Estrella de la muerte
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Resulta extraño darse cuenta de la pinta que tiene la gente que viaja. Generalmente se va muy limpio y con cara de cabreado. No pueden faltar los que confundieron lo ridículo con lo extravagante. Luego los extranjeros con cara de avestruz. Son tan altos que es inevitable voltear a verlos como se miraría a la torre latinoamericana.
Recién vi a una persona con todas las características de un pitufo, un pitufo rappero, habrá que indicar. Parecía un pequeño nórdico orgulloso, con su gorra de nigga y sus tenis de nigga y su barba de papá pitufo.
Luego las mujeres estiradas. Pareciera que el suelo por el que caminan no las merece. Parecen una liga a punto de reventar. Hace unos minutos, me estoy comiendo el sándwich más caro de la historia, vi a una actriz que salió en aquella novela "mirada de mujer", una que se apellida Serradilla. No sé cómo se llama pero tiene cara de perro pekinés y es joven y delgadísima. Se veía preocupada, como que perdió el vuelo.
Pero regresemos a las estiradas, se nota que ponen un como escudo de protección, así como el que tenía la estrella de la muerte de star wars. Van con zapatillas de súper tacón con la que podrían asesinar a alguien. Me pregunto por qué demonios se ponen zapatillas para subirse a un aeroplano.
Yo vengo de sombrero y chaqueta. Quizá también pueda parecer un judío con cara de Olmeca, quien sabe, pero ahora pienso que también podrían catalogarme como un tipo extraño, incluso misterioso. Alguien que bien podría traer una bomba latiendo al interior del abrigo.
A las mujeres sexys les gusta viajar. Van allí con sus falditas... Hace rato pasó una de esas mujeres que se creen y se sienten sexys pero que no lo son, ya sabes de cuáles hablo. Pues bien, ésta traía una mallita por la que se le desbordaban unas nalgas muy particulares. Era chistosísimo, y no sólo para mí, sino para toda la gente que estaba en la Sala B del aeropuerto del DF. Cuando se bamboleaban aquellos grotescos pedazos de grasa y carne, toda la sala murmuraba. La mujer caminaba y la nalga izquierda caía cuando la derecha subía. Luego al revés. Una locura.
Me termino el sándwich. Iré a buscar mi sala para transbordar. Por lo pronto te comento que por acá todo se me figura un hormiguero. Un hormiguero en cuyo centro se avecina un desastre. Pero ya sabes, no es un hormiguero ni se avecina nada. Quizá todo tiene que ver que soy algo así como un tijerón, y que estoy viajando solo cuando tú deberías estar aquí platicándome sobre Plinio.
Te mando besos.
Sergio Rascón, el galán salvaje
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Todos tenemos un Rascón
Desde el pasado 6 de septiembre se exhibe en el MUSAS “Looking Back In Anger”, del pintor, escultor y dibujante Sergio Rascón (Caborca, 1962). Se trata de un montaje que significó una titánica labor de recopilación de obra. Y es que desde las familias más encumbradas de la aristocracia sonorense, pasando por escritores, dealers, burócratas de la cultura, alumnos y maestros de la Unison, parroquianos de cantinas, reporteros, amas de casa, mecánicos y todos aquellos que se dejan seducir por los trazos del artista, que bien pide una pequeña fortuna o una verdadera miseria por sus obras (según el pájaro la pedrada), tenemos un Rascón.
El galán salvaje
Pero ¿quién es Sergio Rascón? Para quien no lo sabe se trata de uno de los últimos melancólicos. De los últimos malditos que sobreviven a pesar del universo de pasarela y mercadeo en el que se ha convertido el arte contemporáneo. Se trata de un tipo genial e incómodo que ha expuesto en Madrid y el DF. Un vicioso, vago, erudito, incansable. Un esquizofrénico ejemplar que no para de producir. Ya sea en un cartón o un papel hermoso, Sergio dibuja. Ya sea en su estudio de Caborca o en algún terreno baldío del centro de Hermosillo, Sergio dibuja. Ya en un porche de la casa de un amigo o en la mesa de alguna cantina, Sergio dibuja. Su línea es una de las más agraciadas de México. Cuando pinta sus cuadros explotan de color y nos cuentan historias de arlequines y mujeres perversas. De amores rotos y beisbolistas olvidados. De adictos a la noche que nos recuerdan que no hay que enamorarse de extraños. Piezas que hacen referencias eruditas sobre obras literarias, fílmicas o musicales. Rascón es un galán salvaje que ayuda a darle carnita al aburrido perfil de nuestros artistas locales. Alguien que nos recuerda espíritus indispensables del arte. De verdaderos iniciados como Artaud y Lord Byron. De Villon y Thomas de Quincey. De Caravaggio y Basquiat. De Rambaud y Modigliani. Creadores impermeables, que no reconocían la existencia sino desde la marginalidad, desde la periferia.
En las venas de Rascón corre sangre Apache, sangre rebelde. Con esa rebeldía está marcada toda su obra. Una rebeldía que nos devela belleza en su estado puro. Una belleza que está más allá del binomio con el que las sociedades miden su moral en turno.
La obra del ya legendario creador estará expuesta hasta enero del próximo año. Si usted no conoce el trabajo del artista tiene una inmejorable oportunidad. Quizá, cuando observe la inmensa pared donde se han montado decenas de sus dibujos, usted alcance a distinguir algún retrato que contenga sus facciones, las líneas de su rostro. Quizá encuentre alguna obra que le recuerde la importancia de llamarse Sergio y apellidarse Rascón en estos tiempos de abulia creativa.Quizá reencuentre algún dibujo que fue suyo y que ahora le pertenece al mito.
Pista de aterrizaje
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Pienso en nuestra charla en aquel estacionamiento de cine y hago una cita mental de Benedetti. Citar a Benedetti a estas alturas (unos 5000 metros) me resulta un tanto infantil. Imagínate. Precisamente esa frase que repetí tantas veces, y que seguramente tú también repetiste. Esa frase que ahora me ronda con música de fondo de la banda Aeroplane (¡que correspondencia!), la canción, paradójicamente, Why can´t fly. La frase del poema dice: “La culpa es de uno cuando no enamora, no de los pretextos, ni el tiempo”.
Las correspondencias siguen. Justo ahora el capitán anuncia que sobrevolaremos una borrosa ciudad de Tijuana. Hay mal tiempo. Una densa capa de niebla no permite condiciones para el aterrizaje.
Sobrevuelo la desaparecida Tijuana escuchando The point of no return. Pienso ahora en la extraña frase que dijo mi hermano antes de dejarme en el aeropuerto de Hermosillo: “huele a flor de muerto”. Escucho el rugido de las turbinas aún con los audífonos puestos. Se me ocurre que toda la tripulación que nos atiende es en realidad una legión de fantasmas, y que nosotros, los tripulantes, entes que murieron en un desastre entre la bruma. La voz en la bocina, la del capitán, despeja mis suposiciones sombrías. Podremos descender en un momento, la niebla sobre Tijuana comienza a disiparse.
Inicia My enemy y mis correspondencias siguen. Si algo he sido en estos tiempos de incertidumbre, me digo, es un enemigo amable de mí mismo. Un enemigo que otorga ventaja porque sabe que triunfará sobre el débil contrincante. Pide la azafata que apaguemos los aparatos electrónicos porque aterrizaremos en un momento. Adiós Aeroplane. Escribo y siento que mi enemigo también es como esa niebla que ahora se esfuma.
Pienso en tu rostro y en tus manos largas. Pienso que todas las palabras que escribo quisieran que tú las leyeras alguna vez. Que estaría de lujo que miraras conmigo por la escotilla cómo se desgasta la niebla sobre la pista de aterrizaje.
