Flanco

Es tonto sentir nostalgia. Bueno, la he sentido y por lo menos puedo decir que es absurdo sentir como ponchada la vida debido a insoportables ausencias. En este caso la ausencia es un clavo, un vidrio que te poncha. Es inevitable sentirse ridículo cuando una canción de Lila Downs te pone como loco, frenético y con ganas de beber un trago con esa espina, con ese vidrio o clavo que te poncha la vida. Por lo demás, nadie se poncha, nadie es un neumático o un balón. Nadie es como el aparato con el que los vendedores de cóctel llaman a sus comensales. Nadie es un frefru frefru. Todo te lo estás imaginando. Eres un ser saudadoso y torpe que necesita estímulos. Eres uno de esos personajes de novela negra que siempre están buscando testigos que lo completen. Eres la nostalgia y nada ni nadie es un clavo o vidrio, entiéndelo ya.

Es tonto no sentir nostalgia. Es absurdo lamentar ausencias monetarias. Es absurdo desear un departamento amueblado, una lap top. Después te sientas en el mejor sillón del deseo ausente, te quitas la cartera y pones a Lila Downs, a Lila Felipe, o la canción nerness of you de Ella Fitzgerald y Luis Armstrong. Destapas un vino de Tarragona o ya de perdida uno chileno. Destapas whisky o una cerveza. Bebes y algo falta en el deseo ausente. Siempre.

Nada falta. Todo es una ilusión, no lo has entendido. Un juego de locos.

El deseo siempre está, nunca falta. Pero el objeto del deseo es siempre una carnada, un imposible que de repente aparece y termina por escabullirse. El objeto del deseo, o aquello que provoca nostalgia, es siempre un escurridizo salmón que escala ríos. Un salmón que hace de todo por no quedar estancado en la magnitud insoportable del mar apacible, el mar personal, el mar desconocido.

Todos somos peces que se escabullen. Nadie se salva de ser, en determinado momento, el deseo de alguien o algo. Tu mismo, a lo mejor alguien nostalgea contigo mientras me platicas, abatido, lo mucho que extrañas.

No es tonto extrañar. Es natural. Hasta los perros extrañan a sus compañeros y amos. Hasta los asesinos y juristas, hasta los intelectuales y conductores de colectivos.

Yo no, yo no extraño.

¿Y te sientes bien, es decir, eres feliz y eso?

No se trata de ser feliz y eso, se trata de otra cosa, de no estropear los momentos que tenemos de soledad contemplando un imposible. Vale más salir a la calle y buscar posibles. Peces que sí piquen.

Ya nos serían momentos en soledad. Además somos distintos. Yo disfruto pensando en imposibles. Deseando siempre mi astilla, mi clavo, mi vidrio que me ponche.

Pero existen parches.

Lo que yo quiero es estar ponchado. Así. No hay lamento ni nada. Hay unas ganas de cierto imposible, de cierto vidrio o clavo y de cierto parche.

Entonces, no pasa nada.

Sí, sucede que estoy saudadoso y con ganas de cierto vidrio.

Bueno, me voy. Pero me harás falta cuando destape el vino chileno.

Quiebra la botella y seguro llego.

Antonio Escarla

(Patiche amargo)

3

la carne es triste,
los libros que he leído.
¡Huir, huir!
Ahogarse entre las palabras
más impuras de la tribu.

Angel Crespo ( Con Baudelaire, Verlaine y Mallarmé)

Las últimas horas

A Pio Daniel
no mas porque se lo devo

D recién llegaba de Guaymas. El viaje ácido (Hoffman) se convirtió en una especie de fábula de la que se desprendió una especie de moraleja: D necesitaba una tregua con el delirio. La palabra disciplina le repiqueteaba las ideas. Hacer ejercicio, leer más y escribir la novela, que se le había escapando durante tres años, parecían los objetivos que regirían su existencia más próxima.
Un seis de TKT.
C y B que venían a fumar, por última vez, con D.
Hablaban sobre las últimas horas y las cantidades de cerveza y cocaína que habían consumido. Hablaban del Sub: lo mesiánico, rock star y poco profundo que les pareció. B traía preparado el misil. Fumaron. D creyó ver en la sombra que reflejaba el medidor de luz, en la esquina frente a su casa, un rostro que lloraba lágrimas negras bajo el faro titilante de la calle 13.
C también afirmaba distinguir el triste perfil lloroso en el reflejo oculto de aquella iluminación intranscendente. Por más que lo intentó, B no advirtió ninguna fisonomía doliente en aquella pared inhóspita.
Se reían. D comprendió que todo lo regía el destiempo. Su personalidad ansiosa, su persecución inverosímil del amor, sus noches toxicómanas de ir y venir sin rumbo por las infinitas calles del DF, todo a destiempo.
La luna bordeaba los cerros formando un índigo lechoso en el horizonte. Notaron el cielo de monte que es todavía el cielo que cubre la ciudad de Hermosillo. Un puñado de estrellas incrustadas en la noche como diamantes de silicón sobre bisutería barata.
El aire fresco se sentía como cargado por un orden distinto. Las rondas de adictos al foco paseando su desasosiego en bicicletas oscuras. Las siluetas de gatos atravesando las calles a lo lejos.
D pensó en la negativa de S por invitar a las últimas horas a MM, un escritor que con frecuencia aparece en las listas de Estocolmo nominado al Nobel. B No se explicaba por qué sí se había invitado a una horda de alcohólicos sin talento, una horda de la que D, B y C se sentían parte, no se había invitado a MM.
D saldría a las 4:00 AM rumbo al DF. No quería dormir hasta llegar al incomodo asiento de aerolitoral.
B pensó en lo ingenuo que le pareció D en sus lecturas de las últimas horas.
C recordó el frío que sintió sentado en la misma banqueta pero hacía ya dos años, cuando celebraban el cumpleaños de O.
D contemplaba el cielo limpio, de monte, que conserva la ciudad de Hermosillo.
Tampoco se invitó a las últimas horas a L. Un narrador brillante, quizá el mejor de estas tierras. No se invitó a DS, ni a HY, es decir, faltaron un montón de adictos con talento.
Les parecía que la calidad de los lectores de las últimas horas había disminuido respecto a otros años.
B hablaba de lo mucho que lo sorprendió una charla que sostuvo con el poeta de obregón JM. La sorpresa en B consistía en las lecturas que tenía el poeta Yaqui. Llegaron hasta Mallaremé traducido por Gamoneda y su hija. B imaginaba que el poeta Yaqui no salía de Paz, Sabines, Villaurutia y Baudeliare, claros referentes en su obra. Pero no. Además tenía buen gusto en narrativa: era adicto a la obra de Ibargûengoitia y Artl, como B.
No sorprendió a C que la mayoría de los asistentes a las últimas horas no supieran nada de Piglia, Amis, Vila-Matas, Fresán, pero se le hizo inconcebible que confundieran a Chespirito con Roberto Bolaño. D se quedó callado, él tampoco conocía la obra de ninguno de los nombrados por C, quien le pareció en ese instante un pedante sin remedio.
El seis de TKT había desaparecido. Quedaban latas vacías bajo un pequeño mesquite que seguramente levantarían recolectores nocturnos.
Era mentira que D no dormiría hasta llegar al incomodo asiento de aerolitoral. Lo que no era mentira era que extrañaría ver en el cielo quemado y pulposo del DF, el cielo limpio, de monte, que cubre la ciudad de Hermosillo.

El Monstruario del Balles se cuela en el Laberinto del Milenio

La nota:

La editorial sonorense altanoche nos presenta MonsTruario, un libro de cuentos básicamente cortos y divididos en tres secciones: Amarillo, Ocupaciones secretas y Monstruario.
Cada una identificada —más allá de los recursos y escenarios que el autor propone en cada narración— por la originalidad con la que los personajes están tratados.
En Amarillo encontramos personajes adictos a la contemplación y la disertación.
“La inclinación perturbadora del autor hacia los personajes tan extraños como él”, explica en un cuento-prólogo Franco Félix.
En la segunda parte hay menos desolación, aunque no se pierde el vacío de la acción humana, a diferencia de Monstruario, donde las apariencias son más terribles, temibles y los personajes, en general, viven con un destino determinado. Una combinación interesante.

http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/

Latrodectus mactans

Había ocurrido uno de esos sueños en los que desciendes por túneles que se van embrollando por interminables vacíos. Un sueño que me vertía en un vaso negro y sin fondo. Un sueño en el que ella me hablaba desde un lenguaje ciego. Invitándome a caer, como siempre.

Ayer hablaste dormido Roberto. Dijiste: Tas loca viuda negra.
Neta, ayer soñé contigo. No lo entiendo.

Salí a la calle después de haber desayunado un huevo catóta; así le decía ella a los huevos con yema o tibios.
No teníamos pasta de dientes así que imaginan lo poco susceptible en su aliento. Noté que el vejete del abarrotes le hablaba de lejitos. Una pasta de dientes, le dijo. Sonrió apenas. Pinche cabrón, pensé.

Delante de mí mismo, cepillándome las muelas y asomándome a la profundidad astillada en mis iris, empecé a maquilar la idea de aquel sueño en descenso.

Fin de las horas (por fin)

Por la noche
Putos que quieren coger con huevudos sudorosos, niñas que te miran de lejos y una Chata que baila como los antiguos con rolitas de los fabulosos, la de one step beyond, los specials y la noche temprana que se cansa.

En el día
Malos, pésimos lectores de poesía y cuento. De repente Teresa Day y una narración bellísima y tristísima: Summertime me estruja. Los jóvenes no me sorprendieron tanto, si acaso agradezco haber escuchado a Sergio Tellez-Pon con sus poemas turísticos, Óscar David López y sus fatigosos cuentos. Luís Aguilar, ya un clásico en horas de junio. Los que por lo general no defraudan: Paco Luna, Franco Félix, José Juan Cantúa y sus pirotécnicos e imaginativos poemas, Carlos Sánchez y su estilo poético-directo-culero. Bestias del desierto sonorense que para mi, digan lo que digan, son grandes autores. De Don Ernesto Cardenal mejor ni les digo nada: un señor que solo sabe decir: gracias….no hay palabras. Eso sí, cuando leyó sus poemas, siempre llenos de esperanza, le puse atención. Siempre pongo atención a las utopías. El bueno del Sub comandante Marcos, todo un Rock Star, leyó un extraño cuento de magos y sombras. La sala de la sociedad sonorense de historia abarrotada. Saludé al rebelde y su mano se me hizo una de las manos más tersas que he sentido, un hombre que seguramente acaricia muchas espaldas de europeas y que para nada labra el campo. El Sub y sus buenas imágenes y su mano débil y tersa, aguada, daliniana, me recordó el precio de la fama. Las dos estrellas de horas de Junio: Marcos y Ernesto Cardenal, me parecieron helénicos, como tocados por una fuerza mística que los eleva por sobre la muchedumbre. En otras palabras me cayeron mal.

