes en las montañas le recuerda el lejano día de su infancia en el que la prima P dejó caer, sin intenciones perversas, una olla con agua hirviente en su espalda. El desprendimiento de las nubes, el vacío brumoso, le recordó el vapor que manaba su piel quemada. Le recordó la cara de terror que puso la prima P. Le recordó la humeante nieve de fresa que su prima y él fueron a lamer después de que la madre de R le untara pomada de eucalipto en la herida. R viaja en transe surcando el tiempo, las sensaciones y la sierra oaxaqueña.

Oaxaca. San José. Renacimiento. Playas anónimas.

Segundas apariciones

Aquel árbol, al atardecer, aleteo apresurado de un pájaro, el crujido de una rama, la luz sobre la yerba como una obsesión sagrada, la penumbra del cuarto, la ventana entreabierta, sobre la mesa un rayo del poniente como una mano de una niña inmóvil, nuestras voces y nuestros rumores como saliendo de un pozo profundo o de un gran ademán de la muerte.

Todo aquello respiraba en nosotros, todo aquello ponía su peso en nuestro corazón, su luminosa y quieta avalancha, su pesada gota de vida humedeciendo ciertas entradas del alma, ciertas cavidades donde el deseo y el recuerdo comparten sus talleres.
Todo aquello ponía por un momento su otra parte en nosotros; la blancura de tu cuerpo parecía un hermoso deshielo, un río atormentado por sus inclinaciones al mar, la luz del sol posada en lo que sentíamos al otro lado del beso; y todo aquello nos pertenecía de la misma manera que nos alejaba, de la misma manera que el tiempo introducía en nosotros aquello que éramos, mientras el atardecer se iba volviendo hermoso y antiguo como la nave mayor de un gran templo.

¿De quién son ahora estas palabras? ¿Qué movimiento realizan en la conclusión de mis actos? ¿Qué apariciones y qué ausencias las hacen posibles? ¿Quién las está escuchando? ¿Quién las dirá de nuevo?

He aquí la vocación de recordarlo, he aquí el instante en que es necesario que el sueño se saque de su interior sus vestiduras con un movimiento de prestidigitación; es necesaria esta invocación, este derrame de aguas y signos y transcripciones nocturnas: tus ojos eran más bellos que las grutas donde el mar es, al fin, la oscuridad de lo azul, tu cuerpo me convencía de esas aguas donde la profundidad desequilibra toda actitud de vida sin compartirla con el abismo, y las espumas de esas olas se detenían y se quedaban inmóviles en tu cintura y en tu cuello, en el temblor de tus senos, como esperando playas más allá de sí mismas, y esas espumas organizaban el mar en tu cuerpo y yo sentía la forma disuelta de tus cabellos sobre tus hombros, tus cabellos que parecían caer de entre las manos del poniente, y en tanta luz era la oscuridad la que guiaba mis pasos.

Imágenes, descubrimientos reservados a la pasión: entonces la volcadura, el cuerpo donde comienza la exploración del mundo, la invención de los mares donde el viaje sostiene los antiguos caminos de los hombres, aguas donde los navegantes abandonan la brújula y el portulano y la orientación, a partir de entonces, será confiada a lo que diga el viento.

Imágenes, meditaciones entre el hombre y su sueño; una tarde, el campo, los cerros esbozados por una luz última que casi los hacía de nuevo, el crepúsculo sobre las pequeñas casas, las mujeres sentadas a sus puertas, los niños jugando, los mezquites pasándose la brisa; lo recuerdo muy bien, lo establezco, lo invento dentro de mí, me cercioro de esas ausencias, me hundo en esas ausencias en el ritmo que el anochecer iba cediéndole al desierto.

Ahora lo busco en mi imaginación; la casa en el monte, el olor del polvo, el sabor un tanto amargo de aquellas yerbas que distraídamente mordíamos mientras hablábamos, la penumbra del cuarto, el rumor de tus pies descalzos por el piso de barro, los gritos de los niños allá afuera, la alta ventana por donde mirábamos desde la cama el vuelo de aquel pájaro donde la tarde donde la tarde cubría sus últimos tramos.
Dame ahora otros instrumentos para llamarte, la posesión de un lenguaje donde pueda escucharse el ruido de puertas y ventanas golpeadas por el viento que corre por estas imágenes, por estos sitios de representaciones equívocas. Dame ahora otras palabras para reconocerte, dame ahora otros signos para destruirte; que la imagen proceda a la deformación de aquella belleza para encontrar su propia belleza; la belleza irrescatable a la sombra imposible de nuestros actos (todavía contemplo –no sé si recuerdo- tu vestido negro caído en mitad del cuarto).

Todo es vano, por lo menos ahora en que tú, detenida al borde de otros acontecimientos, tal vez también vacilas ante el rápido vuelo, ante el breve aleteo de ciertas imágenes. Tardes de entonces, reflejos que se deslizaban por el descubrimiento de una presencia, por el canto de una libertad, que iluminaba sus centros de azar y exploración con juveniles umbrales.

Tardes de entonces. Enciendo estas palabras para iluminar los angostos pasillos de estas escasas descripciones, enciendo estas palabras para quemar las últimas hojas, las consecuencias de esta obstinada página en blanco.

Persepolis



El gran vidrio. Lo peor de todo.
Por la tarde cineteca nacional: Persepolis. Qué animación, estruja. No sólo presenta los extremos políticos en la historia iraní, también hace un recorrido, no sin falta de humor, por la naturaleza humana en constante búsqueda. Su personaje principal: Marjane, una simbiosis de la guionista y creadora del cómic original con la adorable niña que se convierte en mujer descubriendo la música e ideología punk, así como la potencia de iron maiden, todo enmarcado en la fatal visión de muerte que toca a sus parientes y vecinos (la absurda guerra). La travesía y la desilusión europea la llevan de regreso a casa, donde las cosas no han mejorado, todo lo contrario. Finalmente otros países son la escapatoria triste de una independiente joven con ideas y valentía que deja atrás a su familia, que por lo demás, sigue resistiendo en su tierra de brutal totalitarismo. Dirección: Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi. Marjane me recordó a ella. Casi chillaba en la sala oscura. Al finalizar fui el primero en salir para que nadie notara mis lágrimas de cocodrilo. Anhelé compañía, un café, una cerveza para después de la carga que dejó Persepolis en mí.
Hablo con madre por messenger. Allá, en el segundo desierto, también resisten. Ayudo con lo que puedo desde la terrible lejanía. De nuevo, que ganas de sentir el calor de un abrazo materno. Luego Turkoglov y su muñeca dislocada. Brother, todos las vibras curatorias del mundo. Grek, niña poeta aventándosela como Marjane. Feliz cumple! Mariano, todo para arriba, siempre se van los hijos pero los padres son más definitivos y ya no vuelven. Hay que rescatarlos en la memoria.
La literatura no tiene nada que ver con la vida. No es una simulación, no hay reglas gramaticales, la vida no sabe de ortografía ni se rige por estéticas. La vida va. A veces se atora y hasta en ese hueco es un viaje sin retorno. ¡Por la vida hermanitos!. Salud.