“Melancolía”: La danza de la muerte
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Por Julio Rodríguez Chico
Radical, intenso, perturbador, apocalíptico, excesivo. Así es el cine de Lars von Trier y así sentimos “Melancolía”, con toda la fuerza de un mundo que toca a su fin y de unos personajes que se esfuerzan en vano por ser felices y superar sus miedos. Es conocido el gusto del danés por provocar al espectador y buscar su catarsis, por tratar de resquebrajar sus principios vitales y dejarle el rejón bien metido en el alma. Para el co-fundador de Dogma 95, lo irracional y lo visceral triunfan siempre sobre la mesura y la contención, y todos los sentimientos de sus personajes son llevados al extremo, hasta que la misma existencia se hace imposible y es preciso un nuevo mundo, una nueva civilización. Quizá por eso la Tierra viva sus últimos días y nadie la echará de menos, pues un planeta llamado Melancolía va a colisionar con ella en una tragedia que es reflejo de otra incubada en el seno de la familia protagonista.
En una lujosa mansión con un campo de golf de 18 hoyos se va a celebrar la boda de Justine y Michael. Claire, hermana de Justine, se ha encargado junto a su marido de la organización de la fastuosa fiesta, en un intento por complacer a la depresiva novia y ayudarle a ser feliz. A pesar de los esfuerzos de todos, la celebración transcurre entre reproches, exabruptos y temores a terremotos afectivos y familiares —cada uno carga con un lastre de ansia de poder, dinero, amargura, miedo, desprecio u odio que termina por aflorar—, mientras en los jardines observan cómo el misterioso planeta se acerca en una danza de la muerte que a nadie deja impasible.
A la noche oscura del alma de Justine le sucederá un segundo capítulo, que Lars von Trier concede a su hermana Claire, pues ella también vive su propio calvario. No hay tranquilidad y sí tristeza en una “Tierra que es cruel”, lo mismo que en una terraza con una copa de vino y la Novena de Beethoven. Por eso, el director de “Antichrist” (2009) parece suplicar a Melancolía que termine pronto su tarea, pues solo entonces se podrá transformar esa desazón y odio en paz y sosiego, sentimientos que ya han invadido a Justine tras esa noche de amor con la Naturaleza, en lo que termina por constituirse como una tragedia romántica alemana que echa mano del mismo Richard Wagner.
El cine de Lars von Trier es visceral y poderoso al recoger estados interiores y extremos del alma, con personajes desequilibrados emocionalmente y con soluciones drásticas y tremendamente pesimistas. La fuerza visual e hipnótica de algunas imágenes es indudable, en especial de aquellas que conforman el preludio, o en esos globos de luz que suben al cielo estrellado para perderse o quemarse ya en el inicio. A la vez, la opción por una cámara en continuo movimiento que genera inquietud y búsqueda —en un regreso a los inicios Dogma, con evidentes resonancias en la boda de “Celebración” (Thomas Vinterberg, 1998)—, o los abundantes primeros planos utilizados para adentrarse en las mentes perturbadas de sus protagonistas, son recursos eficaces para un guión que se regodea en el dolor y se mira mucho a sí mismo, como si unos y otros necesitaran espantar sus miedos o despertar al espectador, y también como si la felicidad fuera tan efímera como imposible.
Es una constelación de almas cuyos temores vencen a los afectos, por mucho que se construya una engañosa “cueva mágica” y se den la mano, porque es una sociedad desquiciada y perdida en lo trivial —en el concurso de las 678 alubias—, tanto como lo están Justine, Claire y cualquiera de los pobladores de la Tierra. Situaciones depresivas donde todo intento por ser feliz es baldío, con una negrura y nihilismo constantes porque el hombre es un fracaso, donde la amargura y el desencanto se alojan en los personajes y enrarecen definitivamente el ambiente. Son atmósferas de tensión y angustia muy bien conseguidas, con grandes interpretaciones de Kirsten Dunst —una nueva Ofelia, premiada en Cannes— y Charlotte Gainsbourg —decididamente, Von Trier es director de mujeres— y con una banda sonora tan poderosa como terrible.
Por otro lado, está claro que el cosmos del danés no tiene nada que ver con el de Terrence Malick, ni la visión de la vida de uno con la del otro, pues si el primero mira a la tragedia y busca la provocación, el segundo prefiere la poesía y atiende más a la meditación serena; y si uno entierra al hombre porque no tiene remedio, el otro lo eleva a la contemplación con una luz de esperanza. Ambos son cineastas poderosos y visionarios, genios y artistas, con un mundo interior interesante y una exquisita sensibilidad. La diferencia está en que uno vive con el cielo encapotado mientras el otro respira aire fresco y trascendencia, y en que uno baila la danza de la muerte mientras que el otro planta el árbol de la vida.
El árbol de la vida que crece más allá de las salas de cine
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"El objeto más delicado puede servir
de eje al universo…"
-Walt Whitman
Outsiders frente la pantalla
Acabo de ver la película El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011). En la sala sólo estábamos tres personas. Los tres pasados de peso y con una innegable pinta de outsiders. Las salas contiguas abarrotadas: fórmulas fílmicas de romances estúpidos, violentas conspiraciones y el fin del mundo. Después de todo El árbol de la vida cae dentro de la categoría de película rara. Si raro entendemos aquel oficio creativo que se toma el tiempo, en este caso, de contar una historia y hacernos reflexionar. El cine que ve el gran público de nuestros días es rápido y en él no hay espacio para que el espectador conecte, por sí mismo, ideas y sensaciones.
Aunque la estrategia de contar en su reparto con dos símbolos de Hollywood, Brad Pitt y Sean Penn, seguramente funcionó para que más personas compraran boleto, el acomodador del cine me comentó que desde el estreno de El árbol de la vida mucha gente se sale a media proyección. La información la tomé como una metáfora mas allá de la sala del cine. Aunque la película mantiene una estructura fílmica que apuesta ser enlazada por el público, de otra manera es sólo una secuencia abstracta de imágenes y sonidos, tampoco es tan complicado entender la propuesta de Malick: conectar significados.
Mensajes
Es sorprendente la aritmética con que suelen llegar los mensajes a los seres humanos, como sorprendente es el desinterés con el que los recibimos la mayoría de las veces. Días atrás quien esto escribe caminaba, como un lunático, por parques y bulevares pensando en lo absurdo de su existencia. Sintiéndose miserable, el arroz negro del universo. Así, sin un lugar al que llegar, llegué al cine. Así como llegaron los silenciosos compañeros de sala, para quienes muy probablemente esta historia sobre una familia de Wako, Texas, en los Estados Unidos de los 50, filtró, como sucedió conmigo, su propia infancia.
Mi infancia trascurrida en los 80 en un barrio polvoriento de Hermosillo. Un filme que filtró la relación con mis hermanos y mis padres. Que me hizo preguntarme, de nuevo, esas cuestiones grandilocuentes que no han podido contestar, ni podrán, filósofos y sabios, religiosos e iluminados. Esas cuestiones que han sido rondadas por el lenguaje de ciertos poetas. La película en cuestión es precisamente un intento poético de acercarnos al movimiento más elemental de la existencia, a eso que se conoce como “el milagro de la vida”. Es fácil identificar a Heidegger y Whitman en sus contenidos; durante toda la proyección se me venía a la mente una rescritura fílmica del Canto a mí mismo del poeta estadounidense y un resumen del Dasein que el filósofo alemán pregonaba en Ser y tiempo. Ese afán de conectar lo micro con lo macro. . Ese afán por sugerir que la especie humana es parte de un cosmos cuyo significado va más allá del lenguaje. Que el individuo es pieza clave de la relojería universal.