Otro día sin noche y de mar
Ya en una playa perdida de San Carlos: Buba Alarcón, con poemas fuertes y honestos, me dejó bien nutridito. Imanol Caneyada y su talento para narrar, una cubana, de la que no recuerdo el nombre, que bailó sabroso. Elmer Tabanico que cantó, de manera hermosa (otro clásico en horas de junio), un Ave María que me bendijo más que las aparentes oraciones que dio Ernesto Cardenal. Unas horas, en las que por lo general me aburrí bárbaro y de las que de repente saltaban cosas chilas. Que bueno que ya se acabaron. A regresar a mis ocupaciones secretas.

Esto no es una crónica sobre Horas de junio

30 de mayo 07

Llegué y lo primero que vi fue al dibujante caborqueño Sergio Rascón lanzando pestes al lector de la mesa 14, que era Alfonso Torúa. En general las lecturas del segundo día de actividades de Horas de junio estuvieron pésimas y de lo deplorable no recuerdo nada. Bueno, ahora que hago memoria un chavo de La Paz, Juan Pablo Rochín, leyó unas minificciones sugerentes:
“Cerritos, Baja California (o del wind surfing)
Los lunares del mar me fueron poseyendo. Por las noches los miraba a través de mi ventana, atónito. Un día me embargó un collarcito de dientes de tiburón y tomé las olas por asalto.
Nunca más me volvieron a ver.”
Recuerdo también las lecturas de Manuel Pérez (unas narraciones enrarecidas y provocadoras) y los cuentos cortos de Juan diego González. Luego tuve que ir por Lila Cerón al aeropuerto, representante de Ernesto Cardenal en México y escritora. Cuando regresé estaba por terminar la última mesa antes de ir a comer. Nada que contar.
Carlos, un poeta perro torrionero y recién publicado en ediciones La Cábula, me ofrecía incisivamente cocaína en la cantina la brisa, donde el buen Mario nos hizo unas albóndigas deliciosas. El poeta perro no entendía mi fascinación por las albóndigas ni mi virus Bartleby para con la cocaína. En la brisa tuve una platica con Sergio Racón sobre poesía. El cabron se sabe de memoria poemas de Borges, Vallejo, Neruda. Aparentemente es una maniático pero en realidad es un genio, un genio con el que no te puedes descuidar, eso sí.
Cerveza, estos días he tomado la mar del ambarino líquido, acá no hay de otra. No me quejo, para este calor no hay mejor remedio que un caguamón.
Las mesas de lectura de la tarde ya no pude verlas. Mi Ma Coty me habló desde su lado izquierdo, sí, le había picado un alacrán (maldito) tres veces en la pierna zurda. Tuvimos que llevarla a la cruz roja Cris y yo. Luego el teléfono de Cris suene y suene, vibre y vibre. Ya cuando regresamos estaban todos borrachos y empantanados. No entendía una mínima palabra de lo que me decían. Bebí cerveza indio y me dispuse a esperar el homenaje a Ernesto Cardenal.
El Poeta Nicaragüense habló sobre dos Quetzalcoatl, sobre infinidad de ciudades Toltecas perdidas entre el México antiguo y la mítica Nicaragua. Un señor amable, bueno, las personas totalmente encanecidas siempre las he relacionado a las formas de la humildad. Cardenal dio lecciones de historia entre los dos pueblos, pero lo que me sorprendió fue que habló sobre las similitudes históricas entre Nicaragua y Sonora. Sobre un General (Donovan) y filibustero gringo que invadió Sonora y se la peló con los Yaquis y que sin embargo triunfó en Nicaragua, tanto así que llegó a ser presidente y decretó la esclavitud.
Una noche, como todas, largas. Después de una cantidad brutal de cerveza me fui a dormir temprano, además, estaba un poco preocupado por el lado izquierdo de Mi Ma Coty.
Aquí les dejo el programa de Horas de Junio, bueno, lo que queda.
Programa GeneralHoras de JunioTributo a Ernesto Cardenal
Martes 29 de mayo de 2007Archivo Histórico de la Universidad de SonoraMuseo y Biblioteca de la Unison
Mesa 1
15:00-16:00 hrs.
ModeradorDaniel Camacho
Alejandra Robles (Sonora)
Simbad Barragán (Sonora)
Rosío Rendón (Sonora)
Jorge “Happy” Alegría (Sonora)
Lennin Guerrero (Sinaloa)
Mesa 2
16:00-17:00 hrs.
ModeradorAriel Silva Encinas
Paloma Hernández (Sonora)
Manuel Meza Victorio (Sonora)
Manuel Llánez (Sonora)
Ismael Serna (Sonora)
Roberto Lastra (Sonora)
Mesa 3
17:00-18:00 hrs.
ModeradorGloria del Yaqui
Gustavo Adolfo Figueroa (Sonora)
Jesús Félix Uribe (Sonora)
Manuel Ignacio Espinoza (Sonora)
José Luis Barragán (Sonora)
Jesús Salvador Guirado (Sonora)
Mesa 4
18:00-19:00 hrs.
ModeradorGabriela Torres
Hilda Luz Monge (Sonora)
Selene Martínez (Sonora)
Guadalupe Pérez Ríos (Sonora)
Ernesto García Núñez (Sonora)
Oscar Benassini (Sonora)
Mesa 5
20:00-21:00 hrs. Alonso Vidal Aniversario luctuoso
ModeradorEleazar Bórquez Moreno
Pío Daniel
Iván Ballesteros
Juan Diego González
Iván Camarena
José Juan Cantúa Terán
Ismael Mercado Andrews
Mario Arturo Ramos
Miércoles 30 de mayo de 2007
Lugar: El Peñón de las Ánimas
10:30 horas
Bienvenida a Ernesto Cardenal
Aeropuerto Internacional Ignacio Pesqueira
Grupo “Juan Lucero y los Sonidos del Norte”
Mesa 6
12:00-13:00 hrs.
Moderador Jenny Donovan
Yoquita Barrera Morales (Chihuahua)
Francisco Oviedo (Sonora)
Josué Barrera (Sonora)
Raúl Alfredo Ortiz Ayala (Sonora)
Gloria del Yaqui (Sonora)
Mesa 7
13:00-14:00 hrs.
ModeradorRaúl Cota Álvarez
Iván Francisco Sierra (Sonora)
Eleazar Bórquez Moreno (Sonora)
Hernán Rodríguez Luna (Guanajuato)
Manuel Pérez (Sonora)
Fausto Guerrero Fonseca (Sonora)
Mesa 8
14:00-15:00 hrs.
Moderador Miguel Ángel Avilés
Leonardo Igor Valenzuela (Sonora)
Bily Murillo (Sonora)
Juán Pablo Rochín (Sonora)
Raúl Cota Álvarez (Sonora)
Casildo Rivera (Sonora)
Mesa 9
15:00-16:00ModeradorEnrique Mendoza
Omar Cadena (Sonora)
Esteban Domínguez (Sonora)
Miguel Ángel Avilés (Sonora)
Gastón Sau Paz (Sonora)
Margarita Muñoz Villalobos (Chihuahua)
Mesa 10
16:00-17:00 hrs.
ModeradorCarlos Velásquez
Esther Carter (Sonora)
Pina Phillip (Arizona)
Daniel Camacho (Sonora)
Alfonso Torúa Cienfuegos (Sonora)
Cesar Sotomayor (Sonora)
Mesa 11
17:00-18:00 hrs.ModeradorCasildo Rivera
Juan Carlos Domínguez (Baja California)
David Muñoz (Arizona)
Manuel Alberto Santillana (Sonora)
Juan Diego González (Sonora)
Rigoberto Badilla (Sonora)
Mesa 12
18:00-19:00 hrs.ModeradorSilvia Aguilar Zéleny
Magdalena Frías (Chihuahua)
Norma Alarcón (Chihuahua)
Manuel Murrieta Saldívar (Arizona)
Daniel Espartaco (Chihuahua)Flora Calderón (Baja California)
Mesa 13
19:00-20:00 hrs.
ModeradorMario Enríquez Licón
Pascual Mora (Sonora)
Margarita Oropeza (Sonora)
Jorge Ochoa (Sonora)
Francisco González Gaxiola (Sonora)
Mario Arturo Ramos (Querétaro)
Transmisión Simultánea del programa radiofónico “Palabras con ton y son”Radio Universidad
20:00 hrs. Reconocimiento a Ernesto Cardenal
Universidad de Sonora
Sala de Juntas del Colegio Académico
21:30
El Peñón de las Ánimas
Concierto del dueto Romance y Ritmo y la presentación del cantante Adán Valenzuela
Jueves 31 de junio
Lugar: Auditorio de la Sociedad Sonorense de Historia
Apertura de Muestra Plástica del escultor sonorense
Jesús Grijalva
Mesa 1410:00-11:00 hrs
ModeradorJuan Diego González
Mónica Ávila (Baja California)
Lizeth García Peña (Baja California)
Liliana Chávez (Sonora)
Alicia Hinojosa (Sonora)
Alba Brenda Méndez (Sonora)
Mesa 1511:00-12:00
ModeradorPío Daniel
Karina V. Balderrabano (Baja California)
Iván Figueroa (Sonora)
José Terán (Sonora)José Luís Ojeda Bravo(Sonora)
Ricardo Solís (Sonora)
Mesa 16
12:00-13:00
ModeradorRamón Valdez
Luis Aguilar (Nuevo León)
Sergio Téllez-Pon (Nuevo León)
Sergio Valenzuela Calderón (Sonora)
Oscar David López (Nuevo León)
Juan Carlos Recinos (Colima)
Mesa 17
13:00-14:00
ModeradorJuan Pablo Navarrete Aldaco
Carlos Reyes Ávila (Coahuila)
Julio César Félix (Coahuila)
Omar Navo (Chiapas)
Mariano Sosa (Sonora)
Carlos Velásquez (Coahuila)
RECESO
Mesa 18
16:00-17:00
ModeradorPina Saucedo
Gabriela Torres (Nuevo León)
Jenny Donavan (California)
Silvia Aguilar Zeleny (Sonora)
Abril Castro (Baja California)
Fidelia Caballero (Sonora)
Mesa 19
17:00-18:00
ModeradorArturo Valencia
Carlos Sánchez (Sonora)
Alfonso García Cortés (Baja California)
Miguel Manríquez (Sonora)
Juan Manz (Sonora)
Gerardo Cornejo (Sonora)
Mesa 20
18:00-19:00
ModeradorLuis Rey Moreno Gil
José Juan Cantúa Terán (Sonora)
Brandon Cesmat (USA)
Julio Ernesto Tánori (Sonora)
Silvia Brandon (USA-Cuba)
Mesa 2
119:00-12:00 hrs.
ModeradorFrancisco Luna
Rosina Conde (BC-DF)
Hernando Ardila (Colombia)
Luciana Garcés (España)
William Agudelo (Nicaragua)
20:00 hrs. Tributo a Ernesto Cardenal
Lina Zerón (Estado de México)
José Luis Martínez (Distrito Federal)
Martín Piña (Sonora)
Indran Amirthanayagam (Sri Lanka)
Raúl Acevedo Savín (Sonora)
Reconocimiento como Visitante Distinguido
Ernesto Gándara Camou, presidente municipal de Hermosillo
Arnoldo Soto Soto, secretario de Educación y Cultura del Estado de Sonora
Maestra de Ceremonia:Cristina Murrieta
Inauguración
Pedro Ortega Romero
Rector de la Universidad de Sonora
22:00Convivio-cena/ Grupo El Ruletero
Viernes 1 de junio
Lugar: Auditorio de la Sociedad Sonorense de Historia
Mesa 22
10:00-10:00
ModeradorJosé Luis Ojeda Bravo
Mariel Iribe Zenil (Sinaloa)
Luisa Ruiz (Baja California)
Gerardo Segura (Coahuila)
Alberto Lizardi (Baja California Sur)
Sonia Silva (Distrito Federal)
Mesa 23
11:00-12:00
ModeradorFidelia Caballero
Juan Pablo Navarrete Aldaco (Sonora)
Erich Moncada (Sonora)
Gerson Gómez (Nuevo León)
Franco Félix (Sonora)
Ernesto Moncada (Sonora)
Elmer Tabanico (Sonora)
Mesa 24
12:00-13:00
ModeradorIván Ballesteros
Carlos Pacheco (Sonora)
Laura Gabriela Rojas del Toro (San Luis Potosí)
Alfonso López Corrral (Sonora)
Rubén Meneses (Sonora)
Adrián Volt (Baja California)
Mesa 25
13:00-14:00
Moderador: Erich Moncada
Mara Romero (Sonora)
Pío Daniel (Sonora)
Arturo Valencia (Sonora)
Teresa Day (Distrito Federal)
Armando Zamora (Sonora)
RECESO
15:30 hrs.Premiación del Concurso Anita Pompa de Trujillo
Instituto Sonorense de Cultura
Mesa 26
16:00-17:00
ModeradorJosé Juan Cantúa Terán
Josefa Isabel Rojas Molina (Sonora)
Rosa Gaytán (Distrito Federal)
Elizabeth Cazzesús (Baja California)
Carlos Moncada (Sonora)
Carmen Ros (Distrito Federal)
Mesa 27
17:00-18:00 hrs.
ModeradorJosé Luis Martínez
Iván Ballesteros (Sonora)
Iván Camarena (Sonora)
Laura Delia Quintero (Sonora)
Adriana Malvido (Distrito Federal)
Mesa 28
18:00-19:00 hrs.
ModeradorAlexandra Torres
Edmundo Lizardi (Baja California Sur)
Roberto Castillo Udiarte (Baja California)
Iván Gómezcesar (Distrito Federal)
David Charles Tomas (USA)
Francisco Luna (Sonora)
Mesa 29
19:00-20:00 hrs.
ModeradorManuel Carlos Silva Encinas
David Joseph
Alejandro Aguilar Zeleny
Crescencio Buitimea Valenzuela
Juan Pedro Maldonado
Mesa 30
20:00-21:00 hrs.
ModeradorLina Zerón
Subcomandante Marcos
Ernesto Cardenal
21:00 hrs. Oración por las Horas de Junio
Ernesto Cardenal
21:30
Cena-convivioPerformance de Rubén Duarte Rodríguez y su grupo.
Concierto del Buena Vibra Social Club y del Grupo Sona
Sábado 2 de junio
Guaymas, Sonora
Casa de la Cultura
Ceremonia de bienvenida11:00-11:30 hrs.
Coro Regina
PacisDirector: José Arturo Altamirano Pillado“La Danza del venado”
Ballet XocoyotzinDirector: Moctezuma Lugo
Entrega de las Llaves de la Ciudad Antonio Astiazarán
Presidente municipal de Guaymas
Traslado a sede de lecturas
Mesa 31
112:00-13:00 hrs.
ModeradorRamiro Acevedo
Florencio García Leyva (Sonora)
Luís Valdez (Nuevo León)
Cesar Gándara (Sonora)
Juan Gerardo Aguilar (Zacatecas)
Cristina Murrieta (Sonora)
Mesa 32
13:00-14:30 hrs.
Moderador Roberto Castillo Udiarte
Genaro Ávila (Sonora)
Bruno Hernández (Sonora)
Ramón Santoyo Durán (Sonora)
Gilberto Gastélum (Sonora)
Pina Saucedo (Sonora)
Alejandro Ramírez Arvallo (Sonora)
Mesa 33
14:30-15:30 hrs.Moderador
Juan Diego González
Manuel Parra (Sonora)
Gerardo del Real (Sonora)
Francisco Morales (Baja California)
Armando Alanís (Distrito Federal)
Julieta Cortés (Distrito Federal)
Mesa 33
15:30-16:30 hrs.
ModeradorRosina Conde
Caterina Danielle Del Conte (USA)
Ismael Mercado Andrews (Sonora)
Ingran Amirthanayagam (Sri Lanka)
Luis Rey Moreno Gil (Sonora)
Lina Zerón (Estado de México)
16:30 hrs.Recital de Ernesto Cardenal
Clausura de Horas de Junio