Un cachito

Claustro de Sor Juana. Lap top de nuevo a reparación (que lata). Metro dirección Balderas, luego dirección Universidad. Facultad de medicina. Facultad de filosofía y letras. Torta de pierna con quesillo y papas a la francesa. Una ligera llovizna. Los pajaritos, esos comunes color fríjol pinto, quieren que les comparta de mi torta. Son un buen. Lanzo una papa enorme. La atrapa uno pequeñísimo. Apenas puede volar con la enorme patata frita en su pico. Los siguen dos gorrioncillos hasta que se detiene y uno de los perseguidores le arrebata el alimento, no sin ser perseguido por el despojado y el tercero que ronda. Cuando se detiene con la intención de comerse el enorme tubérculo el tercero se la arrebata y vuela despavorido. Detrás de él las otras dos aves lo persiguen frenéticamente. Y así se pierden en las islas de CU.
Camino bajo la lluvia ligera. Por fuera del MUCA una piedra prehispánica con forma de serpiente me invita a lectura: Sputnik mi amor (qué ganas). Una chica me toma fotos. Dejo el libro y saco mi diario. Llueve con más fuerza.

La literatura es para reírse de uno mismo

Entrevista aparecida en www.dossier político.com y en el diario
Por Magdalena Frías J. / Diario de Yucatán
Dia de publicación: 2008-06-27

La literatura es un circo, es Lady Godiva corriendo en caballo con su amante, es el avión que como campana del cielo pasa en el momento más milagroso para clausurar y ponerle un moño amarillo a eso que finalmente libera la cerotonina, nos hace químicamente más felices. La literatura y los escritores son un circo, y apestan, porque se desgajan mientras escriben, y cada vez más carcomidos se van enamorando de la muerte.
En este caso tengo enfrente a Iván Ballesteros, hermosillense (1979) y un poco monstruo. Estamos sentados frente a un ventanal, al fondo una mesera va y viene con papeles en la mano. Es un lugar intermedio, los reflejos en el vidrio nos hacen doblemente fantasmas. Accidentalmente sentados en un tiempo que se estanca. En el bar del Sanborn’s, para amenizar la noche, un hombre de pantalón gris canturrea canciones de Marco Antonio Solís: “Esa pared, que no me deja verte, debe caer…”.

Y nosotros nos inquietamos en la silla, esperamos que sí, se caiga.

Monstruario (2007) es tu primer libro publicado. Cuando se termina de leer queda la sensación como de saltos en lo narrativo, lenguaje oral, cuentos más cortos, extractos de nota roja.
Iván Ballesteros: Los primeros son del 2005, los otros de 2006 y parte de 2007. En todos hay una búsqueda ligera, sobre todo de lectores-personajes.

¿Tú crees que se puede recurrir al cliché para atraer al lector?IB: Sí

Y ¿cómo se renueva el lugar común?IB: La última parte del libro es como barrial, apuesta por una oralidad, el lenguaje es de arrabal, las imágenes son de arrabal. El estracto de las cosas es el pueblo. Es cliché decir que no es cliché.

¿Cuáles son tus gustos literarios?IB: Narrativa, relato breve -que es conciso y apuesta más por el ambiente que por la descripción o motivos psicológicos de los personajes, es directo.

Eliseo Alberto mencionó que alguien le recomendó colocar en la narrativa a sus personajes dentro de los sentidos y no de los sentimientos…IB: Sí, que sea como el narrador o personaje narrador, así funcionan los relatos breves; se instalan inmediatamente en el lector, que sea el lector el que está viviendo esa historia. Ahora estoy informándome sobre aspectos de cómo funciona un mundo distinto, un texto fantasioso; a lo mejor por ahí lo que venga será algo como tomar de la realidad los elementos oscuros y violentos que pertenecen al vacío para mezclarlos con un elemento fantástico, algo que rompa la cotidianidad. No digo que voy a escribir como García Márquez. Algo así como ataques extraños de la naturaleza.
Un tornado viene y ¡pum!
IB: Pues un tornado que te patee, que sea de piernas de futbolistas que estén dando vueltas y te peguen una patada.

Lo ácido, el humor.
IB: El humor negro es el más exquisito. El trivial en literatura –un chiste, un chistorete– no se agradece.

¿Cómo fue tu salto de poesía a narrativa y cómo se relacionan entre ellas?IB: Todavía escribo poesía, no lo voy a dejar de intentar. La poesía es dinamita, es una exploración profundísima, un experimento en vida, en el lenguaje. Hace poco leí una frase: “Dónde vamos a enterrar a todos los muertos de la historia sino en el lenguaje”.

Heidegger y el lenguaje es la casa del serIB: Exactamente, el lenguaje es como un utensilio que se incrusta en una forma, la poesía es algo más fantasma, el agente secreto del lenguaje, la sustancia. El poeta importa poco. El escritor y narrador importan poquísimo, porque a fin de cuentas el mundo narrativo que construyen es lo que un lector agradece. Un escritor es como cualquier persona. Digamos literatura como sentido, escribir para no desaparecer, para no morir.

¿Una búsqueda por la trascendencia?IB: El que escribe lo hace para sobrevivir. Ahí te las avientas como se la avienta un vendedor de seguros. La literatura sirve para vivir. Este hálito místico y grandielocuente que tienen los escritores yo no me lo creo. Los escritores escriben y desaparecen, no tiene por qué estar ahí.

¿Cómo le hace un escritor para mantenerse viviendo de la literatura, sin hacer un ramake, cómo se olvida?IB: Son temperamentos. Hay gente a la que le gustan los reflectores, les encantan los reflectores y los reflectores encandilan. Entonces, el perfil bajo, a escribir y hacer lo que tienes que hacer. Aparte uno escribe lo que puede. Hay gente que quiere hacer lo que no puede y su literatura se cae, y eso se nota.

¿Cómo se vive, pues?IB: Haciendo reseñas por ahí, entrevistas. Trabajando en otra cosa que no tiene nada que ver con la literatura, pero sigues escribiendo. Hay un dato abismal: el libro que más se ha vendido en los últimos años en México es de Juan Villoro, ¿sabes cuántos se han vendido? Mil. Es rídiculo. Las editoriales venden otra cosa.

En tus exploraciones narrativas, ¿qué tipo de literatura está en tu librero y a qué géneros les dedicas más palabras?IB: Me gusta la literatura metaficcional, que no esté concentrada en el personaje de vida de un ser, sino que te cuenta la vida. La crónica me gusta, pero también siempre meto un agente ficcional, para que se convierta más bien en un híbrido. Eso es lo que me gusta. A todos los textos, como escritor, les tengo que dar un tinte literario, no soy periodista, ni cronista. Trato de ser un escritor de narrativa.

¿Cómo concibes el compromiso del autor con la literatura?IB: Mira, ahorita, estoy leyendo relato breve. Ese tipo de textos. Ya sabes como está la vida, globalizada, estresada, súbita. Las personas que se preocupan por hacer literatura breve, se preocupan por hacer lectores. Yo apuesto por la lectura, todo mundo debería tener ese hábito, que se espanda. A mí me gusta hacer una suma, entre cuento, relato y a veces hasta prosa poética, que considero es congruente con el tiempo en que estamos, que todo es súbito. Mezclar las formas, como un licuado de mango con plátano. Hay muchas formas de mezclar, utilizando datos certeros y rastreables con datos ficcionales.