Preguntas
¿Qué tiene que ver conmigo, con mi historia personal, la coreografía de una parvada de gorriones que sobrevuela entre edificios descomunales? ¿Qué tiene que ver conmigo el movimiento del agua? ¿Qué tiene que ver conmigo un dinosaurio observando el océano? ¿Qué tiene que ver conmigo la formación de una supernova? ¿Qué tienen que ver conmigo las pequeñas huellas dactilares de un recién nacido y la mirada apacible de su madre? ¿Qué tiene que ver conmigo la misericordia de un reptil extinto? ¿Qué tienen que ver conmigo la luz que se filtra entre el follaje de los árboles y el musgo verde sobre las piedras del río? ¿Qué tienen que ver conmigo los bancos de peces y la trayectoria de las mantarrayas? ¿Qué tienen que ver conmigo la culpa, los recuerdos tormentosos y la catarsis de los seres humanos?
Aprendiz Zen
Después de las dos horas pasadas que dura la película regresé a mi casa, recorriendo bulevares y parques, con la sensación de haber platicado con un buen amigo. Uno bien intencionado. Ya no me sentía como el arroz negro del universo sino como un aprendiz Zen que se dirige a la disipación inevitable, a ese lugar donde los budistas dicen que Todo es Uno. El final de El árbol de la vida es quizá su única debilidad. Sin embargo recomiendo amplísimamente a todos los outsiders que leen esta columna, que caminen rumbo a su sala de cine favorita y se dejen llevar, como hasta ahora, por el cause de su propia historia, la de todos.
Astronauta de perros
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Por los barrios pasan los papeleros del horror muy temprano.
Todos, atentos en las banquetas, esperan su turno.
No tardará en llegar la noticia del último decapitado.
Del encobijado más reciente.
De la mujer levantada a las afueras de una maquila.
Del vendedor cadavérico de foco.
Después de todo, me dice mi tío Toño,
se trata de la única sección de sociales que tenemos los jodidos.
Después de todo se trata de nosotros, chaval acojonado.
Por la tarde la porción de repugnancia no termina.
Moto sierras que cercenan cabezas van más allá de la ficción.
Más allá de la serie B y la serie X.
En la oficinas documentos y links.
En los foros donde la gente pide, a gritos, atención,
hay llamados a la urgencia.
Qué shampoo se ponen los descabezados?
Cómo será el miedo cuando se acerca el metal?
Seguramente no como éste que ahora comparto con compadre.
Éste de taparse los ojos y la boca ante el pánico.
Éste de reírse, con una mueca de asco y pena,
mientras el personaje se desangra.
Por qué estoy mirando este resumen atroz?
Por qué esta historia me interesa?
Algo malo pasa conmigo?
Anuncia el papelero: “Ayer fueron tres los cuerpos encontrados”
Los links: “Bienvenido al club de los jinetes sin cabeza”
Las palabras, los actos.
Quiero ser astronauta.
Quiero ser autista.
Quiero ser un perro que duerme en un felpudo.
Pintura: Jeremy Geddes.
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MUNICIPALITOS INVITA:
Con el fin de crear foros de discusión y análisis sobre obras artísticas; además de instituir el grupo Municipalitos como asociación civil, se ofrece el taller: El desencanto humano: enfriamiento en las relaciones afectivas y sociales en cuentos de la literatura contemporánea.
Moderadores: Iván Ballesteros Rojo (Escritor, reportero, editor y maestro) y Alfonso López Corral (Escritor e investigador).
Características
El taller se desarrollará en tres módulos de dos horas cada uno. Una vez leídos los textos se discutirán los elementos narrativos y las implicaciones simbólicas contenidas en los cuentos, focalizando el análisis en el paulatino desencanto de los seres humanos en sus relaciones sociales y afectivas.
Primer módulo: Se discutirán los cuentos: Bartleby, de Herman Mellville; Un día perfecto para el pez banana, de J.D. Salinger; Si me necesitas llámame y Nadie decía nada de Raymond Carver. Advertiremos aquí los significados y nuevas realidades sociales que aparecen en las narraciones, mismas que desde la segunda mitad del siglo XX han cambiado la concepción de instituciones como la familia, la religión, el amor, las relaciones humanas y el progreso.
Segundo módulo: Se discutirán los elementos narrativos de los cuentos: Dance, Dance, Dance de Haruki Murakami; El ojo silva de Roberto Bolaño; Encarnación de una generación quemada de David Foster Wallace y de Samanta Schweblin los cuentos Conservas y Cabezas contra el asfalto.
Tercer módulo: Mi crimen favorito de Ambrose Bierce; El observador de caracoles de Patricia Highsmith; Romper el cerdito y Un afeitado finísimo de Etgar Keret y Planes de contingencia frente a los zombies de Kelly Link.
El costo completo del taller es de 300 pesos y está dirigido a adolescentes y adultos.
*Los textos serán enviados vía electrónica por lo que es necesaria la confirmación de su asistencia. Correo para confirmaciones: ivanballesta@gmail.com
El taller tendrá lugar en Biblioteca Municipal Rafael V. Meneses. Mejor conocida como la biblioteca de la Tutuli, los días miércoles 17, 24 y 31 de agosto.
Dirección: Garmendia y Tabasco, Esq. Plaza Tutuli, Col. Modelo. De 6:00 a 8:00. de la noche.
Durmiendo
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Él durmió sobre sus manos.
Sobre una roca.
Sobre sus pies,
sobre los pies de algún desconocido.
Él durmió en micros, en trenes, en aviones.
Se durmió estando de guardia.
Se durmió a un costado de la ruta.
Se durmió apoyado en una bolsa de manzanas.
Él durmió en un baño público.
En un galpón.
En el estadio.
Durmió en un Jaguar descapotable
y en la caja de una camioneta.
Durmió en los teatros.
En la cárcel.
Sobre los barcos.
Él durmió en casillas deshechas y en una ocasión
en un inmenso castillo.
Soportó dormido las frías gotas del agua de lluvia
y los ardientes rayos del sol.
Durmió sobre caballos.
Se durmió sobre sillas.
Él durmió en iglesias, en hoteles de lujo.
Él durmió bajo techos extraños toda su vida.
Ahora él duerme cubierto por la tierra.
Duerme y seguirá durmiendo.
Igual que un rey antiguo.
-Raymond Carver
Trad.Esteban Moore.
Foto: Boris Milkhailov.
Luz artificial y Rocío póstumo, dos plaquetas breves y poderosas
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Reúno estas palabras para cuatro personas,
alguien más puede cazarlas al vuelo,
oh mundo, lo siento por ti,
no conoces a esas cuatro personas.
—Ezra Pound
Lejos de reconocer en la tan sobada “teoría de los contrarios” la razón fundamental de la poesía, lo que siempre me ha hechizado de este género literario es su vitalidad. Versos como animales silvestres que atacan al lector. Que se abalanzan sobre él exigiéndole movimiento, ritmo, reflexión o juego. Que zarandea buenas y malas conciencias por igual. Tentativas, todas, por asir con palabras lo inasible: el vaho de la existencia, la sustancia del instante que dura la vida. La poesía como elemento que fermenta la palabra y el poeta como orfebre de los símbolos que el hombre ha construido para entender su condición paradójica sobre la tierra.
La poesía es la constante de toda creación artística. El cine es hoy en día la expresión creativa más importante, como lo fue la arquitectura hace siglos, porque asimila, con mejores resultados, los otros géneros del arte con el fin de concebir productos culturales que dialoguen con los nuevos tiempos. Ahora encontramos la poesía en imágenes cinematográficas y muchas veces publicitarias. Los versos escritos y publicados en libros gozan de un desprestigio que la tradición de esta actividad no merece. Son muy pocas las editoriales que publican poesía y las que lo hacen se apegan a los clásicos o consagrados. Es difícil encontrar nuevos panoramas, o rutas poéticas, en libros de autores jóvenes.
Los anacronismos, repeticiones, cursilerías, declaraciones personales, lloriqueos líricos; han hecho de éste un oficio practicado por onanistas del oxímoron fácil y ramplón. Poesía insustancial, sesuda, dramática, con un tono que se registra, por parte del lector, falso y desfasado.