Primeras horas de las horas


Me toca ser algo así como el secre de la banda. Voy al aeropuerto por una tal Margarita Muñoz que había llegado ya una hora antes de Chihuahua. En la primera mesa de las Horas estuvieron Rocío Rendón y el Hapyy. En la segunda y tercera nadie. No llegaron los lectores. Tuvimos que beber cerveza para disimular los nervios (Cris y yo). En la mesa cuatro leyeron Manuel Meza (un texto sobre iris, aquella chilanga banda horripilante que vivía y vendía caguas de madrugada en el toma y daca frente al pluma). Guadalupe Pérez Ríos con poemas de desamor y nostalgia que son un himno al lugar común. El que me sorprendió fue Oscar Benassini, sí, el editor pouser de la revista de artes plásticas y literatura: Néctar. Leyó un colach que igual era una narración articulada con poemas (bastante buenos) o un cuento biográfico sobre un poeta francés. Yo moderé ese mesa. Luego el homenaje largísimo en la mesa 6, debido al primer aniversario luctuoso de Alonso Vidal. Leyó Iván Camarena (un poema lleno de significantes personales, como siempre sucede con este poeta, y muy poco de homenaje al escritor celebrado. Un poema bueno, habrá que decir). Luego Iván Ballesteros se aventó un estudio informal sobre la obra de Alonso. Creo que dijo cosas interesantes pero me dio una sed irreductible y tuve que ir por una Tkt. Helada, helada!. Cuando regresé, con un vasito espuma hasta el tope, era Pio Daniel el que recordaba, de una manera muy jocosa, al poeta. Luego Juan Diego González se aventó una crónica de cuando conoció al Loncho. Una crónica bastante divertida. El Cheik intervenía para leer poemas e inflar, como siempre lo hace el buen Eleazar, el recuerdo de Vidal. Luego José Juan Cantúa leyó su elegía a Alonso Vidal. Un pedazo de poema. Potentísimo en imágenes y metáforas. Un poema bello pues. Cerró la mesa largísima, duró casi dos horas, Mario Arturo Ramos, que a pesar de su ego inconmensurable, habló como un carnalito más de la gorda, como le decía él a Vidal. Todo terminó en el seven y en un pluma sauna blanca. Ya saben, mucha cerveza, coca y palabras.

Amor

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.
Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.
Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

Antonio Gamoneda

Escrito con tiza

Uno le dice a Cero que la nada existe
Cero replica que uno tampoco existe
porque el amor nos da la misma naturaleza

Cero mas Unos somos Dos le dice
y se van por el pizarrón tomados de la mano

Dos se besan debajo de los pupitres
Dos son Uno cerca del borrador agazapado
y Uno es Cero mi vida

Detrás de todo gran amor la nada acecha.

Óscar Hahn

Extranjero

Ya sabes
hace el calor del extranjero.
Se antoja dispararle al sol
y que en vez de árabes
caiga la distancia.
He salido un momento
a la continua explosión
del vacío.
Me siento como una cascabel.
Como una salamandra.
Como las lagartijas fosforescentes
que vimos en aquel programa
sobre dunas peregrinas.
No queda otra que meterse
en refrigeradas cantinas
y pedir una familiar helada.
Quizá dos para que se apague
el interno mediodía que arde.
Hoy sirven camarones en el Seven.
Unas miniaturas parecidas a las
gambas que devoramos con arroz.
-¿Recuerdas?-
llegaste hambrienta y con frío
y el recalentado nos supo a gloria.
Ahora estarás cenando pasta
o te has ido al pesebre por cañas
y sus respectivas patatas bravas
o cenas cereal con fresas
mirando las babosadas de wuayoming.
O no.
Tal vez sigues pintando
alucinantes cielos de ciudad.
Tendré que tomarme la tercera.
El Chato sirve los diminutos camarones
y a mi ni siquiera me advierte
¡hey Chato, no te hagas pato!
Luego llega Cristian
y ansioso platica sobre fut.
Que el América y sus recientes triunfos son hazañas.
Luego llega Mariano
platicando sobre culebras iluminadas
que bajan el cerro de la campana.
Sobre barcos en batalla frente al flash
Del Blvd. Rodríguez.
Nadie entiende porque sonrío
cuando el chato sirve –por fin-
los pequeños crustáceos.