¿Qué sería lo simbólico en tu narrativa?IB: Lo que tiene una carga poética, algo que resuma, recogerlo en una frase. La poesía es un buen resumen.

Y qué hay de perderte en la creación de imagenIB: Por eso dejé la poesía, me perdía en la búsqueda de imégenes, era muy lírico, soy muy lírico. Con la narrativa me pasa lo contrario, uso la nota roja y elementos de un cuento policiaco. Me gustan las bicicletas, los barcos, los trenes. Me gusta mucho el viaje. Todo lo que se desplaza -lo volátil- para mí es poético; y lo publicitario, lo diario, lo cotidiano, hace que haya mensajes, que el elemento mundano se mezcle con algo que a lo mejor es una extravagancia.

¿Qué piensas de la concepción del poema como la añoranza por el origen, la palabra que te permite desentrañar y palpar una realidad que se revela?IB: Sería lindo que fueran así las cosas. La verdad no sé. Se me hace un rollo muy divino Mira, la poesía actual -no sé si estás de acuerdo-, pero no hay, está seca. Y claro hay gente que escribe libros de poemas y gana premios. Pero una poesía que cargue al lenguaje y al humano, esa poesía que hace voltear un poco al origen, como tú dices, es muy díficil de encontrar. Claro que ha de haber poetas enormes, pero la poesía no se está vendiendo, no se está publicando poesía. O la que se publica es muy mala. Le falta una introspección en el ser, no sé si para tratar de ver el origen, el futuro o lo que sea; que el lenguaje trasmita una señal que venga de un ser humano, de alguien que está vivo y siente, no una estructura mental como la actual poesía, que indaga en el lenguaje, las estructuras, filosofías.

Y si lo súbito, como lo llamas, provoca la creación de una poesía de “cocina”, por la atracción del elemento cotidiano, decir “me estoy comiendo un gansito”…IB: Precisamente por eso no se publica, porque novelas y cuentos ganan terreno. Actualmente hay una variedad inmensa de escritores de narrativa de muy buena calidad, que esos sí se publican. Los lectores quieren leer historias, como ir al cine y al teatro, tener acceso como a todo. Leen a Murakami, que lo retrata de una manera extravagante y se enamoran. En Roberto Bolaño hay un reflejo del personaje diario que somos todos, con preocupaciones y lapsos de dicha aventurera.

¿Consideras que la poesía que has escrito es poesía?IB: Algunas veces lo siento así. Por todas partes llueve.

¿Qué tanto tallereas tus textos?IB: Mucho, cuando considero que un texto va para un libro siempre está puliéndose, puliéndose, es a lo que realmente le dedicas todo lo que has asimiliado. Creo que lo que te queda tienen que ser piezas totalmente distintas de tu faceta como alguien que se está ganando la vida. Por ejemplo, como hacer reseñas o crónicas para periódico. No tiene que ver con nada, ni siquiera con la literatura. Cuando pienso un cuento llega como un resumen de todo lo que he dicho, y una frase resume cómo se está haciendo algo o qué hace alguien en particular. En eso me ha ayudado la poesía. para dar esa salida, todo lo que he llevado tiene algo oscuro. Tengo una imaginación perversa, pero humana, y ahí es donde entra la poesía.

¿Ese rastro humano podría emparentarse con la tristeza, hablar de una literatura triste?IB: La literatura, no; el sentimiento humano profundo yo no sé si es triste pero no es alegre. Hay una mezcla de las dos y es donde entra la palabra “saudade”, no te estás carcajeando porque es analítico, es como cuando un poema te hace reflexionar.

¿Qué piensas de la poesía que te hace reír hasta llorar pero es efímera, no sientes su rastro?IB: Es mala literatura, si leo todo Condorito me río.

¿Cuál es un personaje de cuento?IB: Personaje anónimo, solitario, gris, como lo era Kafka. Ahora los personajes ya no se angustian en el vacío, lo habitan nada más.

¿Qué tanto te pasa la vida como en un hilo, qué tanto te vuelves un contemplativo y “saudadoso”?IB: Antes me acompañaba siempre la saudade, a eso ayudó mucho la lectura de Pessoa, y algunos otros. Por ahí alguien admite que toda la literatura que apueste por ser universal tiende a ser triste. Pero la melancolía, la “saudade”, me acompañaba bastante, todos mis intentos eran predeciblemente nostálgicos. Pero ahora no, soy un pillo.

¿Qué tanto se refugia eso en el humor negro, o se metamorfosea?IB: Con el tiempo te vas riendo más de ti mismo, eso es fundamental.

¿La literatura es para reírse de uno mismo?Sí. (Risas, demasiadas risas).

Mensajes


1
La gente viste de verano. Yo mismo voy con shorts y chancletas. El sol revienta en Playa Lobos. De los libros que me regalaste sólo queda Antología funeraria. Debo reconocer que eres bastante oscura. En especial el último título me resulta, como decirte, desolador.

2
La casa que rento tiene un ventanal que da a la playa. Mientras leo tus afligidas recomendaciones literarias repaso las historias posando la mirada en el mar. Te confieso que nunca me pareció tan apenado su sonido. Es más, en otros tiempos su arrullo terminaba por sosegarme. Luego el ritmo lento con el que empujan las olas matinales. Se me figura que el agua ha sido tocada por una electricidad pasmosa y arbitraria. Llevo ya dos semanas y ninguna noticia de aquello.

3
Escribí en la arena: el mar me borra.

4
Ya mes y medio y nada. Hoy ni siquiera me asomé a la playa. Por fin terminé tus novelas mortuorias. Vi Cassandra Dreams. Dormí hondas 15 horas.

5
No pasó nada. Ya ves. Algunos no tenemos remedio. La semana pasada caminaba con Minelita por la playa. Me han visitado de fin y no sabes lo bien que me ha caído. Fede me trajo a regalar una novela encantadora: La última escala del Tram Steamer. ¿La conoces? Bueno, dista mucho de tus gustos. Pero sabes, si querías que todo se me revistiera de nostalgia y muerte por estos días La última escala hubiera estado perfecta. Algo así buscaba. A eso me refería con novelas que te hicieran levantar la cabeza y dar una profunda bocanada de vacío.
He dejado todo dispuesto en la mesita de noche. Nos vemos en otro lugar.

Risa en la oscuridad.


Vamos hacer un programa cómico. Están invitados. Se llamará: Risa en la oscuridad.
(Desde la azotea: círculo de la morte, una bola de changos intentando aminorar el calor insoportable de junio).