En el mundo entero escasean los poetas de versos y obras sólidas, esenciales. Nombrar poetas vivos que cumplan con los atributos antes señalados sería citar a generaciones que nacieron la primera década del siglo pasado. Poetas cincuentones, cuarentones, treintañeros y veinteañeros que ejerzan su profesión con verdaderas amígdalas, la verdad es que son muy pocos, casi nulos. La mayoría de poetas, por lo menos en nuestra región, escriben versos para ganar concursos oficiales y sus libros están destinados a las bodegas, sin ninguna reseñita o crítica (la luz de las publicaciones)que alguien escriba sobre sus títulos; alguien que venga a decir algo sobre esos versos para que después el lector interesado pueda ir en su búsqueda.
Poetas empecinados en señalar cuestiones sociales que no vienen al caso (ya no estamos en los setentas). En hacer imágenes que nada significan. La verborrea y la pirotecnia parecieran ser sus principales armamentos. Construcciones huecas y complicadas que después del despliegue de técnicas, supuestamente experimentales, se desploman sin arrojar significados. Mecanismos estéticos que de estéticos no tienen nada. Árida e infructuosa ha sido la búsqueda de nuevas voces en el panorama de la poesía mundial. La crisis de este oficio es una realidad.
Poetas sonorenses
Sin embargo en Sonora tenemos a Ricardo Solís y Julio Ernesto Tánori, dos poetas de cepa (Uno vive en Guadalajara y sigue publicando obras notables; el otro escribió tres breves poemarios, reunidos en el libro Animal difícil, y se ha quedado en el silencio). Hay algunos jóvenes cuya obra todavía no ha sido publicada en forma de libro. Jóvenes que han publicado sus versos en revistas y suplementos, mismos que dejan buenas impresiones por lo que se viene para ellos.
Recientemente se publicaron dos plaquetas, Luz artificial, de Omar Bravo y Rocío póstumo de Horacio Valencia. Dos folletitos que contienen versos bien logrados, que arrojan significados, que tocan al lector, que lo muerden.
Luz artificial: Omar Bravo (Bacobampo, 1979), es más reconocido en el mundillo literario sonorense por su narrativa. Publicó en el 2004 el libro de cuentos El tercer cajón. Recientemente apareció en la antología, Tan lejos de dios (poesía mexicana en la frontera), publicado por la UNAM. Los poemas que contiene Luz artificial fueron escritos, en su mayoría, cuando Bravo vivía y viajaba por ciudades de Estados Unidos y China. Cinco años en el exilio. Es precisamente el exilio el tema velado de esta plaqueta: “la imagen crepuscular del abandono ⁄ y el exilio ⁄ en esta inmensa patria ⁄ trampa imposible de librar” (Del poema Zatcha Nemov). La soberanía de la voz poética en tierras lejanas no se priva de sentir terror y pena por la existencia de los otros: “vi niños ⁄ como flores quemadas ⁄ bajo las nubes rojas de napalm ⁄ y mujeres y hombres ⁄ pudriéndose obscenamente ⁄ como grandes vejigas inflamadas ⁄ a la vera de los caminos" (del poema Ahn Penh). En Luz artificial Bravo hace una especie de himno, o anti-himno, de su generación. Una generación que tuvo su momento de coincidencia en los primeros años del siglo XXI en la escuela de Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora. Un canto dedicado a jóvenes que no se comprometían con nada, que fueron ebrios y arcaicos, lumpens escandalosos. Con el poema Monólogo del cerdo: un himno a mi generación, el poeta atrapa un momento, en este caso el de algunos escritores sonorenses nacidos a finales de los setentas y principios de los ochentas, en sus primeras búsquedas vitales: “Me digo ⁄ silenciosamente resentido ⁄ que pertenezco ⁄ a esta generación infame ⁄ de muchachitos ebrios ⁄ y desnudos ⁄ a esta febril embarcación ⁄ de proxenetas ávidos ⁄ entristecidos ⁄ pobres ⁄ que naufraga llevándonos.” Luz artificial es una plaqueta pulcra, clara, honesta, de versos contundentes y bellos. Un ejercicio poético al que además se le nota el trabajo de su autor, a quien no se le escapa una palabra débil o mal puesta.
Rocío póstumo: Horacio Valencia (Hermosillo, 1980), Horacio siempre ha estado inmerso en la búsqueda de lenguajes eróticos. Es un afortunado creador de imágenes llenas de vida. Hace un tiempo el tono de su poesía resultaba similar al de su maestro, Alonso Vidal. Es decir, reflejaba un discurso poético que se antojaba anacrónico. Son esas imágenes que Valencia sabe encontrar las que uno, como lector, agradecía en sus poemas que, por lo demás, sólo han sido publicados en un libro, El libro de las pasiones. Publicación que no contiene lo mejor del poeta. En 2003, aún cuando escritores como Iván Camarena, Franco Félix, Pío Daniel, Omar Bravo, David Hidrogo y quien escribe esta nota éramos estudiantes universitarios, había entre nosotros una poeta, Rocío Romo, cuyo estrujante poemario, Ópera para un despertar, una especie de carta de motivos y despedida por su posterior suicidio, también está publicado en esta colección, Lengua de Camaleón. Rocío era una chava con una sonrisa dulcísima, con ojeras malvas que revelaban sus desvelos. En 2002 publicó el poemario Acaticia, donde ya advertía su necesidad de fuga. El 17 de noviembre del 2003 recibí una llamada de Horacio a las 9:00 de la noche. La mala nueva era que Rocío se había marchado. La noticia cimbró a toda aquella generación. Nada volvió a ser igual. Rocío póstumo es precisamente uno de los resultados de aquella impresión. Son palabras arrancadas de la muerte; imágenes que Valencia ha construido muy a pesar suyo. Poemas oscuros, enigmáticos, donde el poeta arde: “El suelo ⁄ las esquinas ⁄ los sitios ⁄ se estarán derrumbando. Su casa se estará derrumbando. Pasará un río ⁄ por donde flote un indicio ⁄ un cadáver. Pasará. También un censor con ojos ⁄ de testigo ⁄ un insólito muro de sangre ⁄ un temor helado ⁄ una zona de sombra ⁄ y un desastre, ⁄ pasarán.”
Las publicaciones antes citadas son notables. Poemarios intensos, sustanciales, que merecen lectores y reflexiones más allá de estas palabras. Son testimonios fieles de una generación de escritores que se ha venido a llamar del 2000. Poemarios que tratan los temas más elementales del hombre y que son un resuello en el que podemos advertir el oficio de estos dos poetas sonorenses, a quienes, por lo demás, hay que seguirles la huella.
alguien más puede cazarlas al vuelo,
oh mundo, lo siento por ti,
no conoces a esas cuatro personas.
—Ezra Pound
Lejos de reconocer en la tan sobada “teoría de los contrarios” la razón fundamental de la poesía, lo que siempre me ha hechizado de este género literario es su vitalidad. Versos como animales silvestres que atacan al lector. Que se abalanzan sobre él exigiéndole movimiento, ritmo, reflexión o juego. Que zarandea buenas y malas conciencias por igual. Tentativas, todas, por asir con palabras lo inasible: el vaho de la existencia, la sustancia del instante que dura la vida. La poesía como elemento que fermenta la palabra y el poeta como orfebre de los símbolos que el hombre ha construido para entender su condición paradójica sobre la tierra.
La poesía es la constante de toda creación artística. El cine es hoy en día la expresión creativa más importante, como lo fue la arquitectura hace siglos, porque asimila, con mejores resultados, los otros géneros del arte con el fin de concebir productos culturales que dialoguen con los nuevos tiempos. Ahora encontramos la poesía en imágenes cinematográficas y muchas veces publicitarias. Los versos escritos y publicados en libros gozan de un desprestigio que la tradición de esta actividad no merece. Son muy pocas las editoriales que publican poesía y las que lo hacen se apegan a los clásicos o consagrados. Es difícil encontrar nuevos panoramas, o rutas poéticas, en libros de autores jóvenes.