Piazza Sant´Alessandro

Querida Carmen: hoy
no me importa lo que digan los periódicos
que prosigue la huelga de estudiantes
o que ataca el Viet-Cong
pues ahora
hace muy poco tiempo
-tan sólo unos minutos-
ha empezado a llover. Es importante:
el agua sucia salta a resbalar
por las paredes: forma
un río en la calle; cae igual que saliva
de los coches parqueados en aceras
y los toldos se comban por el peso
del agua; y es posible
que dure sólo un rato este chubasco.
Y yo estoy en un bar lleno de gente
con humo y mal olor de bocadillos
y bebo mi segundo
gin tónic de la tarde y me he tragado
dos librium -ya lo ves: llevo la cuenta-
y como te decía
ya no me importan nada las noticias
ni la gente que corre ni la vida:
es decir que me importa sólo el agua
que está cayendo siempre con más fuerza
salpicando el cristal junto a mi cara
y pienso en cosas dulces y difíciles
-ser más guapo y tenera una chica bonita y excitada
caminando a mi lado por un feroz pasillo
lleno de puertas y de cuadros
de antepasados todos parecidos
que sonríen; y en voces
hondas voces severas; no como éstas
que hablan de fútbol y de tonterías
en tono pegajoso y aburrido
-y eso me reconforta: soy capaz
de amar a un elefante y de tener
concomitancias con un gran marica
y prestar mi corbata
o jugar a fantasmas con mi prima;
y me levanto y llamo al camarero
-sigue lloviendo ¡oh agua sucia cae
cae por favor!sobre la horrible piel de Barcelona
no te detengas hasta que me duerma
-y pago los gin-tonics y el tabaco
recojo mis papeles -me doy cuenta
que hago nuevos proyectos imposibles
-y cuando estoy a punto
de salir de una vez de este tristísimo
café de la puñeta ya me olvido
del hombre que yo fui hace poco rato
de su ternura inútil y su frío
de las pastillas que necesito
para decirle adiós al limpiabotas
y salir a la lluvia: en donde ahora
pienso en ti y tus pestañas y tu abrigo
y voy a casa a escribirte enseguida
para que leas esto y me recuerdes:
bebas un trago y otra vez me olvides.

José agustín goystisolo

Sueño


Soñé que Bolaño patinaba en la explanada del MACBA en El barrio del Rabal en Barcelona mientras ofrecía chocolate marroquí a jóvenes skates que admiraban las suertes del escritor chileno. En el sueño Bolaño tendría 17 y era aquel greñudo comandante de los infras. También apareció, en otro plano del sueño, aunque en la misma explanada del museo de arte contemporáneo de Barcelona, un Octavio Paz regetonero que se batía a putazos con el hip-hopero Mario Santiago Papasquiaro. El poeta daba cuenta del poeta.

En el sueño Roberto me quería regalar un poco de hachís con la condición de que le partiéramos la madre a Darío Jaramillo, Guillermo Fadanelli, García Márquez, Pérez Reverte y a la puta asesina (así me dijo) de Isabel Allende. Nos harían una esquina Enrique Vila-Matas y un regordete Jorge Herralde. Le dije que cuatro contra cinco estaba bien pero que no contara conmigo para pegarle a Chabelita. Vila-Matas, un punk a la usanza de los Sex Pistols, agarró a Jaramillo a patadas. A mí me tocó el octogenario Márquez y Bolaño dio cuenta, con la cola de su patineta, en las jetasd de Fadanelli y Pérez Reverte. Herralde fue aruñado por Chabeliata y juntos se fueron a llorar a otro sueño.


El MACBA de Barcelona se convirtió en la pequeña plaza del centro de Caborca, Sonora. Entre el punk Vila-Matas, el skate Bolaño y yo, chingamos a los escritores que para entonces, se habían convertido en mutilados viejos que descansaban, apacibles, en la pequeña plaza en el centro de Caborca.

Bolaño informaba a Vila-Matas sobre la calidad del hachís marroquí y observando la lontananza polvorienta desde la banca de la pequeña plaza perdida en medio del desierto de Altar, rebelaba el motivo principal por el que vendía la droga africana: Bolaño tiene que alimentar a un pequeño e indefenso Jorge Perec.
Vila-Matas comenzó a escalar la catedral de Caborca y cuando hubo llegado al campanario se lanzó sin miramientos. Por fin, comentó Bolaño ofreciéndome una infusión de manzanilla.

Vendedor de memorias

That I almost believe that the pictures are all I can feel
The cure


Estoy agotado. He decidido descansar en un agradable parque sin nombre ubicado detrás del Camp Nou. Quizá sacaré algunas fotos. Mi cometido principal para este día ha fracasado.

Tomé el tranvía rumbo a la Universidad de Barcelona; cerca del Alma Mother catalana está el mítico estadio de los baugrana. Estaba segurísimo de que compraría un boleto para el partido Barca vs El Deportivo La Coruña. Alguien me había dicho que el precio más accesible para los encuentros poco glamorosos de los colchoneros, oscila entre los 17 y los 20 euros, unos 300 pesos. Por supuesto, ese precio es para la zona más elevada y remota del gigantesco recinto.
Recorrí primero la tienda oficial del equipo comprobando que todo estaba imposible, carísimo (para un mexicano sin papeles y sin trabajo). Me interesó el jersey de Márquez y el de Messi (más que imposible); luego los balones y gorritos del equipo: quiméricos. Con lo que valía el menos caro de los productos nike yo había llenado el refrigerador esa misma mañana y todavía me alcanzó para un vino tinto de Tarragona y dos chelas Xibeca. Me dirigí a la taquilla, decidido a desprenderme de 20 pavos que me permitirían observar desde las ínfimas alturas del Camp Nou a Ronaldhino, Eto´o y Messi, (hormigas musculosas) corretear un balón imperceptible.
El precio más bajo para el partido, que anunciaban como un “el nuevo clásico”, patrañas, era la improbable suma de 30 euros, casi 500 pesos. Con menos de la fatídica cantidad había comprado lo que les conté arriba. Elegí tomarme el vino de Tarragona y las dos xibecas en el piso y desde allí ver el juego por La sexta (televisora local).

Estoy agotado. He decidido descansar en un agradable parque sin nombre ubicado detrás del Camp Nou. Quizá sacaré algunas fotos. Mi cometido principal para este día ha fracasado.
.
El parque sin nombre se divide por las edades de sus visitantes y las especies distintas de aves que lo animan. Hay una cancha de fut rápido en la que nadie juega excepto perros. Una cancha que está del lado donde las bancas sostienen cansados cuerpos. Es el lado del parque donde viejos recargan sus células todavía vivas o dormitan descaradamente (yo aprovecho para sacar alguna foto de este lado del parque) Hay los viejos que vienen acompañados por su perro al que miran correr por la canchita de fut rápido y que sólo se levantan para recoger la mierda que dejó su compañero justo en la señalización del tiro penal. Los viejos disfrutan ver a sus respectivos perros saltar y rascarse como si se tratara de la imposible extensión de ellos mismos que han recobrado elasticidad y fuerza desde el cuerpo de su can. Pero el verdadero drama en el parque son los viejos que clavan su mirada en la arena. Pareciera que se les abre una pantalla donde proyectan recuerdos o arrepentimientos. De este lado, el de los viejos, también están los convenencieros pichones que reciben, consentidos, las migas que les lanza algún octogenario ¿En qué maldita plaza no hay esas marmotas voladoras?
Del otro lado del parque están los jóvenes recién salidos de la adolescencia; de la que parecen descansar bebiendo cerveza Estrella Damm y fumando. El sonido que hace su escandalosa risa se mezcla con el de una manada de pericos o cotorros que construyen nidos en lo alto de datileras y que son igual de escandalosos que los jóvenes recién salidos de la adolescencia. Para mí fue una sorpresa ver la nube verde de loros sobrevolando el parque ya que siempre pensé que dichas aves eran exclusivamente americanas.
Uno de los jóvenes, el más pequeño, al atravesar por su lado del parque una mujer de aproximadamente 27 (bastante guapa), grita con tono andaluz la siguiente frase:

“ea, maja, que yo no quiero hacerte daño
lo que yo quiero es follarte todo el año”

Los jóvenes bebedores se carcajean y la mujer, más o menos apenada, les hace la famosa seña con el dedo más largo de su mano derecha. Sigue cruzando la zona de los mozalbetes hasta llegar donde los viejos miran a sus perros corretear como la imposible extensión de ellos mismos o proyectan su vida en la arena del parque. Su trayecto hace que algunos pichones echen al vuelo y el viento hace flotar una bufanda largísima y verde que trae enredada en el cuello (saco una foto). La mujer se sienta en una banca cerca de la mía, saca su móvil y después de marcar habla con tono molesto.

Las fotos que he sacado son malísimas: los pericos están en lo más alto de las datileras y el zoom no alcanza o los saca borrosos. La mejor ha sido la de un viejo dormitando o mirando la proyección de su existencia en la arena. Hay cierto dramatismo en esa foto, creo.
La mujer a la que los mozalbetes le lanzaron el piropo de mal gusto comienza a exaltarse con su interlocutor y se le ve ridícula gritando al aparato. Parece que en cualquier momento soltará en llanto.

Un hombre llega a mi banca y me ofrece una ganga, según dice. El tipo lleva una capa negra que le da pinta de poeta decimonónico. Me intereso un poco.

- ¿De qué se trata?
- De algo maravilloso, te ofrezco la memoria de la tarde en que Shakespeare escribió el segundo acto de Hamlet.
- He leído el relato La memoria de Shakespeare de Borges, gracias a la cita que hace un escritor catalán en su novela El mal de Montano.

El hombre con pinta de poeta decimonónico se levanta echando pestes y se dirige a la mujer que ya había terminado de gritar por el móvil y que ahora solloza como esperando algo; por supuesto, no a un tipo con pinta de poeta decimonónico. Apenas llega el vendedor de la memoria de Shakespeare a ofrecer su maravilloso producto a la mujer histérica, ella le grita: lárgateeeee!
El hombre decide probar suerte del otro lado del parque.