Ocio de lunes y hambre



Gran sorpresa en las tiendas de un Chino. Isla de remate con libros de la editorial Mondadori. Daniel Chavarría (1933), un ciudadano Uruguayo, un escritor cubano que me trae (aun) persiguiendo la bicicleta de Alicia.
Adiós muchachos (Barcelona, 2004. Ganadora del Edgar Allan Poe) una de las 10 novelas que compré en el market del chino en lugar de comestibles.
Por las tardes el cuarto de Turkoglov es cálido. Las ventanas son grandes y dan a un pequeño balcón. Hoy me senté en ese balcón desde las 5:00. La luz caía luminosa en las hojas de Adiós muchachos. Para las siete de la tarde, la luz más delgada aun conservaba una luminosidad reveladora, terminé la novelita sintiéndome animoso, vital.
Después vi la película Death at a funeral (Frank Oz, Reino Unido, 2003). Cuando me carcajeo siento que estoy al revés. Es difícil de explicar. Abro tanto la boca y mis risotadas son tan fuertes que desbordado (invertido con respecto a la naturalidad simple de sonreír, lamentarse o estar inmutable) mi contracción en el vientre se me figura un evento de transformación. Como si la fiesta que soy a veces saliera de su casa escondida y con toda desfachatez anunciara su pachanga escandalosa. Bueno, el filme es una hilarante comedia negra que me puso al revés casi la hora treinta minutos que dura.
Una novela estimulante fumada en una tarde cálida y una película divertidísima no quitan el hambre. Turkoglov me recrimina y pide le explique cómo fue que no compré un solo comestible.

Historia triste


A los hígados Steve y Estela les encanta asimilar alcohol (esa ardua, dura tarea) juntos. Sus cuerpos les llevan, con el pretexto más insignificante, a restaurantes y lugares apartados. Steve y Estela, dos de los mejores hígados que ha conocido el narrador.
El cuerpo que aloja a Steve es flácido y torpe. Steve sabe que no durará mucho. En cambio Stela es un hígado nuevo. Digiere alcohol como ningún otro, piensa Steve. El cuerpo que aloja a Estela es ágil, pequeño y propenso a la juventud.
Los cuerpos de los hígados no importan. Basta decir: a veces se rosan los hombros. Se miran. Se saben propensos a ellos mismos. Las noches que se ven no alcanzan para que Steve y Estela queden mínimamente satisfechos.
Steve y Estela, mientras digieren alcohol, planean un plan maestro que los libere de aquellos cuerpos tan fofos y proclives a desaparecer.
Los hígados compañeros, en la próxima cita, saltarán, así lo han planeado, de sus respectivos costados y cuando lleguen al piso. Ay, cuando lleguen al piso.

Lila Downs: up


Gilda y Vene


Después del incidente con Turcoglov, o valdrá decir mi payasada, las Siestas del Pistic han resultado medicinales. La broma solitaria que soy en ocasiones se reúne con otras bromas expectantes.
Los habitantes de esta ciudad, tan acostumbrados al silencio y la apatía, salen a la calle y se emborrachan dando largas caminatas por la alameda y el “centro histórico”. Lo bonito: esto sucede frente a policías y autoridades que se hacen de la vista gorda.
Debo decir que han sido las mejores Siestas que he presenciado. Sobre todo Lila Downs. Su voz en vivo me resultó impactante. No creía que un ser humano estuviera dotado con semejantes cuerdas vocales, pulmones y estómago (corazón). La voz de Lila es un conducto hacia un lugar menos torpe. Un llamado de la naturaleza, el silbido lejano de un tren, de una sirena con complejo de Adelita.
Sus agudos alcanzan las fibras de los escuchas que, incrédulos, miran el rostro de la muchedumbre y reconocen en ellos un solo rostro: el de la sorpresa.
Lila baila simulando una iguana mística. Lila canta como lo hace el agua, la selva profunda, el bosque, el viento, la arena. Canta como si volara un pájaro. Como si un pez saltara en medio de la inmensidad. Luego cuando interpreta esas canciones del colectivo enfermo de melancolía (Naila, paloma negra, por nombrar dos). De amores rotos y enmendados. De borracheras tempestuosas que no terminan. Lila levanta la voz, la plaza entera.

Fiesta de mareo


La combinación: cerveza, estruendo, gente que se multiplica como un caldo turbio, siempre cayó mal a Ramiro. La parafernalia de heces enormes, bebidas locas y bailongos populachos resultan un coctel atroz que termina por revolverle el estómago. De pequeño subía a viejos juegos mecánicos imaginando que se trataban de naves intergalácticas que lo mareaban durante semanas. Los juegos de hoy, más sofisticados, deben resultar menos vomitivos, pensaba Ramiro. Serían siete las veces que Ramiro, acompañado de sus padres, amigos o vecinos (nunca con alguna novia), había asistido a lo que él ahora consideraba un láxate colectivo, una pachanga para sombrerudos cocainómanos, un festín de pleitos y anonimato.
El hijo de Ramiro, Arturito, había pedido a su padre que lo llevara a la Expo Ganadera con motivo de celebrar su cumpleaños número ocho. Cuando el niño le pedía con tanto fervor su deseo Ramiro repasó anécdotas de antiguas ediciones del festejo. Una de ellas la de el hombre que mató, de un sólo golpe, a otro que de entre la muchedumbre apretó las partes nobles de su novia (senos). Pensó en las historias que se maquilan regularmente entorno a la Expo: adolecentes violadas en medio del gentío o en rincones lóbregos del rededor. Niños (as) que jamás bajaron del barco vikingo o que desaparecieron entre la costra de polvo que levantan los bailadores. Autos desvalijados en estacionamientos dudosos.
Para muchos resulta divertido observar la mirada perdida de las vacas. El contoneo coqueto de su colita. No para Ramiro.
Esta noche estarán Los tigres del norte, le refiere Panchita, su esposa. A mi qué me importan los tigres, dice para sus adentros Ramiro y se le viene la imagen de un baldío enorme donde modelos patrocinadas por cervecerías lucen minifaldas pequeñísimas, anfitrionas perfectas del simulado paraíso norteño.
Un palenque lleno de narcos. Pésimas obras de teatro, artistas veteranos, estiércol, malandros que se estrellan con saña en tu hombro, la mujer tarántula, el tiro al blanco, churros.
Son aproximadamente dos mil pesos entre cena, bebidas, chucherías y taxi, calcula Ramiro. Pero es el cumpleaños del nene. Qué importan los mareos y el dinero de un mes de trabajo. El nene sale bien en la escuela y es obediente como pocos. El nene se lo merece. Además, resulta más caro organizar una fiesta: la piñata, el pastel, los dulces. Eso sí, nada de tigres o polo polo o chenchito el muñeco. Ramiro se niega a entrar al palenque argumentando que es muy caro. Panchita, fanática de Los tigres del norte, asiente.
Resulta sorprendente para Ramiro la luminosidad de los juegos mecánicos. Parecen naves intergalácticas, especula. Sube con su hijo al cohete, al remolino, a las sillas voladoras. Se estrella de bruces con un cholo, bebe un vaso gigante con tequila y cerveza. Arturito dispara en el tiro al blanco y resulta ganador de un enorme oso que lo pone como loco de contento.
Cuando hacen fila para subir a la atracción más importante, la montaña rusa, Panchita nota que Arturito se siente mal. Ramiro, que se divertía como enano, se lamenta del estado deplorable de su hijo y se dispone a salir del lugar.
Ya en el taxi Ramiro nota el mismo mareo que lo había atacado en años anteriores pero ahora reflejado en el rostro de Arturito, que de la nada comienza a vomitar sobre su gran oso. El flujo del líquido es tal que alarma a su madre. Mientras atiende a su hijo Panchita piensa en la mano extraña que le apretó una nalga cuando esperaba, comiéndose una nube de azúcar, que su familia bajara de aquel aparato intergaláctico.