Los anacronismos, repeticiones, cursilerías, declaraciones personales, lloriqueos líricos; han hecho de éste un oficio practicado por onanistas del oxímoron fácil y ramplón. Poesía insustancial, sesuda, dramática, con un tono que se registra, por parte del lector, falso y desfasado.
En el mundo entero escasean los poetas de versos y obras sólidas, esenciales. Nombrar poetas vivos que cumplan con los atributos antes señalados sería citar a generaciones que nacieron la primera década del siglo pasado. Poetas cincuentones, cuarentones, treintañeros y veinteañeros que ejerzan su profesión con verdaderas amígdalas, la verdad es que son muy pocos, casi nulos. La mayoría de poetas, por lo menos en nuestra región, escriben versos para ganar concursos oficiales y sus libros están destinados a las bodegas, sin ninguna reseñita o crítica (la luz de las publicaciones)que alguien escriba sobre sus títulos; alguien que venga a decir algo sobre esos versos para que después el lector interesado pueda ir en su búsqueda.
Poetas empecinados en señalar cuestiones sociales que no vienen al caso (ya no estamos en los setentas). En hacer imágenes que nada significan. La verborrea y la pirotecnia parecieran ser sus principales armamentos. Construcciones huecas y complicadas que después del despliegue de técnicas, supuestamente experimentales, se desploman sin arrojar significados. Mecanismos estéticos que de estéticos no tienen nada. Árida e infructuosa ha sido la búsqueda de nuevas voces en el panorama de la poesía mundial. La crisis de este oficio es una realidad.
Poetas sonorenses
Sin embargo en Sonora tenemos a Ricardo Solís y Julio Ernesto Tánori, dos poetas de cepa (Uno vive en Guadalajara y sigue publicando obras notables; el otro escribió tres breves poemarios, reunidos en el libro Animal difícil, y se ha quedado en el silencio). Hay algunos jóvenes cuya obra todavía no ha sido publicada en forma de libro. Jóvenes que han publicado sus versos en revistas y suplementos, mismos que dejan buenas impresiones por lo que se viene para ellos.
Recientemente se publicaron dos plaquetas, Luz artificial, de Omar Bravo y Rocío póstumo de Horacio Valencia. Dos folletitos que contienen versos bien logrados, que arrojan significados, que tocan al lector, que lo muerden.
Luz artificial: Omar Bravo (Bacobampo, 1979), es más reconocido en el mundillo literario sonorense por su narrativa. Publicó en el 2004 el libro de cuentos El tercer cajón. Recientemente apareció en la antología, Tan lejos de dios (poesía mexicana en la frontera), publicado por la UNAM. Los poemas que contiene Luz artificial fueron escritos, en su mayoría, cuando Bravo vivía y viajaba por ciudades de Estados Unidos y China. Cinco años en el exilio. Es precisamente el exilio el tema velado de esta plaqueta: “la imagen crepuscular del abandono ⁄ y el exilio ⁄ en esta inmensa patria ⁄ trampa imposible de librar” (Del poema Zatcha Nemov). La soberanía de la voz poética en tierras lejanas no se priva de sentir terror y pena por la existencia de los otros: “vi niños ⁄ como flores quemadas ⁄ bajo las nubes rojas de napalm ⁄ y mujeres y hombres ⁄ pudriéndose obscenamente ⁄ como grandes vejigas inflamadas ⁄ a la vera de los caminos" (del poema Ahn Penh). En Luz artificial Bravo hace una especie de himno, o anti-himno, de su generación. Una generación que tuvo su momento de coincidencia en los primeros años del siglo XXI en la escuela de Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora. Un canto dedicado a jóvenes que no se comprometían con nada, que fueron ebrios y arcaicos, lumpens escandalosos. Con el poema Monólogo del cerdo: un himno a mi generación, el poeta atrapa un momento, en este caso el de algunos escritores sonorenses nacidos a finales de los setentas y principios de los ochentas, en sus primeras búsquedas vitales: “Me digo ⁄ silenciosamente resentido ⁄ que pertenezco ⁄ a esta generación infame ⁄ de muchachitos ebrios ⁄ y desnudos ⁄ a esta febril embarcación ⁄ de proxenetas ávidos ⁄ entristecidos ⁄ pobres ⁄ que naufraga llevándonos.” Luz artificial es una plaqueta pulcra, clara, honesta, de versos contundentes y bellos. Un ejercicio poético al que además se le nota el trabajo de su autor, a quien no se le escapa una palabra débil o mal puesta.
Rocío póstumo: Horacio Valencia (Hermosillo, 1980), Horacio siempre ha estado inmerso en la búsqueda de lenguajes eróticos. Es un afortunado creador de imágenes llenas de vida. Hace un tiempo el tono de su poesía resultaba similar al de su maestro, Alonso Vidal. Es decir, reflejaba un discurso poético que se antojaba anacrónico. Son esas imágenes que Valencia sabe encontrar las que uno, como lector, agradecía en sus poemas que, por lo demás, sólo han sido publicados en un libro, El libro de las pasiones. Publicación que no contiene lo mejor del poeta. En 2003, aún cuando escritores como Iván Camarena, Franco Félix, Pío Daniel, Omar Bravo, David Hidrogo y quien escribe esta nota éramos estudiantes universitarios, había entre nosotros una poeta, Rocío Romo, cuyo estrujante poemario, Ópera para un despertar, una especie de carta de motivos y despedida por su posterior suicidio, también está publicado en esta colección, Lengua de Camaleón. Rocío era una chava con una sonrisa dulcísima, con ojeras malvas que revelaban sus desvelos. En 2002 publicó el poemario Acaticia, donde ya advertía su necesidad de fuga. El 17 de noviembre del 2003 recibí una llamada de Horacio a las 9:00 de la noche. La mala nueva era que Rocío se había marchado. La noticia cimbró a toda aquella generación. Nada volvió a ser igual. Rocío póstumo es precisamente uno de los resultados de aquella impresión. Son palabras arrancadas de la muerte; imágenes que Valencia ha construido muy a pesar suyo. Poemas oscuros, enigmáticos, donde el poeta arde: “El suelo ⁄ las esquinas ⁄ los sitios ⁄ se estarán derrumbando. Su casa se estará derrumbando. Pasará un río ⁄ por donde flote un indicio ⁄ un cadáver. Pasará. También un censor con ojos ⁄ de testigo ⁄ un insólito muro de sangre ⁄ un temor helado ⁄ una zona de sombra ⁄ y un desastre, ⁄ pasarán.”
Las publicaciones antes citadas son notables. Poemarios intensos, sustanciales, que merecen lectores y reflexiones más allá de estas palabras. Son testimonios fieles de una generación de escritores que se ha venido a llamar del 2000. Poemarios que tratan los temas más elementales del hombre y que son un resuello en el que podemos advertir el oficio de estos dos poetas sonorenses, a quienes, por lo demás, hay que seguirles la huella.
Lecturas del 2010
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Siempre será sospechoso hacer listas con los mejores discos, libros, películas del año que recién pasó. El epíteto de mejor en tal o cual cosa estará determinado por los gustos de quienes proponen dichas listas y no por un verdadero sondeo que tome en cuenta todos los aspectos que hay alrededor de tal o cual obra. Es así que los principales periódicos que cubren el que hacer, tan menospreciado en México, de la cultura, lanzan sus listas de las mejores novedades editoriales, basándose, en algunos de los casos, en las ventas que alcanzaron las publicaciones y no en la calidad de los textos.