Llega con los jóvenes que beben Estrella Damm y a uno de ellos le intenta vender la particular memoria del poeta inglés. Los jóvenes le prestan atención con ese calor de compañerismo que otorga la cerveza o la borrachera. Vuelven a soltar una de sus ya características carcajadas; esta vez hasta los pericos o cotorros en lo alto de las datileras quedan silenciados por los altos decibeles que alcanzan los jóvenes con sus torpes carcajeos; alguna que otra paloma sale espantada por la delirante burla de los chavales ebrios que dan una lata de cerveza al poeta decimonónico. Uno de ellos, como para ver qué pasa, da al poeta algún euro y éste saca de su capa un puño de nada y se la da al joven ebrio. Los jóvenes bañan al hombre con cerveza Estrella Damm. El mozalbete timado pide de regreso su dinero mientras el poeta decimonónico explica, retirándose, que tardará un rato en llegar la memoria de Skakespeare. Los jóvenes alcanzan al fantástico vendedor y comienzan a darle de patadas hasta que se safa milagrosamente y atraviesa la calle donde el gigantesco Camp Nou tapa los últimos rayos de un sol que empieza a declinar.

Algunos viejos que advirtieron la pataliza que le dieron al vendedor de la memoria de Shakespeare (o tal vez debido a la luz cortada por el Camp Nou, o el viento helado que comienza a soplar, o las tres cosas juntas) comienzan a irse del parque como barcos pesados mientras yo tomo, a contraluz, algunos aspectos de su retirada.

Alguien a llegado con la chica que discutía por celular; seguramente el misterioso interlocutor que la hacía arrebatarse de coraje. Ella reclama algo al hombre con pinta de brasileño. El brasileño me mira avergonzado y nota que le saco fotos a su histérica acompañante. El brasileño jala con fuerza del brazo de la mujer hasta levantarla de la banca y conducirla a un auto supercompacto. Discuten unos momentos dentro del pequeño carro hasta que se escucha, con una potencia insospechada, el motor que se pone en marcha.

Ya casi no quedan viejos en el parque y cada vez llegan más jóvenes recién salidos de la adolescencia. Algunos de ellos me miran de manera hostil desde su lado del parque. Les saco algunas fotos y desde el pequeño lente de mi cámara alcanzo a ver como uno de ellos, creo, el timado por el hombre de capa con pinta de poeta decimonónico, comienza a convulsionarse.

31 de marzo 07

Otra vez la lluvia

se abre mi cuerpo­­
salen animales
calladamente olfatean la noche

-tadeusz rózewicz

alguien exprime la noche todo el día

lo hace a distintos ritmos

los azulejos absorben el vapor del agua
amaestrada en tuberías y cilindros
municipales

alguien se ducha cautelosamente
y algún vagabundo muere
intoxicado de pulmón

el argón silenciado acribilla tejas

los gatos guarecen apagando sus ojos de salto

una legua oscura surfea en las banquetas

el llamamiento que toca la ventana es inútil

minerales oscuros vibran el vacío
lo dejan abandonado como a un cráneo sin rostro
como a un animal desangrándose infinitamente

los ritmos de la caída aprietan

cuerpos diluidos por la navaja del poniente

este es el jazz perfecto para que baile la tristeza
o para que floten los venerables penetrados

un jazz para que en las casas huela a pelvis
o chocolate caliente

así de bipolares las 72 horas exprimiéndose
que lleva esta ciudad sin batman

hay una bocina poderosa que degüella el agua
o la acumula
una bocina que sube o baja de volumen
y a la que no le importan los vecinos

“llueve a cantaros” dice el poeta

llueven agujeradas cubetas
digo yo

llueve en un mundo que ya es otro

Entresuelo para odradeks elementales

A las primas poéticas

ahora que la penumbra
del piso es descaradamente fría
y los vecinos riñen
golpeando las paredes

ahora que la cama destendida
parece un animal moribundo
y las porciones que cocino son individuales

ahora que el café alcanza para 3 tazas
y el insomnio apaga la tele
y la basura se apila como un agua silenciosa

ahora que el cartero oprime
la descomunal chicharra en el timbre
para surtir buzones con glaciales estados de cuenta

ahora que los cuadros pendientes
son la vida y el ascua constante

ahora que todo es inútil y hermoso
y afuera un trompetista enreda al silencio

ahora que entro a la estreches de la memoria
y no al légamo malcriado de calor y polvo

no a mi saudadosa percepción de la lluvia

ahora que entro al rumor
que dejaste colgando en los armarios del mundo
y que por fin me pierdo

como se pierde un extraño entre la muchedumbre
como el turista secreto
que visita una ciudad sin nombre

ahora que ingreso
a un cuerpo sin ti
y que sin embargo es el tuyo

oscuras compañías rondan y
se inflan liberándome

Martha

Me gusta recordar el olor a mazapán
en las bolsas
de mi madre
Ese esófago para cosméticos
Ese regazo para volver al mesabanco de la infancia
A la tranquila melancolía de irse apagando
por la tarde mientras esperaba en la banqueta
a que ella llegara del trabajo
y abriera sus bolsas y me trajera un esniker
una paleta de limón

welcome

(pongo frijoles y en lo que están voy al café Internet y te dejo esta bienvenida desde lejos)

cuídate de las cabezas herrabundas de los polis

cuídate y lleva un abrazo a los carnales y carnalas que caminan entre el bendito polvo de allà y tòmate un cahuamòn con ellos

para variar, por acà, llueve.

Sea monkey

un Sea monkey me hará regresar al polvo

pronto

he caminado tanto y ha sido inútil

desaparesco entre gente y supuesta

multicultura

llego a casa

a esta casa (piso)

cocino con V

bebo café o vino

y me siento cansado

V me mira y en la tele

comienza padre de familia

acá todos se matan a martillazos

y yo amo

el cuerpo

los labios tibios

de V que comienza a quedarse dormida

llueve

el ritmo de las delgadas gotas

parece un jazz de Johnny Hartman

abrazo el cuerpo de V

que está en otra parte

lejos

por fin le alcanzo

El síndrome Bartleby

El cándido nihilismo de Bartleby fue contagiando la última semana

y desestimó la tinta, el papel, el café incluso.

Tal fue la desgana que los poemas se fueron largando

al comprobar que el clima de trabajo se había diluido en agua de colonia.

"Preferiría no vernos", dije al lejano amante

que regresa tras meses de silencio y guerras sórdidas.

"Preferiría no probarlo", al camarero

que traía a la mesa un champagne exelente.

"Preferiría no ir", al mejor amigo del lunes por la tarde.

Y allí quedaron, mustias, como flores olvidadas, las propuestas:

el hombre sin cita, sin hotel, sin maleta, sin besos;

la copa que me haría inventar un par de mentiras, probablemente hermosas;

las entradas al cine que rasgarían la niebla de un lunes demaciado húmedo;

el poema apenas crecido, sólo atisbo torpe

del poema que pudo ser.

Magníficas perspectivas se ofrecen para la semana entrante,

si es que Bartleby no aparece de nuevo

por la puerta de atrás.

Mercedes Escolano

(en el encuentro con este poema en la mente de B, como una bala, F)

Carta de niebla

Carta de niebla

Para: Omar, Alfonso, Franco, Iván, Horacio.

Me digo, silenciosamente resentido y mirando por el rabillo el espejo de una sala inmensa: estoy empañado. Es decir, no es el espejo lo que tiene la pátina de bruma, soy yo, que nada entiendo, la masa que está fuera de foco en esta ciudad en la que apenas llueve.

No sabes, hay un hombre con los ojos profundísimos que habla o que creo que habla sobre la narrative negre i criminal que es publicaven a itália. Y sobre un tal giallo, que es el nom popular per identificar un génere. Hasta aquí entiendo alguna cosa. El conferencista comienza a profundizar en el tema: On el “negre” es converteix en “groc”, y las palabras se van haciendo espirales fonéticas por las que desciendo irremediable hasta que las oraciones emitidas desde la caja tóraxica del tal Mauricio Pisú terminan por ser hoyos en los que me hundo con la elegancia de un saco de papas.

Decido marcharme de La Fraternitat en el Comte de Santa Clara. Al levantarme intento hacer el menor ruido pero es inevitable que se caiga tren nocturno, novela que dejé olvidada en mis rodillas; sí, ya sé, como se puede olvidar una novela en tus propias rodillas. Pues bien, la obra de Amis cae estrepitosamente y suena por toda la sala. Pisú me advierte por encima de sus anteojos y es inevitable que yo le mire y me quede en medio de la fila como venado alumbrado por los faros de algún auto. Reacciono y me siento estupido; tomo mi tren nocturno y salgo por fin de la sala. Después de todo a cualquiera se le cae un libro.

Camino por la Barceloneta pensando en dos que tres personas. Ninguna, seguro, tiene que ver contigo. O tal ves sí.

Una fina lluvia cae sobre el mar apacible y turistas alemanes nadan como si se tratara de aguas termales. Como si este viento invernal se pareciera en algo al viento veraniego que recorre por julio Bahía de Kino. Los miro desde dentro del impermeable y me sacude con más fuerza el frío.
Pienso en mi doble oscuro, en el monólogo del perro, en el recreo de los sordos, en las ciudades del cadáver, en la balada de los múltiples, en mutis, en los cuerpos de marcharse, en las filos del tatuaje, en las fallidas alas de los alacranes y me siento arrancado de toda esa piara de muchachitos ebrios que ahora, tan sobrios, urden o estudian su obra en algún lugar insospechado del mundo. Preparan, ceremoniosos, algún cuento sobre la tragedia latinoamericana o calibran novelas de largo aliento mientras leen sin tregua autores que van apareciendo con la vida como hongos, como arrugas en el rostro. Otros, quizá, fuman hierba o dibujan cuchillos o sabe qué cosa.

Algo me hace sentir, frente a este mar helado como la última sala de espera, que no es vano el intento y que la mejor de las venganzas es concentrarse en lo propio, como diría el pájaro que da cuerda al mundo. Concentrarse de adeveras.

Entonces y sin que nadie lo note veo mi mar. Es un mar con niebla que se va despejando lentamente, muy despacio.