Estaría muy bien que se hicieran de esta revista. Que no los engañe la portada, que por lo demás, es elegante. El contenido está muy bueno. Los adoradores del Nobel mexicano puede que se sientan ofendidos por desentrañar las ideas del gran poeta y hacer un ajuste preciso. Lugo el legado artístico y filosófico de la generación del 68. (por allí una reseña de mua sobre el último libro de Murakami y un infograma sobre nuestro querido Octavio). Son 10 años tempestuosos. Festejemos. No olviden una rompe vientos.


Fui a San Nicolás, un lugar alucinante. El sitio está rodeado por dunas gigantescas que parecieran las caderas de una morenaza dormida (algunos verán los senos). Cuando se entra a San Nicolás se entra en otro mundo. Uno menos hostil donde morenazas enormes dejan recorrer su cuerpo desnudo o hacer sand boarding sobre la arena (siempre he creído que el número de granos de arena de todas las playas del mundo corresponde a la cifra correcta del infinito).

bámbola


Con el mar de Cortez contenido en las pupilas para siempre. Bajo la luz de una luna casi llena me comunico con como los pájaros. Le digo: hola. No hay adeu. Guapa de corazón distendido. Hay comienzo. Renovación. Tiempos para recorrer el breve verano que es la vida. Le sugiero: pinta, con las aves que hagan falta, un horizonte de fuga que sirva para sobrellevar el diario, la dosis. Le recuerdo: la inercia, la gente que va y viene. Todos y todo parte de una misma referencia. Adelante, guerrera.
Como los pájaros se extraña desde hoy. A las mañanas se les siente un mecanismo de ausencia. Las noches desmanteladas sin como los pájaros. Pero el sol sale y se pone a sus horas y a sus horas desanda la sombra sus pasos.
Todo comienza. Vamos como los pájaros. Encontrando signos, recorriendo estaciones.

Sin lugar para los viejos (tiempos)



Mi visita es ya una estancia. Las más de las horas estoy encerrado en el cuarto de Turkoglov simulando una lectura que no alcanzo a comprender. Mentira. Las más de las horas bebo whisky. Mentira. Bebo cerveza Tkt roja y fumo.
Ayer buscaba algún conocido con el cual pudiera hacer lo que más hago en el cuarto de Turkoglov o cualquier actividad, como ir al zoo. No encontré a nadie. Mentira. Nadie estaba disponible.
Si no fuera por V, que está por marcharse, diría que no hay lugar para mí en la ciudad. Pienso: soy viejo y mis actividades para compartir resultan aburridas. Soy una persona poco interesante o desagradable. No tengo amigos. No tengo imaginación. Todos están inmersos en un dinamismo secreto. Pero ¿quiénes son todos? Las dos o tres personas que me apetecía ver viven en otra ciudad o país. Y las otras dos o tres están fuera del aire o hacen cosas como: lijando el cooler, cuidando al nene, mirando los resúmenes deportivos.
Deambulo por las calles grandes de esta ciudad. Es confortable manejar los domingos, pienso, de regreso al cuarto de Turkoglov.

Familia atómica


Mayo no termina por desenredarse la corbata cuando Julito ya está acusado a Che por haber visto el programa prohibido en Discovery Channel. ¿Cómo es posible Che? ¿Cuántas veces te he dicho que? Y tú Julito, te advertí que no me gustan los delatores. Los menores reciben una palmada. Che sabe que fue Julito el ganador de ese round.


Mayo regresa a casa a las siete de la tarde. Llega cansado. De lo primero que se queja es del metro. Le repugna lo atestado que va a esa hora y el olor que desprende el pueblo raso. Así les dice Mayo a los usuarios del transporte subterráneo.

Dona llega a casa con comestibles y ve a su marido recostado en la sala. Haré entomatadas de cena, dice a Mayo mientras saca de las bolsas queso crema, tortillas y lo que creo es un bote de leche. A Mayo le encantan las entomatadas. ¿Alguna novedad? Pregunta a su mujer con tono fatigoso. Sí, hoy por la mañana cortaron el cable, responde Dona.

Julitoooooo! grita desde el sofá Mayo. Che sonríe debajo de la mesa.

Cuerpo a la vista

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
plata sin fin de tu costado.
tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.
Siempre hay abejas en tu pelo.
Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.
Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.
Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.
Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)
Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.

-Octavio Paz


En el atalaya despoblado juega el polvo a levantarse el vestido

Es bueno estar ante el silencio de sus bragas

"La noche flota
acuosa, helada.
Es un lago oscuro
que salido de su cuenca
recorre las calles".


Y si hay fuego aprenderé a arder
-Nacho Vegas

Hoy visité al filósofo del amor que es Pío Daniel. Antes de llegar al último piso del condominio donde vive, un olor a humo me hizo sospechar lo peor. La noche previa soñé algo extraño: estaba yo en la playa (sueño mucho con el mar) y Pío Daniel gritaba desde una lancha que lo sacarán de allí. Que no quería estar en un mar tan pequeño y tan caliente. El sueño me alertó y marqué al teléfono celular de Daniel Son. No me contestó. Estará sumido dormitando, pensé. Al siguiente día andaba yo por CU, lugar donde vive mi amigo, y seguía rondándome la imagen del Pio gritando desde una lancha, así que volví a marcar a su teléfono: el monótono sonido de un celular que nadie se presta a contestar me puso de nervios. Tengo que ir a la casa de Daniel, me dije. Mientras subía las escaleras el olor a humo, el ir y venir de gente con aparatos estropeados y muebles ahumados, de plano, pusieron mis nervios de punta. Resulta que el pequeño cuarto donde duerme mi amigo se calcinó por completo. Sus pocos libros, su ropa, su lap top, y las contadas pertenencias que hacían llevadera su vida se quemaron reduciéndose a polvo negro. Un corto circuito convirtió en cenizas las escasas pertenencias del Pío Amor. Afortunadamente él se encuentra bien. Logró salir antes de que el siniestro se convirtiera en el gigante violento que terminó por devorar dos departamentos.
Este Post es para que la gente que le conoce y sabe de la calidad humana de Daniel se solidarice y envíe algún recurso económico para que el Pío pueda volver a comprar un colchón de dormir, cobijas y de más menesteres necesarios para sobrevivir el diario. Daniel se quedó en la calle. Hoy duerme con un amigo, mañana con otro y así. Necesita pues que le hagamos el paro todos aquellos a los que el Pío nos ha tendido su mano de manera desinteresada. El número de su cuenta bancaria en Bancomer es: 1287688180
Sin más, espero que tenga eco este post y ayuden. Daniel no está de acuerdo pero pues para qué son los amigos. Les digo, a todos aquellos que conocen mi manía por decir y hacer bromas que esto no se trata de una. Sin más. Un abrazo. Espero que apoyan a Daniel.