En la cuestión de las obras literarias resulta ocioso hacer estas listas sobre lo mejor que se publicó, en este caso del 2010, sólo de novedades. Si tomamos en cuenta que en nuestro país leemos, según cifras oficiales, medio libro por año, mencionar las cinco propuestas editoriales del 2010, de libros que ni siquiera llegan a nuestras estanterías, es una especie de enredo. Por eso aquí mencionaré las cinco lecturas que más disfruté en el 2010 con la única finalidad de compartir lecturas. Ya cada cual tendrá su propia lista.
Entre los cinco libros que me marcaron durante el 2010, y cuyas historias y reflexiones se calcaron en mí como una especie de tatuaje, están novedades y clásicos. El orden en que pondré esta especie de rank, tiene que ver exclusivamente con la intensidad con la que disfruté las lecturas y no con cuestiones técnicas en la elaboración de las obras, las cuales dejo para la academia.
Un hombre que duerme
El número uno de esta selección personalísima, como deberían de ser todas, se trata también del último libro que leí el año pasado. Una lectura que aún tengo muy fresca. Un libro que me ha dejado una sensación de paz, una paz que se parece mucho al silencio y al abandono. Se trata de Un hombre que duerme (Impedimenta, 2009), del genial escritor francés Georges Perec (1937-1982). Una segunda edición que fue traducida al español notablemente por Mercedes Cebrián. Una novela que cuenta la historia de un joven estudiante que decide no levantarse de la cama el día de sus exámenes de sociología. A esa decisión se suman la de abandonar sus estudios, romper con toda relación humana y recluirse en sí mismo. Una especie de sonámbulo que saldrá a las calles de un París gris y lleno de monstruos; es decir, de gente, parafraseando a este hombre que se siente el dueño anónimo del mundo. Un joven sin ambiciones, que marca su existencia alejándose de los deseos materiales y pasando por la vida de manera incógnita. Una de las obras más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Antítesis y un epílogo genial de la que sería la obra cumbre de Perec, misma que escribiría casi dos décadas después, La vida, instrucciones de uso (1978). El encanto de este libro radica, entre otras cosas, en el embrujo ocasionado por un narrador en segunda persona que da cuenta de las acciones, o inactividad, como quiera verse, del personaje central, algunos dirán único, de la trama. Como si el narrador fuera la conciencia del que lee. Una voz que va mostrando la paulatina renuncia de un joven a las convenciones sociales de la vida actual. Un hombre que habita mejor en el sueño, en el automático del inconsciente, que en el entramado social. Una joya.
2666
El segundo libro se trata en realidad de cinco novelas reunidas en un solo tomo. 2666 (Anagrama, 2003) es la monumental obra que se encontraba escribiendo Roberto Bolaño (Santiago de Chile,1953, Barcelona-2003) antes de morir. Un ciclo narrativo divido en “La parte de los críticos”, “La parte de Amalfitano”, “La parte de Fate”, “La parte de los crímenes” y “La parte de Archimboldi”. En el epicentro de esta poliédrica novela está el tema del horror y mal. Todas las partes de la obra remiten a los arteros asesinatos contra mujeres que sucedieron de 1993 a 1997 (y que siguen sucediendo ahora) en la ciudad de Santa Teresa, municipio fronterizo de Sonora y fiel trasunto de Ciudad Juárez, Chihuahua. Una obra que en “La parte de los crímenes” resulta espeluznante. Cientos de cadáveres de mujeres encontrados sin vida y con signos de tortura desfilan ante el lector como una muestra de la brutalidad y violencia de los nuevos tiempos. Es un narrador neutro quien muestra la evidencia del horror con un tono forense y desapegado. Donde será el lector quien realice el trabajo sucio de imaginarse a seres que encuentran, en la violencia y el asesinato, goce y placer. Que buscan perpetrar un tipo de mal al que Georges Bataille reconocería como Mal Puro. Un Mal por el Mal que pone en entredicho a la humanidad entera.
Son los distintos registros, los múltiples personajes y tonos narrativos los que reafirman a un Bolaño más que vigente, vivo y necesario en la actual literatura latinoamericana. Su aliento de escritor de obras totales, en las cuales muestra la cara oscura de la condición humana, lo sitúa como un autor indispensable del siglo XXI.
Ya en Los detectives salvajes, Bolaño sitúa a Sonora como el embrión del mal en la tierra. Un lugar que divide al oxidado Primer Mundo de la dispersión y el caos latinoamericano. La entrada al infierno en la tierra.
Verano
Aquí tendré que estar de acuerdo con la mayoría de libreros y críticos que reconocieron en Verano (Mondadori, 2010), del escritor sudafricano, J. M. Coetzee (1940), la mejor novela publicada en el año que recién terminó. Y es que Coetzee es acaso el narrador más claro y preciso de la literatura contemporánea. Sus temas siempre abordan la propensión del ser humano al salvajismo y la violencia. Recordemos Esperando a las bárbaros (2003) o Desgracia (1999). Con Verano, el ganador del Premio Nobel de Literatura en el 2003, finaliza la trilogía que completa sus biografías literarias. Una obra donde el autor pone en otras voces la visión que tenía de él mismo a los 30 años. Donde se dibuja algo torpe y desabrido; un joven que vivía con su padre enfermo en una casa derruida y en un país, Sudáfrica, donde la confrontación entre la razón occidental y la barbarie de los originales ha dado pruebas contundentes de brutalidad. Siempre lúcido, paródico y autocrítico, el Coetzee de Verano retrata una era desesperanzadora y cruel, enfermizamente banal y violenta, la nuestra, algo que ya viene haciendo en toda su obra. Si en Infancia y Juventud el autor dio cátedra de cómo escribir memorias, con Verano da carpetazo a esa magistral enseñanza. Un libro imperdible.
Dublinesca
El cuarto sitio no creo, como se ha dicho, que se trate de la mejor obra de su autor, sin embargo sí es la novela más tradicional, en el sentido de construcción y concepción novelística, de todos sus trabajos (por este aspecto algunos reconocen en esta obra la mejor de VM). Dublinesca (Seix Barral, 2010) del escritor catalán, Enrique Vila-Matas, es un libro más bien obscuro. Si en toda la obra de este “genial parásito de la literatura” aparece el mapa personal de sus autores y obras favoritas, Dublinesca se centra en aspectos aislados en las personalidades de artistas que al escritor de Bartleby y compañía (2000) tanto fascinan. Robert Walser, James Joyce, dos de ellos. Una despedida, con toques infaltables de saudade, del universo Gutemberg, y una bienvenida mordaz a la vejez en plena era electrónica, virtual. Un viaje que pareciera el performance organizado por un mítico editor, Riba, retirado de todo, incluso de la vida, junto con algunos de los escritores que pertenecieran a su catálogo. Un performance que intenta recorrer un día, el Bloomsday. Una obra notable, en tanto que se trata de la más madura y poética de su autor, pero menos arriesgada y divertida que otras como El viaje vertical (1999) o París no acaba nunca (2003).
El quinto sitio, no hay quinto malo, es para una novelita de Philip Roth titulada Orgía en Praga. Un relato protagonizado por uno de sus personajes más entrañables, Nathan Zuckerman, uno de los alter egos de Roth. Una novelita que es el epilogo genial de su trilogía Zuckerman encadenado (2007), donde se evidencia, irónicamente, la situación de los escritores checoslovacos bajo el régimen soviético, y de refilón, la postura paternalista del escritor estadounidense, y en general americano, sobre el deber que tienen los gobiernos de apoyar y aplaudir su labor. Una exquisita narración que pasa frente al lector como un suspiro. La prosa de Roth, y esta novelita lo reafirma, es quizá la más poderosa de la literatura contemporánea.