Barcelona, 9 de Febrero de 2007

daniel va a l desierto

crecía la flama oscura de la noche
y el Pio era un tren largísimo
que se perdía entre las sombras

una manada de coyotes o nahuales
dejaron aullar su lento fuego
de panochitas incandescentes

la bóveda celeste enchufada a su memoria
la bóveda celeste inyectándolo como a sor Juana
la bóveda celeste llevándoselo cerca
de todo cerca

a joel garcía

hikuri

I

una magia espesa
dudosa
un sol helado y oscuro
una melena de cuchillos negros derramada en el desierto
la espalda de una niña raptada por los trenes
el brillo mineral en los ojos del coyote
iluminando la fiesta azul
de la noche

II

todo comienza
todo se mueve
el follaje que respira es este cuerpo asfixiado
el abuelo de polvo y raíz
que abre las ostras del infinito
la medula más honda
de la fuga

Escribo contra mí mismo

Entrevista con Antonio Lobo Antunes

Ricard Ruíz Garzón
En esa suerte de cubismo sinfónico que António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) practica para plasmar los abismos de la conciencia, Buenas tardes a las cosas de aquí abajo --su última narración traducida, cuyo título procede de un saludo del escritor francés Valéry Larbaud tras varios años de silencio patológico-- supone un nuevo intento de sacudir los fundamentos canónicos del género. Edificada sobre los mismos presupuestos estéticos que su obra maestra, Esplendor de Portugal, esta dilatada demostración de virtuosismo parte de un mínimo hilo argumental, el de un perverso tráfico de diamantes en la Angola poscolonial, para ahondar de nuevo en muchas de las obsesiones íntimas de este eterno aspirante al Nobel. Al tratar de valorarla en la que ya ha anunciado como una de las últimas entrevistas que concederá a partir de ahora a la prensa, Lobo Antunes exhibe las mismas dudas y los mismos afanes que suelen teñir sus textos con una humilde lección de humanidad.

--Buenas tardes... está ambientada en Angola, su territorio predilecto.

--La Angola de mis novelas es una ficción, un universo literario que podía haberse llamado de otra forma. Mi Angola está más cerca de Macondo o Yoknapatawpha que de la verdadera África. Sólo es el escenario de mis obsesiones.

--La Angola real, que usted sufrió como médico durante la guerra colonial, posee petróleo y diamantes en abundancia, pero está entre los 16 países más pobres del planeta. Como escenario simbólico no deja de ser significativo...

--Angola es de los países más ricos del mundo; por eso es pobre, porque tiene la desdicha de ser rico en un mundo de ladrones. Las historias pasan, pero el mundo sigue siendo igual de cruel. Aunque eso no me interesa tanto, a mí la trama sólo me sirve de clavo para colgar la novela. Lo que me fascina es el trabajo con las palabras, la creación de mundos propios. Para mí toda buena novela es siempre simbólica.

--Esos símbolos atañen en su obra a aspectos como la violencia, el terrorismo y, en esta su última novela, el racismo y la mentira de Estado.

--Nada de eso estaba en mi cabeza al empezar la novela, la violencia del libro surgió a mi pesar. Yo trabajo hasta ser poseído por la creación, tengo que despertar la mano haciendo mil pruebas, tanteando. La novela trataba en las primeras versiones de sectas religiosas que luego desaparecieron. Por eso digo que aprendo a escribir con cada libro. No me gusta tener un libro en la cabeza; la literatura se hace con palabras, no con ideas.

--Teniendo en cuenta su proceso febril de escritura, el origen de sus novelas debe de estar más cerca de las vísceras...

--Antes planificaba mucho, pero ahora parto de un detalle, un color, algún sonido... Las palabras crecen y el libro se forma casi solo, es tu mano la que hace el trabajo y la cabeza no hace más que vigilarla. El libro siempre escribe mejor que tú. Y gracias a eso descubres otras realidades: tus obsesiones, tus vísceras o esas emociones inefables que hay que cercar con símbolos. Como psiquiatra siempre me fascinó la forma en que la mente permite crear realidades diversas, y ahora aprovecho ese bagaje en mis novelas.

--En esa aventura formal, dos rasgos distintivos son las metáforas y la puntuación, de una peculiaridad manifiesta. ¿Qué papel les concede?

--La clave está en dejar respirar la frase. Por eso utilizo mucho las comas y poco los puntos, por eso los encabalgamientos. Pero fue una conquista muy lenta. Las metáforas, que son como muletas de sentido, los adjetivos, todo se ha ido construyendo poco a poco, desde el hueso. Depurando lo accesorio, que es casi todo. En el fondo, el mío no es más que el itinerario de un chico que quería ser poeta y descubrió que no tenía talento.

--¿Podría entenderse su narrativa sin la poesía?

--Aún leo mucha poesía, hay pocas novelas que me entusiasmen. La mayoría me aburren, en cuanto las empiezo ya me pondría a corregirlas. Pero no soy poeta. Si lo fuera me ahorraría la asfixia de la técnica. La novela es muy fatigosa, es un trabajo casi artesanal. Por eso las primeras versiones son siempre malas. El libro está debajo de ellas, como en las esculturas de Miguel Ángel. De ahí que las novelas sean mejores que sus autores, y de ahí que debieran ser publicadas de forma anónima. La obra es fruto de una depuración artística: el autor, en cambio, no es más que un hombre común.

--Usted es un escritor con una gran carga ética. ¿No aspira a influir de algún modo?

--Sólo hago mi trabajo, como el médico o el carpintero. Si el libro logra algún objetivo, es mérito suyo, no mío. Los escritores son eslabones en una cadena que les precede y les pervivirá, a lo único que deben aspirar es a transformar de algún modo el arte de la novela. Yo lo intento porque no me satisface lo que se hace, pero tampoco confío mucho en ello. Mi único miedo es desilusionar a ciertas personas que tienen en mí una fe de la que yo carezco. Antes escribía contra mis maestros, para superar su influjo, pero hace tiempo que sólo escribo contra mí mismo, contra mis trabajos anteriores, para superar sus errores. Mi sueño es escribir una novela total, que lo contenga todo, incluso otros géneros, incluso la vida, lo que es una ambición imposible. En las dos o tres novelas que aún me queden por escribir desearía avanzar algo más contra el desánimo.

--Teniendo en cuenta su concepción de la literatura, ¿cómo se vive un cambio editorial como ha sido pasar de Siruela a Mondadori?

--Tengo una deuda de gratitud con Siruela, porque me acogieron cuando nadie me quería. Ahora bien, cuando Jacobo Fitz-James Stuart vendió la editorial, no le encontré sentido a seguir ahí y les escribí para decirles que me iba y ahora estoy muy contento en Mondadori. No he sido fichado, simplemente me quedé sin editor. He leído en algún diario que cambié por dinero. Me pagaron mucho, sí, pero ya lo recuperarán. No me fui por eso. A mí lo que me importa es la literatura, los libros, la palabra. Lo demás forma parte del olvido.

Entrevista publicada por "El Periódico de Cataluña"

1 enero 2007

Hoy es primero de enero del 2007. Quizá el día en el que más se vomita en mi país (mi continente). Una gran parte de la población se encuentra recluida, infinitamente des-gastada y como levitando en sus hogares. Las ventas de suero alcanzan por estas fechas un repunte increíble. Los habitantes de las ciudades parecen noqueados por la leve sorpresa que causa, de repente, estar vivo.

El sol primero que resucita las formas urbanas y los campos generosos; el sol que viene sorteándose, escalando la noche más larga de todas; según la admirable veracidad que los habitantes del mundo occidental otorgamos al calendario gregoriano[1], es un sol de sed, un sol que vigila, aun, desde su antorcha poderosa, lo irremediable. Un sol que sin embargo baña a sobrios y optimistas. Un sol que emerge desde un insospechado horizonte. Un sol que nos invita a la vida, que nos convida a la vida.
¡Por ese sol hermanitos!

[1] El Papa Gregorio XIII reunió un grupo de expertos que, después de cinco años de estudios, implantó el calendario que actualmente tenemos en vigor en la sociedad occidental, realizando las siguientes reformas al calendario juliano.
1. Se excluyeron diez días, disponiéndose que el 5 de octubre se contase como 15 de octubre.
2. Se corrigió la duración del año solar, estableciéndose en 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos.
3. Se hizo empezar el año el 1 de enero.
4. Los años seculares se convirtieron en bisiestos sólo si resultaban divisibles por 400, de este modo se ganaba la fracción de un día cada cien años, que en 15 siglos había ascendido a 10 días.
El nuevo calendario fue inmediatamente adoptado en todos los países católicos, pero el resto del mundo tardó en aceptarlo, siendo Rusia el último país que lo adoptó en 1918.