Mi querido Bolaño quiso terminar 2666 pero le llegó antes la pelona.
P.D.
(Ayer vi Control. B arrepentido por no ingresar a la sala del lumiere una botella de whisky. Yo pensé: hubiera estado bien. Desde una perspectiva victimaria, la mujer de Ian Curtis narra las infidelidades depresivas de su esposo. Lo mejor del film, a parte de la música, la fotografía de Anton Corbijn. Un blanco y negro con grumos que retrata el gris y denso espíritu de Joy division. Ciertos momentos en la actuación del debutante y vocalista de 10 000 things, Sam Riley, el cual desbancó como candidato a interpretar al símbolo de la banda al famoso Jude Law, son muy buenos. Sobre todo en las actuaciones en directo cuando recrea el frenético baile de Curtis. Una peli que vale los 44 pesos que cobran en los cines o los 10 pesos que cuesta pirata. Después de ver la peli dan ganas de festejar y sacudirse, por supuesto, con música de Joy division. Se recomienda un whisky a dos manos).

Barrio


Se abre el telón como una tolvanera en el monte
Por mi casa quedan los panteones y los tianguis
Los yunques y la anquilosada lama de canales verdes
Cerca de mi casa aterrizan aviones y buitres
Las cantinas son circos secretos donde ofician magos retirados o domadores de silencio
En los callejones hay fiestas anónimas de albañiles que bailan fajados con cuchillos
Los perros mueren en la vía pública y se hinchan como balón que ya no sirve
Los carros revientan gatos globos peludos
En los alambres de luz hay tenis que fungen de péndulos o renuncias
Las casas huelen a pan o a pared húmeda
Las esquinas a orines o mariguana
Las tiendas a cebolla y tomate pasado
Las señoras a harina o carne seca
Los viejos a carreta o tepache
Los niños a tierra revuelta con chocolate
Las niñas a paleta tutsi y a muñecas destrozadas
Cuando llueve hay lagos y risas
Barcos de vidrio cortan pies de leche
Los pleitos suenan como alarmas lejanas
En las canchas se disputan las horas y las cocas
Hay un ámbito de tamal de elote o carne asada
De tecates rojas y caguamas que suenan a gorriones
Los vendedores de droga son nobles y cuidan las azoteas
Son sus clientes quienes roban los focos de los patios
Este es el barrio memorioso que sierra su telón de polvo


Vestido con un traje anti llamas de los que usan los bomberos el pianista japonés Yosuke Yamashita tocó hasta que el piano se deshizo. Voluntariamente lo prendió fuego en una playa mientras tocaba ante un público atónito de quinientos espectadores.

"No considero que mi vida estuvo en riesgo pero casi me ahogo con el humo que se me entraba en la nariz y los ojos", explicó el pirómano."Decidí seguir tocando hasta que el piano dejara de hacer sonidos, así que sin que me lo propusiera terminó siendo una batalla a muerte entre él y yo".


I
Paseo Reforma ha sido tomado por bestias inconcebibles. En la mente de Leonara Carrington esas bestias corren por valles surrealistas. Es paseo de Reforma un valle surrealista, una porción aislada de la mente de Leonora Carrington. El último gramático de Colombia admira las esculturas mientras disfruta comiendo grasientos chicharrones. El puñeta piré se hace acompañar de un niño-amante que funge como fotógrafo. A unos pasos se encuentran los guardianes de la tierra. Los voladores de Papantla que cada 30 minutos ofrecen el espectáculo que estabiliza al universo.
II
Más tarde la arena México y un dios: Mascarita sagrada. Sus lances son de otro mundo. Uno elástico y diminuto. Uno más allá de la lógica y la física. Mascarita sagrada y su pequeño cuerpo volando por sobre nucas. Alzando los brazos de la victoria.

Viento de semana santa

La semana santa me recuerda a Oswaldo, el Bibi. La última vez que le vi unos judiciales nos zapeaban la mollera por robar discos de Sepultura en conocido centro comercial cuyo propietario es un chino. Eran los tiempos iconoclastas, irreverentes de la secu. Vagos, nómadas esquivando cholos y perros. Cuando regresamos de vacaciones nos dijeron que el Bibi había muerto en una alberca. No se ahogó ni nada. El Bibi sabía nadar. Tenía una malformación en el corazón que le provocó un paro mientras buceaba entre piernas de adolecentes (El Bibi, como tod@s a esa edad, era naturalmente lépero). Oswaldo tenía unas profundas ojeras malva. Yo no sabía de su mal formación.
Años antes, precisamente este día, Carlos, mi tío de 24 años, moría ahogado en las playas de San Nicolás. Una anécdota se desprende de aquí: Carlos se negaba a ir a la playa. Después de casi ser obligado por familiares y vecinos se subió a la camioneta. En la carretera las mujeres preparaban comestibles. Una de ellas introducía un rollo fotográfico al aparato. Tras un trastabilleo de la camioneta a la mujer se le cayó el rollo y dijo: híjole, ya se veló. Carlos, al comentario de la mujer señaló: al que van a velar en la noche es a mí. ¿Ironía dramática? No, de eso no hay en la vida. La muerte se siente. El aire de semana santa la trae consigo.
Recordando aquellas muertes siento la vida que ocupo. Siento mi boca, mis ojos. El tambor sordo de mis latidos, y mando un abrazo a todos los vivos que están en la distancia, llegando, persistiendo.

Desde la casa de pio

Las esculturas estàn sueltas como animales colosales. Huele hierba a lomo de valle. No importa el tiempo. ¿O sí?

nada

La carretera es amigable.
Oaxaca: en la búsqueda de pintores místicos.

"Hay que encontar el camino equivocado que te conviene." Beckett en sus encuentros de silencio con Charles Juliet.

Café de olla y un horizonte para surfear.

lista de jesse james


sacha sokol me tomó del brazo y advertí un ligero coqueteo.
bruno bichir se parece a pessoa.
óscar no es infeliz y cree en dios.
no existe el olvido.
ángel de la independencia visto desde un aburrido antro.
cerveza en cantidades industriales.
amanecer con silvio rodríguez.
una foto de venecia.
comida corrida a 35 pesos.
"mi novia quiere suchi y a mi no pegan".

encontré 150 pesos en izazaga.

no me gusta caminar por calle 13.
un microbus estuvo a punto de atropellarme en eje central (mario santiago).
frente al hotel se alimentan las ratas.
musil.
domingo western: "the assassination of jesse james by the cowrd robert ford".
chiles rellenos y arroz con huevo.

simplemente desempleado (suciedad discriminada)

No tengo trabajo así que veo películas, leo y salgo al desmadre. El miércoles una bomba de fiesta donde Mario Bellatin, con su garfio, fue ofendido por el Pio. Hay Pio. Y unas alemanas que nos invitaron a bailar salsa al Pata negra, pero huimos. Esa noche pasé un frío de locos. La reseña ya la hace franz en su blo.