Sábado
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Todos los días veo al viejo que sale de la casa y camina despacio por la nieve hasta el borde de la laguna. La bruma de su respiración es como una niebla en el aire transparente. Hemos conversado varias veces al cruzarnos en el camino de entrada, ha enseñado física aquí en Princeton en los años cincuenta y ahora está retirado, vive solo, su mujer murió el año pasado, no tiene hijos, se llama Karl Unger y es un exiliado alemán. Cuando llegan los patos salvajes se oye primero un ruido tenue, como si alguien sacudiera en el cielo una tela mojada. Casi inmediatamente se empiezan a oír los graznidos y se los ve venir volando en fila india y después formando una V sobre el fondo del bosque. Dan dos vueltas sobre la laguna hasta que se lanzan hacia el agua congelada y cuando se zambullen patinan con las alas abiertas y el cuello contra el hielo. Vuelven caminando torpemente, resbalan y algunos se quedan quietos con las patas como huesos muertos en la escarcha. Viven en el presente puro y cada mañana se sorprenden al chocar contra el hielo. Han perdido el sentido de la orientación. Buscan las aguas templadas del lago donde tendrían que empezar la migración hacia las tierras cálidas. Cuando veo al viejo profesor salir al jardín y atravesar la nieve y llegar hasta la laguna para alimentar a los patos salvajes que se están muriendo de frío, sé que empieza otro día que será igual al anterior.
Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940)
Piso 31
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“Mi vida es como si me golpearan con ella”, dice mi amigo Bernardo (el de la foto).
Desde el piso 31 de este multifamiliar, de este hangar clase mediero, puedo ver la ciudad entera.
Al poniente la casa de mis abuelos, el barrio de la infancia.
Al norte el tardío hogar de mis padres, de mi adolescencia.
Desde aquí se advierte el parque sin edad donde me pierdo constantemente.
No tengo futuro. No tengo cuentas gordas en el banco.
El piso 31 es rentado y todavía se me hace lejano algún rumbo, alguna certeza.
Pero definitivamente mi vida no es como si me golpeasen con ella.
Tengo un gato y un televisor. Tengo un puñado de libros y algunas latas.
Ahora que estará por llegar el mar de noche considero que la mejor de las sorpresas es alguien que arriba a esta cuadra, alguien que sube hasta acá, al piso 31.
Tengo enfriándose un lambrusco. Desde aquí advierto la ciudad entera.
Desde el piso 31 respiro.
Un final ruso
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En ocasiones sigo personas. En lo primero que me fijo es en sus zapatos. Los zapatos dicen mucho de las personas. Mirando los zapatos de los otros se ha ido mi vida. Mi vida de pequeñas persecuciones. Mi vida sin otro atributo que mi férrea voluntad. Mi voluntad a prueba de lluvia y distancias. Mi voluntad incansable cuando se trata de seguir los pasos que otros dan con zapatos interesantes. Zapatos nuevos o muy bien cuidados en los que se reflejan los gatos, automóviles y enredaderas. Donde el sol, y a veces la luna, tienen una minúscula repetidora.
El verano pasado seguí a una persona que no tenía pierna derecha. Sin embargo el pie de su pierna izquierda calzaba un zapato hermoso. Un zapato que relucía un brillo extraordinario. Un brillo que me recordó las ilustraciones bíblicas y la sonrisa de los niños pobres. Aquel manco caminó, con su sola pierna, por el muelle de los barcos. El tipo tenía estilo. Parecía que la mutilación de una de sus extremidades le venía bien. No he visto personas que luzcan un par de muletas como aquel hombre que caminaba por el muelle de los barcos.
Solitario, como el zapato de su pierna izquierda, el hombre miraba los barcos con un dejo melancólico. Fumaba un cigarrillo y miraba los barcos suspendidos en el muelle. Cuando aquel viejo mutilado caminaba, la suela de su hermoso zapato hacía un sonido que acompasaba con el sonido de las muletas al estrellarse en la madera de los astilleros. En su camino encontró un vendedor de algodones de azúcar al que ni siquiera tomó importancia. Más adelante compró una cerveza de lata a una pareja de novios que se acariciaban en una banca y se la bebió mirando, al borde del muelle, los barcos más pequeños. ¿Qué sentía aquel hombre mutilado mientras veía barcos pequeños mecerse como cunas de gigantes? ¿Qué melancolía es la que corresponde a un hombre con una sola pierna que bebe cerveza de lata mirando pequeños navíos? Una melancolía que se salva cuando se advierte el brillo, el espejo oscuro de su único zapato.
El hombre terminó la lata de cerveza y caminó hasta un cafecito porteño. Después llegué yo, que le seguía el paso a cierta distancia. Desde la mesa contigua me atreví a preguntarle (yo bebía un expreso doble y él una cerveza de barril) el por qué de las muletas. El hombre se separó de la mesa y descorrió el mantel que la cubría. Vaya, le dije, lindo zapato.
II
Ese mismo verano seguí a una mujer de cabello afro. Sus zapatillas altas y púrpuras me dejarían embrujado a la salida del cine Mayagoitia. Otra solitaria, pensé, que viene al cine no para ver películas, sino para pescar. Alguien que se puso zapatillas elegantes un día lluvioso. Una mujer desesperada. La seguí hasta la estación del metro y antes de que comprara el boleto la abordé. Hablé, de qué más, de sus zapatos. De su elegancia. La mujer sonrió. Se llamaba Sika y tenía los ojos negros y brillantes, como el zapato de aquel hombre mocho que veía embarcaciones nostálgicamente. Tu belleza es una pieza única, le dije. Sika se ruborizó y me invitó a su departamento. Nos metimos en su cama, fría. Por la noche nos dio hambre y bajamos a la calle. Ella no llevaba puestos los zapatos púrpuras y pidió una hamburguesa doble.
III
La semana pasada seguí a un estudiante (especulo que era estudiante porque llevaba una mochila trepada en la espalda). Tenía semanas sin que me llamara la atención el calzado de los otros. Era muy temprano. Yo regresaba de mi trabajo como guarda de museo. Aquel muchacho caminaba sobre un par de zapatos multicolor. Si bien no de muy buen gusto, aquellos zapatos tenían algo que valía la pena. Seguir a su dueño por algunas horas me pareció una idea seductora. El muchacho entró a un hospital de la avenida Minela Brusco y se sentó en la sala de espera. Yo lo estudiaba desde un punto para él ciego. Pensé que aquella persecución secreta se trataba de una pérdida de tiempo. El muchacho comenzó a llorar. Primero apacible, después desesperadamente. ¿Por qué lloraba aquel joven en la sala de espera del hospital? Se lo preguntaría más adelante. Después de todo ya había iniciado con aquella persecución. No podía echarme para atrás ahora. Aquel estudiante derramaba uno que otra lágrima en sus zapatos multicolor. ¿Por qué lloras? Le cuestioné. ¡Qué putas te importa!, contestó. No se me ocurrió nada y salí del lugar. No había nadie con calzado interesante tan temprano en el muelle ni en la salida del cine. No había nadie interesante en la ciudad entera.
Helga Krebs y sus personajes toman por asalto el MUSAS
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Notas del Breviario
En un evento emotivo y con un público que abarrotó la sala donde se presentaba la exposición: “El latido se abre paso en su interior”, de la pintora chilena-alemana, radicada en Sonora desde 1976, Helga Krebs; el Museo de arte contemporáneo con más infraestructura y apoyo oficial por parte del Estado, el MUSAS, celebró el pasado nueve de septiembre su primer año de existencia.
“El latido se abre paso en su interior” es una retrospectiva que muestra el trabajo que ha realizado la artista en tierra mexicana en los últimos 40 años. La curaduría de la obra corrió a cargo del artista plástico Miguel Guzmán, el escritor Bruno Montané y la Lic. Carolina Romero.
El evento fue presidido por la directora del MUSAS, Lic. Rosa María Hass, y la directora del Instituto Sonorense de Cultura, Lic. Poli Coronel.