Odio desde la otra vida

Roberto Arlt

Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo:
—Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando?
El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente, le dijo:
—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole a la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en esos momentos estaba pensando en matar a su novia.
Lo que le decía el desconocido era cierto: Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo:
—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo.
Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul del agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró:
—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y yo vi repetidamente que usted pensaba matarla.
Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó:
—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala. Junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde.
Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó:
—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo—y acto seguido el misterioso oriental comenzó con su lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha.
Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizás estaba viviendo un ensueño. Quizás estaba loco. Quizás el desconocido era un bribón que le había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía.
El árabe prosiguió:
—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: "Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así". Ella le dijo esto y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso?
Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo:
—Usted y Lucía se odian desde la otra vida.
—. . .
—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones.
Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda le aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía.
—Y usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podrían odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya.
Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió:
—¡Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas.
Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro "assani", presto como un galgo le trajo el vuelto y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche, y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos descalzos.
Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli.
Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces se abrió aun más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y le invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro una fontana desgranaba su vara de agua. Fernando levantó la cabeza. El techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra, estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un cojín, exclamó:
—Que la paz de Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime y valiente. No has dudado de mi amistad.
Y como si estuvieran perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado entre las manos:
—Rakka, trae la pipa—y dirigiéndose a Fernando, aclaró:—Fumarás ahora la pipa de la buena droga. Ello facilitará tu entrada en el plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio.
Algunos minutos después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente, se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma, cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba triste ni contento, pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra.
Más allá de la marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa.
Un pesado yatagán colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque. Fernando se echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado. Como Tell Aviv le había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una hermosa silla de cuero labrado. Fernando, sorprendido, buscó con la mirada en derredor. No se veía al dueño del caballo por ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje. No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua, probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del interior del vientre de la boa!
Fernando examinó el filo de su yatagán—era reciente y tajante—, se aproximó a la boa, inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El golpe fue tremendo. Cercenó no sólo la cabeza del reptil sino los dos pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente.
Entonces Fernando, considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí; era una talega de seda. La abrió y por la palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates. Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al infortunado desconocido.
Luego se dirigió a la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte.
Su día había sido satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el Profeta evidentemente le protegían.
No estaban ya muy distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas torres y los centinelas con las pesadas lanzas paseándose detrás de los merlones.
De pronto, por una de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando. Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no le conocía, sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando, porque exclamó:
—Hermanos, hermanos, mirad el caballo de mi hijo.
Los hombres que acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano prosiguió:
—Ved, ved, su montura. Ved su nombre inscripto allí.
Recién Fernando se dio cuenta de que efectivamente, en el ángulo de la montura estaba escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto.
—Hijo de un perro. ¿De dónde has sacado tú ese caballo?
Fernando no atinaba a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano, que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje ensangrentado, exclamó:
—Hermanos..., hermanos..., ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar...
Inútil fue que Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura, adolorido.
Transcurrieron así algunas horas, de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros le tomaron de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies. Luego a latigazos le obligaron a subir los escalones de piedra de la mazmorra, a latigazos cruzó con los negros corredores y después entró a un sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un gong y dejaron de azotarle. El anciano que le había encontrado en las afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando exclamó:
—Lucía, Lucía, soy inocente.
Era el rostro de Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba viviendo en otro siglo.
El anciano lo señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo:
—Hija mía; este hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida venganza en él.
—Soy inocente—exclamó Fernando—. Le encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de la boa. Lo sepulté piadosamente.—Y Fernando, a pesar de sus amarraduras, se arrodilló frente a "Lucía". Luego, con palabras febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. "Lucía", rodeada de sus eunucos, le observaba con una impaciente mirada de mujer fría y cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando de rodillas frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre y siempre sus palabras. "Lucía" lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo:
—Afcha, échalo a los perros.
El esclavo corrió hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso incorporarse, escapar, gritar, otra vez su inocencia. De pronto sintió en el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y...
El negro de Nedjel le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv dijo:
—¿No me reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para hacerte despedazar.
Fernando se pasó la mano por los ojos. Luego murmuró:
—Todo esto es extraño e increíblemente verídico.
Tell Aviv continuó:
—Si tú quieres puedes matarla a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la otra vida.
—No. Volveríamos a crear una cuenta para la próxima vida.
Tell Aviv insistió.
—No te costará nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso.
Fernando volvió a rehusar, y, sin saber por qué, le dijo:
—Eres más saludable que el limón y más sabroso que la miel; pero no asesines a Lucía. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre.
Y levantándose, salió.
Salió, pero una tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó para Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires. Aquí le encontré yo, y aquí me contó su historia, epilogada con estas palabras:
—Si no me hubiera ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme despedazar por los perros no tuvo nombre. . .

el incendio de un sueño

"El corazón es un cazador solitario"

Bukowsky

Tres


Federico es un malogrado escritorcillo de sonetos y se cree el más guapo de los tres. Pero la verdad es que todos parecen patada en el culo. Federico tiene novia (nada del otro mundo) La interfecta responde al nombre de Rita. Rita trabaja en una papelería (Ella dice centro de copiado) Rita, aunque tiene buenas caderas posee los globos oculares más saltones que he visto en la vida, lo que le ha valido el sobrenombre de la Sapo. La Sapo antes andaba con Damián, un buen dibujante traumado con los comics de la marvel. Pablo (yo) fue el primero en conocer a Rita. La conoció cuando se le ocurrió ir al club de comics de los sábados. Federico, Damián y Pablo frecuentaban el club de comics de los domingos. El sábado que se conocieron (Rita y Pablo) hablaron sobre comics japoneses y concluyeron que eran los mejores en todos los sentidos: en su mayoría se trataban historias fascinantes con dibujos poca madre. Algo había entre la Sapo y Pablo. Algo que apenas se podía intuir pero que resultaba innegable. Rita a veces tomaba mi mano y yo sentía que de sus palmas manaba un sudor como desde un tibio ojo de agua. Caminábamos por las calles de su barrio hablando boberías y haciendo teorías sobre la emancipación de los faroles. A la Sapo le encantaba trepar árboles frondosos y Pablo encontraba fascinante su manera de escalarlos. Un buen día se me ocurrió presentar a Federico y Damián con Rita. Damián había trabajado de copista durante dos años en la papelería de su tía Lola; la Sapo encontró en Damián el entendimiento necesario para con el hastío de su profesión. Convenimos ir todos juntos al club de los sábados. Al segundo sábado Damián nos compartió un comic improvisado que dibujó para la Sapo. Se trataba de una breve historieta donde la heroína, una copista con el poder de duplicar cualquier documento, luchaba contra el mecanismo burocrático en la ciudad de Méjico. Rita cayó rendida ante el detalle de Damián y sin más, comenzaron a salir. Ya no era Pablo quien sentía aquel manantial tibio que manaba de las manos de la Sapo. Ya no caminábamos juntos ni veía aquel acto, casi mágico, de verla escalar árboles gigantes. Después de varios sábados Federico aprovechó la ausencia de Damián (quien contrajo una hepatitis que lo tenía recluido en cama) y leyó en el foro del club un soneto (malo y cursi) dedicado a Rita. Para ese entonces Pablo ya se había recuperado de aquella insinuación de romance que había creído tener con la Sapo. El camino había quedado libre para Federico. Al siguiente sábado Federico y Rita no asistieron al club. Cuando acabó la anime que proyectaban (Naruto: Hurricane Chronicles) salí del club y les vi de lejos tomados de las manos cruzando el puente de La Catorce. Ya en casa recibí una llamada de Federico que me daba las buenas nuevas: Rita y él andaban. Le cuestioné sobre nuestro amigo Damián y su antiguo noviazgo con la Sapo. Arguyó que ella ya había terminado con él por teléfono y que habían quedado muy bien, como amigos. Lo felicité y acordamos vernos en la tienda de comics para hablar de los detalles de su flamante conquista. Al llegar nos percatamos que allí estaba, aun amarillo y considerablemente delgaducho, nuestro amigo Damián. Le di un abrazo con reservas y Federico se limitó a saludarlo de mano. En el tiempo que Damián estuvo en cama había trabajado en un comic que narraba las aventuras de Coloso, un héroe que de día era un enfermizo hijo de mami tumbado en su cama pero que por la noche se recargaba (como vampiro) con las sombras que cubrían, como un manto enorme, las calles, y era entonces que salía a combatir el mal. Sin duda, se trataba de un comic de calidad (por lo menos los dibujos eran buenos). Federico no hizo ningún comentario. Se limitó a palmear la espalda de Damián a quien le pude advertir una inyección de coraje en la mirada. El comic me gustó lo suficiente como para querer tener un fotostático e incluirlo en mi colección. Ir a la papelería donde trabajaba la Sapo fue mi idea. Rita me daba descuento especial y además, pensé, ya era hora que esos tres se vieran las caras. Se sentía cierto nervio en los pasos de Federico y Damián. Un silencio que hacía explotar los ladridos de los perros, los claxon de los autos y el viento meciendo los follajes de los árboles me pareció apabullante. Al llegar al centro de copiado la Sapo nos echó una mirada todavía más saltona (por un momento pensé que sus globos oculares saldrían expulsados). Después de saludarnos, apenas, desde atrás del mostrador, le pedí las copias de Coloso. El sonido mecánico de la copiadora era el único ruido perceptible en aquella sala. Es un comic con excelentes dibujos, comentó Rita. Me puedo quedar con una copia? preguntó la Sapo. Por supuesto, respondieron al unísono Damián y Federico. Por mi parte dejé de frecuentar el club de los sábados y empecé a ir los jueves.

Frío

Matilde me llama y se queda callada. Como si no reconociera el resoplo de su aliento por el auricular. Luego llega a casa derechito al baño a lavarse la boca. Apenas me ve de soslayo me dice hola y se encierra en su cuarto. Porque Matilde tiene su cuarto aparte. Cuando estoy preparándome algún tentempié, cuando estoy colando café, Matilde sale con ropa de dormir. Me abraza y me dice: Bruno, como te quiero. Le preparo un café con leche y le comparto una porción de mi tentempié (galletas pan crema) Me cuenta su día: entre otras cosas me dice que la ciudad está destrozada, llena de baches inmensos. Como si las calles recién hubieran sido bombardeadas o les hubiera caído una lluvia de meteoros. Me cuenta que los urbanos están cada vez más jodidos y los chóferes más groseros. Que uno de la ruta 15 le agarró una nalga. Que cuando venía por Madero votó tanto que se lastimó las caderas, que tocó con las manos el cielo del camión. Me dice que el trabajo cada vez es más aburrido y sus compañeros no ayudan. Que si no fuera por Miguel se moriría del aburrimiento en la oficina. Yo no más la miro mientras le doy pequeños sorbos a mi café negro y escucho crujir la pan crema que Matilde muerde. ¿Y tú que hiciste? pregunta. Tiré el escombro por la mañana. Eric me dio rait en su pick up. Luego lo acompañé hasta el centro a pagar el agua porque ya estaba vencido su recibo. Comimos tortas ahogadas en el mercado. Matilde me interrumpe. Fíjate que Miguel y yo pedimos tortas también, pero no ahogadas, ya sabes que no me gustan tan grasosas. Estaban buenísimas. Miguel pidió una de pierna y yo una de queso con aguacate. Todos en la oficina comen puras cochinadas. Sólo Miguel y yo pedimos o llevamos comida decente.
Le doy un largo sorbo a mi café negro sin azúcar, como debe ser. Matilde apenas acaba su café con leche y el pan crema, me da un humedo beso en la mejilla derecha y me desea buena noche. Comenta que está rendida. ¿No vienes? Pregunta. No, aun no tengo sueño. Veré alguna película o escucharé un disco, tal vez… Matilde me interrumpe. Bueno, que lo disfrutes. Se encierra en su cuarto. Escucho como le echa llave a la puerta. Le doy un último sorbo a mi café negro que para esas alturas ya está frío. Enciendo el televisor. En las noticias locales dan cuenta sobre los múltiples accidentes probocados por inumerables baches en la ciudad.