Libros:
“Informe” de Rafael Lemus. Tusquets México, 2008. 106pp.
No espere encontrar el lector todo lo que pide el crítico a escritores en sus intervenciones en Letras Libres y demás medios.
Su primer cuento: Efrén, es una narración, con lupa, de pequeños mundos. Un texto inquietante sobre un hombre que causa la combustión del mundo con el hueso de su frente, un texto con un final apocalíptico, chingón.
El uso de las comas es exagerado en todo el libro. Las mismas técnicas en los ocho relatos. Hay, únicamente, narradores personaje. Predomina la primera persona. En los textos estalla la noche, el placer, la vida. La contención narrativa, las historias sin historia, la sobriedad que resulta de pronto aburrida. Eso sí, de trazo inteligente.
Felicidad, relato oscuro, delirante, amenazador, enrarecido.
Escalera, reflexivo, poético, sobre lo infinito del pensamiento. En los relatos de Lemus no hay diálogos. En Crítico uno imagina al autor con su maestro recorriendo el largo camino de la historia literaria. Un texto que se conecta con el relato titulado Mar. En los dos hay niños que lanzan bolitas de mierda seca a los ávidos indagadores del conocimiento. Nieve recuerda la muerte de Walser. Este quizá es el texto más interesante, junto con uno redondo al que yo le agregaría el adjetivo tramposo de genial: la mini narración titulada Moscas. El libro, como justifica en el epílogo el autor, está permiado por lecturas, técnicas narrativas y frases de Juan Vicente Melo, Beckett, Efrén Hernández. Lemus acierta al decir que los ocho textos reunidos en “Informe” son un ejercicio de admiración a una lista reducida de los autores ya mencionados. El lector agregará más a la lista, seguro.
Vila-Matas ha dicho que el escritor es un repetidor de otros escritores, cosa que también dijo Borges. Viva la repetición literaria entonces. Si algo se debe agradecer de “Informe” es el cuidado de tono y forma. Pero no es, para nada, la renovación que uno esperaría de alguien que encuentra tanto en los textos de otros.
“Aforismos de Zurau”, Franz Kafka. Sexto Piso, México 2005, 157 pp. Casi no puedo decir nada. La lucidez del praguense es algo ya muy tratado. Conviene leerse este libro con una disposición unánime a reflexionar. A hacerse preguntas.

Películas
“París, te amo” Se recomienda verla con pareja. En soledad resulta encantadoramente melancólica. Pequeñas historias de amor vistas de distintas visiones desde la ciudad luz: Cuarón, Hermanitos Coen, Craven, Payne, Gus Van Sant, Isabel Coixet, Walter Salles, entre otros. Encantadora y divertida. Netis.
“Viaje a Darjeelin” Dir: Wes Anderson. Hace tiempo que no veía una película tan fresca. Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman son tres hermanos que desde la muerte de su padre no se han hablado y deciden hacer un viaje en tren a través de la india con el fin de encontrarse y tener experiencias espirituales. Aunque parezca propaganda es un film interesante y muy, pero muy recomendable.

Ni pelos tiene la que es curioisa

La ciudad es una cáscara apestosa. Tienes que torear carros, autobuses, motos, baikas, gente. Tienes que torearte a ti mismo. El metro, su ritmo soñoliento, sus: le cuesta diez pesooos. El zócalo con el museo portátil de bambú donde están retratados niños con animales salvajes dopados. El olor a grasa. Las calles interminables.
Leo “Los exploradores del abismo” de Vila. Yo mismo soy uno de esos personajes que se detienen a contemplar el vacío que rodea las cosas y las acciones. Soy un observador de mecanismos invisibles. Y quién no es un explorador de abismos en esta ciudad.
Ya le dije al Frank que si no vamos a los Beastie Boys me lanzo de la torre latinoamericana, como king kong. También estoy leyendo S.nob, esa revista mítica que dirigía Elizondo. Los textos de Ibarguengoitia son divertidísimos. Leonora Carrington está bien zafada. Ocho números que aun no han sido superados por la contemporaneidad.
Estoy todavía como sacado de onda pero ya más tranquilo. Ayer vi la peli (de nuevo, bendita piratería) “No Country For Old Men”, altamente recomendable. Entendí por qué le dieron un Benassini por mejor actor a Javier Bardem y mejor director para los carnalitos Coen. Ayer le decía a una amiga que en el DF no hay mucho que hacer pero sí mucho que ver. Continuaré acrecentando entonces mis ojeras. Besitos.

DF

Ayer arribé a la ciudad más ruidosa del planeta. Comí deliciosos tacos de carne sonorense y bebí cerveza Indio. Medio borracho y cansado acompañé a Franz a la Capilla, un teatrito íntimo en Coyoacán. En los escasos lugares que hay en Hermosillo para actividades culturales a Franz lo tratan como a un malandrín. Aquí el taquillero casi se le cuadra (cosas de la vida). Atravesamos el DF en una hora. Pio D y Oscar B, borrachos, advirtieron que no llegaríamos.
El monologo se titula: “Alcira o la poesía en armas” del director Antonio Algarra.
Quienes leyeron “Los detectives salvajes” seguramente recuerdan el capítulo donde la uruguaya, Alcira Soust, madre de la poesía mexicana, queda atrapada 15 días comiendo papel higiénico y leyendo poemas de Pedro Garfias en un baño de la facultad de Letras y Filosofía de la UNAM en el año del 68 durante la ocupación militar (esa historia vieja). La puesta en escena retoma el fragmento de la novela, mismo que se desarrolla en “Amuleto”.
La actriz, Verónica Langer, representa al personaje (real) de Bolaño de manera inmejorable: mujer entrada en años y delirio recordando aquellos días en los que aun vivía el poeta León Felipe. Intensa, provocadora y visiblemente emocionada, la actriz recupera de manera fiel las tonalidades de Alcira.
El evento resultó algo que disfruté machín.
Llegamos al hotel y seguían las incorporaciones sonorenses: el Kuisi, Nabo C, Alicia H, Lili C, africanos haciendo menjurjes extraños y argentinos asando tristes cueritos marinados. Bebimos. En el cielo quemado del DF no se ven las estrellas y una hálito rojizo recuerda los escenarios con los que tradicionalmente se representa al Apocalipsis.
Hoy fui a Bellas Artes. Un desmadre de gente viendo fotografía del cine de oro mexicano. Comí tacos de caballo y una torta deliciosa al pastor (¿alemán?). Ya en casa vimos la peli (¡viva la piratería!) Gangster Americano (entretenida, con un final cursi).
Es la noche y me he quedado solo un momento. Veo por la ventana del segundo piso de la habitación en la que me estoy quedando. Frente al edificio hay una oscura obra negra que parece amenazadora. Me siento un poco como en el filo de un acantilado. Nada tiene forma aún. Supongo que pronto.

Un abrazo para todos los carnalit@s.