miércoles

me digo
al final del día
abatido
con alas huecas de expulsado:
“todo es un bendito miércoles”
(menos tú que eres de viernes)

me digo y se lo digo
a los de la última fila
a los del hueso oscuro por rostro
a los niños luminosos de alba quieta

todo un bendito miércoles
que se repite
entre los hijos
de las putas más secretas

lo digo sin coraje
para que sea el eco
quien distribuya minuciosamente el miércoles
heredado
el miércoles helado de los siglos

lo digo sin estar enfadado
sin pretender siquiera
resbalarme en el antiguo
lodo de las lamentaciones

lo digo nomás
para resaltar lo obvio

es más
lo digo encantado de la vida
feliz
contentísimo:

todo un bendito y apabullante miércoles

Batman en Chile

Batman no había logrado conciliar el sueño esa noche ni aún después de ingerir una buena dosis de barbitúricos. Lo desvelaba, en parte, el presentimiento de que algunas pesadillas lo obligarían a protagonizar episodios indignos de sus mejores hazañas, sobre las cuales, por lo demás, el insomnio mismo se encargaba de arrojar la sombra de una sospecha. Junto a su pretendido amigo Clark, alias Superman, él nunca había sido más que un héroe de segunda fila. Por lo demás, el joven Maravilla se encargaba de asesorarlo en los momentos de peligro. Demasiado a menudo todo se reducía a dejarse llevar por los aires, en brazos de quien efectivamente era capaz de dominar el espacio de la velocidad de la luz y de retener, de paso, con las meras manos a cualquier tipo de transporte aéreo cargado de pillos. El recuerdo de tales excesos y de su condición auxiliar relativamente pasivo en esas boberías, torturaba la memoria de Batman por partida doble, haciéndole ver en el espejo de su pasado el principio de su degradación heroica sin que le fuera dado lamentar su ingreso a una tierra incógnita para él, pero donde empezaba a pagar el precio de la verosimilitud con una repugnancia creciente hacia todo lo que fuera sencillamente imposible. Él mismo era uno de los productos manufacturados por una fantasía sin espíritu. Un ciego incapaz de proyectar una sombra humana sobre el muro de la caverna, en un mundo en el que nunca llegaría acaso a saber qué clase de hombres eran la medida de todas las cosas.-Yo soy otro- tendría que haber pensado. Pero le faltaba el término de comparación. Para decirlo brevemente él era menos un productor alienado que el producto de una alienación. Y a una cosa le está negado el alivio de una filosofía propia.La cámara nupcial donde de todos modos su anfitrión había insistido en alojarlo, resultaba una ofensa para una persona como él. Era en si misma, una pesadilla dentro de la cual nadie habría podido tener un sueño normal, acosado por las anomalías y perversidades que es dable concebir cuando se está obsedido por la idea de un lujo sin fronteras en cuanto a sus posibilidades mismas de adaptarse a una descripción coherente. Al menos en el lenguaje limitado de una novela de acción.Batman había procurado reducir, encendiendo sólo una lamparilla de velador, el número de esas impresiones que lo acechaban en la oscuridad. Pero una noche de luna es algo que no obedece a ningún interruptor y que se complace en la incoherencia.El lugar exigía, casi encarnaba, por lo menos, a la segunda persona del singular: una presencia que respondiera en todo a esa atmósfera erotizada, un fluido sutil, invisible, imponderable y elástico el cual, según cierta hipótesis, tendría que respirarse en los mejores prostíbulos, como por ejemplo, entre las mujeres celestiales del paraíso islámico.Ignorante de las huríes, respetuoso de la monogamia y de la santidad del hogar, Batman rumiaba su humillación mayor, pensando en Juana como bajo los efectos de un alucinógeno.La granjera sádica, fascista y técnico-burocrática, no se dejaba sublimar bajo la forma de un sueño que reconciliara al despechado con el país de la fantasía donde reina el espíritu. Ningún camino llevaba ahora a Ciudad Gótica, el mejor de los mundos imposibles. Sólo había triunfado allí de los pillos para engrosar acá el ejército invisible, a cuya cabeza marchaba seguido de un Gorila el insomnio de Batman, bajo la especie de una muchacha cubierta únicamente por unos anteojos de pasta; reclamando para sus actividades el privilegio contradictorio de una ilegalidad heroica, como si el Orden mismo nunca hubiera sido más que un caos organizado. Batman accedió, de otra manera, a la inmoralidad mayor. Independientemente del juicio que habría podido formarse sobre el verdugo, el abandono en que éste lo había dejado, hacía de él una víctima insatisfecha.Parte de su propio cuerpo desnudo empezaba a desconocer la imposibilidad de llenar el vacío que ahuecaba la otra mitad de la cama. El molde de esa ausencia funcionaba a su lado como una bomba aspirante que lo ablandaba y absorbía, haciendo de él el proveedor de ectoplasma: el elemento de una materialización que le restituiría a Juana, para convertirlo, de seguir las cosas así con los peores auspicios, en una especie de andrógino, mitad Batman y mitad Juana.Abrazado consigo mismo y en la imposibilidad de desdoblarse para consumar una unión libre, de suyo abominable, en el lecho nupcial que imitaba el barco de Venus, meciéndose sobre sus resortes, como al compás del orden y de la regularidad de unas olas artificiales, camino de Citeréa; bajo el espejo que esperaba reflejar, desde su concavidad ajustada a un dosel, cualquier imagen digna de la antigua Grecia. Espantado de si mismo, Bruno Díaz, quien en materia de desdoblamientos sólo había admitido, hasta ahora, la manipulación de su microemisor de infrafrecuencia para comunicarse con algunos androides, procedió a vestirse en un supremo esfuerzo por escapar a la autofascinación, dirigiéndose rápidamente a la terraza, en busca de oxígeno.Apoyado con ambas manos en el barandal de un amplio terrado que parecía la cubierta de un barco, el desdichado respiró hondo, explayando su mirada extraviada hacía el jardín de plantas exóticas que se confundían bajo un manto de arena, buscando con los ojos el mar invisible desde esa ala del monstruoso bungalow, mar que hacía llegar hasta allí, como si fuera una canción de cuna, el estruendo del oleaje.Con el rabillo del ojo, Díaz divisó a una figura femenina que se encontraba allí fumando un cigarrillo, echada indolentemente en una hamaca de fibras de coco, a unos metros de distancia; aislada de sus vecinos por unas cortinas que más bien parecían redes tendidas.Esa atrayente imagen tangencial con respecto al campo visual de Batman fue, de inmediato, desplazada más aún por lo que ocurría directamente bajo sus ojos, al pie de ese lugar elevado, y entre los matorrales arenosos del bosquecillo de marras. Una escena obviamente perturbadora por sus connotaciones eróticas y odiosa, además, para Batman por uno de los dos actores que jugaban en ella sendos roles protagónicos. En efecto, bajo el influjo de la luna y de los espíritus animales, invadido por una pasión al parecer no correspondida, el Gorila Burke perseguía encarnizadamente a una mujer de elevada estatura y ágiles movimientos, en la cual Díaz creyó reconocer a la Vieja Dama, a pesar de la pelambrera alborotada flotando a los cuatro vientos y del espíritu juvenil que se desprendía de una figura más evasiva que una langosta, capaz de saltar espectacularmente de un lado para otro, escudándose del acoso detrás de esos árboles que dejaban ver el bosque.Los delitos sexuales llegan más hondo que el mero estilo y es preciso oponerse a ellos cuando se saben que son destructivos. Batman vio llegado el momento de grandes apuros que le permitiría arreglar cuantas con el estrangulador de Alcatraz, quien sumaba a sus muchos crímenes la afición al chantaje y el intento de violación. Esperó por unos instantes que un grito de socorro justificara su participación en ese pandemónium. Perseguidor y perseguido se limitaban a resoplar en el límite de lo audible; porque el terror -decidió el enemigo de los gorilas- le había pegado a esa mujer la lengua al paladar.Había cruzado ya una pierna por encima de la baranda, cuando sintió que lo llamaban por su nombre de batalla, con una voz melífera y bien modulada. -Psss… señor Batman, señor Batman. Su vecina de pieza, abandonando la hamaca, lo esperaba del otro lado de la red, en una postura provocativa, llevándose una mano a su costoso peinado y la otra al cinturón de su hot-pant. El maxiabrigo abierto exhibía unas piernas de bailarina, exageradamente torneadas y ceñidas por medias de tapicería floreadas. Un jubón con gorguera, igualmente gótico, completaba la tenida y bajo él se precisaban unos pechos pequeños de una esfericidad matemática. El señor Díaz esperó a que ella hablara, impresionado por esa belleza que parecía sustentarse en todos los artificios de la moda, el maquillaje y la peluquería; hasta el punto de parecer una figura abstracta, producto de una imaginación sofisticada pero por lo mismo, altamente sugestiva. -Es el juego de Venus, que está prohibido prohibir en esta corte de los milagros afrodisíacos- dijo ella, señalando con uno de sus afilados dedos a la pareja que en ese preciso momento doblaba a la carrera, frenéticamente, una esquina, desapareciendo de la escena. -Consulte usted, el diccionario: "De los amores y las cañas, las entradas". Pura, pero pura vehemencia, ningún peligro para nadie en todo eso, mi buen señor, ni menos aún para los interesados. ¿Sería usted tan, pero tan cruel como para romper, dígame, ese secreto de dos, con un preciso golpe de karate? Créamelo, yo lo hallo demasiado, pero demasiado bueno.La voz brotaba ondulando como del cesto de un encantador de serpientes, buscando la respuesta de Batman que la haría danzar. Facilitaba el diálogo como la música al baile. Sin necedad de vencer su timidez, Batman sintió que entre él y la desconocida se anudaba una conversación extraordinaria por la facilidad con que fluía con indolencia oriental, sin detenerse en nada de una manera precisa. Halagado, supo que su interlocutora no ignoraba algunas de sus mejores hazañas y que adivinaba -alguien por fin- el desinteresado objetivo de su visita a Chile: el gesto instintivo de un superheroísmo individual, ajeno a los mezquinos intereses del momento, expuesto por lo mismo a las erróneas interpretaciones. En cualquier caso, los comunistas desaparecerían de la faz de la tierra, a corto, pero a corto plazo, cuestión nada más que de darles un empujoncito, y en eso ella no era partidaria de la pasividad pero sí de la división del trabajo. Los ayudaba a todos el paso, inevitable, pero inevitable, de una época a otra, un cambio de signos zodiacales. Seis mil años por delante para hacer el amor o lo que fuera en un mundo de paz y de tranquilidad. Lugar de concentración: la cordillera de los Andes, nada que ver con los Himalayas, y los pobres muchachos se habían adelantado a eso -ellos eran los dolores del parto- abusando hasta la muerte de la heroína y la morfina, como si todas las drogas, fíjese, tuvieran que ser heroicas.

Fragmento de Batman en Chile de Enrique Lihn, Ediciones de la Flor, Buenos Aires Argentina, junio de 1973.