Buick descapotable

1
Conocí a Tammy Hsu cuando paseaba por Bahía de Lobos. Lo primero que se animó a preguntarme, tal vez por mi pinta de garabato, (que no distaba mucho de la pinta de la asiática, un completo desastre) fue: ¿dónde puedo conseguir drogas?
2
Ya stone Tammy me pidió que la llevara a algún zoológico o acuario. Me gusta ver animales exóticos cuando estoy puesta, indicó. Me dio pena llevarla al estropeado centro marino que hay en el puerto, por lo que le mentí al decirle que esos lugares están prohibidos en mi país. Eres un mentirosote, me encanta conocer los zoológicos y acuarios de las ciudades que visito. De tu país conozco los de Veracruz, Guadalajara y DF, dijo con una sonrisa leve. (Tammy quitaba la R a las palabras y en su lugar pronunciaba la L).
3
La sonrisa eléctrica en Tammy casi me causa un espasmo. Sus ojos dilatados, aun más pequeños por efecto de la droga, brillaban misteriosamente, como jade olvidado en una cámara mortuoria azteca. Como los ojos de una mantis aguardando el momento del salto.
4
Debo admitir que aquella china perdida por Bahía de Lobos resultó ser una compañera de viaje enigmática y solazada; además, siempre había querido conocer a una mujer oriental. Los mitos sobre sus comportamientos sexuales, la docilidad supuesta, de tigre manso, que manifiestan en horas íntimas. Tammy era una persona agradable aunque ligeramente triste, por lo menos esa fue mi impresión cuando mirábamos alejarse, hasta desaparecer en el horizonte, barcos pesqueros. Ya en la playa Tammy deseó ser la espuma que llega a la orilla marcándose.
5
Llegamos al acuario espantoso que está por Rivera. Una triste ballena asesina era la estrella de la exhibición. Por lo demás, cachalotes y viejos delfines animaban aquel lugar que se hacía llamar “Parque segundo mar”. Admiraba el extravagante nado de una descomunal tortuga cuando Tammy se abalanzó sobre mí y sentí sus diminutos labios. No me desagradó la húmeda y pequeña criatura moviéndose dentro de la bóveda de mi boca. Nos besábamos y me vinieron a la mente los peces dorados que acabábamos de ver en el pabellón anterior. Al término del recorrido advertimos una foca que nos miraba, peligrosamente, desde el otro extremo del acuario. Nos dio risa.
6
Salimos del segundo mar. En el muelle la brisa rociaba. Tammy comentó que ella y su familia llevaban tres años en México y tres meses en Puerto del Sol. Su padre acababa de inaugurar un restaurante cerca de Playa Luna y le estaba yendo francamente bien. Desde su inauguración llenaban el lugar turistas y nativos que deseaban probar platillos orientales, en especial, uno que cobró rápida fama: lenguado bañado en salsa de cagrenjo.
Era probable que el padre de Tammy se instalara definitivamente en Puerto del Sol.
7
Tammy me invitó al hotel donde se hospedaban, no sin advertirme que tenía por hermano a un siniestro oráculo. Un hermano menor nigromante que adivina las muertes violentas. Una especie de I-Ching mortal que era la desgracia de la familia y la causa de tanto viaje por el mundo. ¿Cómo hace tu hermano para dar con las predicciones? Pregunté por decir algo. Las concibe "como se cree que lo hacen las zorras al cruzar lagos helados", contestó en perfecto castellano (pronunciando las R) y con una mirada perdida, grave, que advertí como cambio de ritmo.
8
Cuando llegamos al hotel, Tumo, hermano menor de Tammy, veía desde la ventana del sexto piso hacia la animada placita donde paseaban familias, vagos y perros. Donde viejecitos lanzaban migas a torpes pichones. Tammy me advirtió, cuando caminábamos por el muelle, que su hermano era infalible prediciendo muertes violentas. En sus primeras predicciones había advertido, con lujo de detalle, la muerte de su madre bajo una gigantesca ola en Sri Lanka. Había previsto el cuchillo de un ladrón desesperado que mató a su abuela en las calles veraniegas de Lisboa. Vaticinó el invierno del 95 cuando su tío Hizú saltó al frío Sena en Paris. Tumo, inclusive, había predicho la muerte de Tammy un día de fina lluvia en un país sudamericano. Una bala perdida se encargaría de apagar su existencia. Eso es fácil de solucionar, pensé, y después le dije a Tammy: ¿y si nunca vas a Sudamérica?
9
La única muerte que no puede profetizar Tumo es la de aquel o aquellos que le darán la propia, había explicado Tammy cuando llegábamos al hotel. Hasta ese momento yo no creía que había tal hermano o, por lo menos, tal oráculo siniestro. Tammy se lo está inventado, aquello es un viaje o broma motivada por la droga; además, yo estaba en otra frecuencia: la posibilidad de los pequeños senos de Tammy, su cuerpo delgado y desnudo bajo una ducha infinita.
10
Cuando Tumo vio directamente mis ojos una araña de hielo me recorrió la espalda. Pasaron segundos lentísimos y lanzó su funesto pronóstico. Sus palabras resonaron como un extraño mantra.
11
Tammy me jaló a una recamara fría. La noté distinta de aquella oriental con la que recorrí la playa mientras escuchaba su deseo por ser la espuma que se va marcando en la orilla. Me pidió droga y después me pidió que me quitara la camisa, los pantalones. Le dije que subiera los grados del clima artificial, que aquello parecía un iglú insoportable.
12
El tibio cuerpo de Tammy. Su espalda que resbalaba hasta unas nalgas de contornos apenas dibujados. Sus piernas estrechas y ascendentes. Sus pies equilibrados.
13
El padre de Tammy había llegado al cuarto del hotel y hablaba con Tumo en la sala. Se le percibía un tono agitado. Tammy me abrazó fuerte y acto seguido salió del cuarto, desnuda. Se me hizo extraño. Tammy y su padre casi gritaban del otro lado de la pared.
Me vestía cuando entró la familia Hsu al cuarto. Mientras el padre se dirigía inútilmente a mi persona yo me abotonaba la camisa. Detrás de él, Tumo y la desnuda Tammy me veían como si estuviera en algún patíbulo. Sentí que estaba frente a un pelotón de samuráis. Terminé de abrocharme los zapatos y salí de la habitación rodeando al padre de Tammy, que me seguía con la vista como lo hace un felino que asecha.
14
Tammy alcanzó a decirme que la muerte no era infalible. Que había momentos para esquivarla, que me cuidara del conductor de un Buick Skylark azul descapotable 1966.
15
No entendí por qué la madre de Tammy fue a Sri Lanka después de que su hijo predijera su muerte. No entendí por qué la abuela de Tumo había visitado Lisboa aquel verano no por qué Tammy estaba en América buscando drogas y tipos con pita de garabato. Era evidente que se acercaba, cada vez más, a su bala perdida.
16
Tammy había dicho en el cuarto del hotel que ella era los ojos de su padre, y que por el contrario, a su hermano apenas lo podía ver. Tammy sospechaba que su padre no perdonaba a Tumo haber sido el oráculo implacable de su madre, mujer y hermano. No le perdonaba la falta de amistades, el miedo y desprecios continuos que lo habían hecho emigrar de su ciudad natal: Hong Kong.
17
Cuando Tammy alcanzó a decir que la muerte no era infalible y que me cuidara del dueño de un Buick Skylark azul descapotable 1966, pensé en Roberto. Roberto es la persona que me surte y estaba por verlo esa misma semana en un bar que está por el malecón.
18
No dejaba de pensar que tenía de frente a mi verdugo. El trato se hizo en buenos términos. A pesar de mi evidente nerviosismo Roberto se portó como siempre, cordial y animoso.
19
Después de un par de cervezas y comprobar que la mercancía valía el alto precio que había pagado por ella, pregunté a Roberto el año de su Buick Skylark azul descapotable. 1966, contestó, pero no es más mi Buick. Hace dos días se lo vendí a un chino.

Con este cuento Barón Vradok ganó el concurso de cuento de la UNISON 2008
(me dijo que lo subiera)