La obra
Recorrer la obra de Helga es caminar por mundos donde la belleza resulta a veces escabrosa. Cuadros que son más que cuadros: Dimensiones abiertas, rupturas, arenas movedizas, ultrasonidos cósmicos, lugares con un horizonte más lejano para hundir la mirada.
Detrás de cada dimensión de color, de matiz, de atmósfera, de textura, hay un núcleo, un órgano, a veces plástico, a veces mecánico (además de pintura entre sus materiales usa engranajes, motores, maquinarias) que funciona como el responsable del flujo significativo de la obra.
La pintura de Helga es vital, se articula, se enreda en sí misma, es tan bella y cruel como el mundo que le inspira. Frente a los cuadros de Krebs uno se siente desarmado para interpretar la expresión de creaturas que parecieran moverse entre vísceras y color. Personajes que saltan del cuadro a la realidad. Que se muerden, se tocan, se desean.
La pintora ha descrito su trabajo como figurativo. En sus cuadros se pueden encontrar radiografías, cabello, dientes, uñas. Una obra que pareciera un mecanismo vivo, una ventana que da hacía un desierto poblado de magia y la sustancia hostil de los sueños. Una realidad etérea, rabiosa. Son el humor, la danza y la literatura, elementos que confluyen en este panorama krebsiano, donde la lucidez y la poesía gobiernan.
Durante dos meses el público sonorense podrá disfrutar de la valiosa obra de una artista que ha venido a nuestro estado a hacer amigos y pintores.
Helga Krebs: Pintora chilena nacida en Alemania, vive en la República Mexicana desde 1974, a partir de 1977 radica y trabaja en Hermosillo, Sonora. En su juventud estudió música y medicina. Desde 1960 ha participado en 86 exposiciones individuales y más de 100 exposiciones colectivas en 16 países tales como Chile, Argentina, Paraguay, Venezuela, Perú, Ecuador, Colombia, Cuba, España, Alemania, Bulgaria, Polonia, Francia, Estados Unidos de América y Japón; y en diversas ciudades de México, como Hermosillo, Guaymas, Ciudad Obregón, Nogales, Álamos, Xalapa, Guadalajara, San Luis Potosí, Aguascalientes, Monterrey, Saltillo, Morelia, Mexicali, Tijuana, Tecate, Ensenada y el Distrito Federal. Ha sido merecedora de varios premios a lo largo de su carrera como pintora, entre los que destacan la III Bienal Americana de Arte, Argentina, 1966; Salón CRAV, Chile, 1967; Premio Nacional de la Crítica, Chile, 1968; Premio de Adquisición II Encuentro de Pintores del Estado de Sonora, 1986; I Premio Collage Gualala Arts Center, California, Estados Unidos de América; Premio Adquisición Pintura I Bienal de Artes Plásticas de Sonora y Mención Honorífica Muestra Pintura del Norte, México, 2000.
http://www.primera-plana.com.mx/impreso.php?pagina=20&fecha=2010-09-21
Se fue el genial Fogwill
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ABEL GILBERT
BUENOS AIRES
La noticia tuvo el efecto de un puñetazo, se propagó con el desconsuelo que solo la muerte pone a las palabras. Se fue Rodolfo Fogwill. Falleció el sábado, a los 70 años, en Buenos Aires. El faso (cigarrillo), que consumió con voracidad, le terminó jugando la temida mala pasada. Un enfisema pulmonar provocado por el tabaquismo se acabó llevando al hombre a quien le gustaba considerarse entre los tres escritores vivos más importantes de su país, Argentina.
Esa broma jactanciosa escondía una enorme cuota de verdad, más allá de las jerarquías. Narrador, poeta, periodista, sociólogo, publicitario, provocador profesional, Fogwill, a secas, como se hacía llamar en los últimos años, deja una enorme marca en la literatura argentina de los últimos 30 años. Su legado más potente, Los pichiciegos (1983, reeditado recientemente por Periférica), es un delirante fresco sobre la guerra de las Malvinas, escrito al compás de la misma confrontación bélica, en 1982, que intuyó como desastrosa para Argentina mientras los medios propagaban sones de una victoria inverosímil ante Gran Bretaña.
POETA Y CUENTISTA / Es, también, autor de las novelas Vivir afuera y En otro orden de cosas. Esta última, una de las miradas más corrosivas de 12 años argentinos atravesados por la violencia y el descalabro, el periodo entre la víspera del regreso de Juan Perón (1971) y la caída del régimen militar (1982). Fogwill fue además un poeta inspirado y uno de los cuentistas fundamentales de un género que tiene en Argentina exponentes como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Abelardo Castillo. En Los libros de la guerra se reúnen sus textos periodísticos, en los que mezcla sarcasmo y premonición. Melómano apasionado, la obra de Fogwill está dominada por una obsesión, Argentina: «En mi cabeza no hay mas información que esta, ni otra que me movilice tanto». Como pocos, ha sacado a luz sus paradojas y contradicciones. «Nada parecía irritarlo tanto como el populismo, la estupidez y la prosa mal escrita», afirmó el escritor Guillermo Piro, al trazar ayer su semblanza.
NACE UN MITO / Al hombre que fundó en los 80 la editorial Tierra Baldía, en la que publicaron nombres fundamentales como Néstor Perlongher, César Aira, Leónidas y Osvaldo Lamborghini, se le empieza a recordar ya como alguien singular, un maestro generoso y un enemigo temible. «El último acto, la última provocación del francotirador, dejó sin palabras a los que escucharon la noticia. El cuerpo le pasó facturas por el exceso de tabaco. Hoy nace un mito, tallado por él mismo con la obsesión del publicista póstumo. El escritor de ojos desorbitados –la mirada de un loco– fue para la literatura argentina lo que Maradona es al fútbol», escribió el diario Página 12.
Tres publicaciones de autores sonorenses
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Breviario
Espacio de cultura y cosas raras
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En menos de un semestre se han publicado, en distintas casas editoriales e instituciones del país, tres libros de autores formados en Sonora. Lo anterior no deja de ser significativo. Los escritores del norte de México que gozan de mejores plataformas para publicar sus obras son los que radican en Tijuana y Culiacán. También, habrá que decirlo, los autores que habitan en esas ciudades tienen una tradición narrativa más sólida que la nuestra. De allí que encontrar en circulación trabajos recientes de autores sonorenses resulta ya una buena noticia.
Otro aspecto a resaltar de La ciudad antes del alba (FORCA) de Imanol Caneyada (San Sebastián, España, 1968), Pasajeros (Jus) de Josué Barrera (Torreón, 1982) y La noche estaba afuera (Tres perros) de Alfonso López Corral (Navojoa, 1979), es que se tratan de tres libros de cuentos. Sonora tiene una tradición de poetas, en la cual está encumbrado, y pareciera inamovible, Abigael Bohórquez. Pero son muy pocos los autores de la región que han cultivado la narrativa. En esa anémica lista se tienen que nombrar a Luis Enrique García, Gerardo Cornejo y Sergio Valenzuela. Hay otros narradores nacidos en Sonora pero su desarrollo como escritores ha sido en el centro de la república, por lo que no han aportado a generar una tradición en el estado.
La ciudad antes del alba
Ganador del Premio Regional de Cuento Ciudad de la Paz 2009, La ciudad antes del alba es un libro conformado por cuentos con escenarios violentos propios del hampa. Personajes solitarios que habitan ciudades como abismos. Imanol Caneyada es un escritor y periodista de origen vasco que radica hace más de una década en Sonora. Su obra narrativa, de la cual destacan las novelas: Un camello en el ojo de la aguja (Universidad de Guadalajara, 2003) y Tardarás un rato en morir (Ganadora del libro sonorense en el género novela en 2009) es una de las más sólidas y poderosas del norte de México. El oficio de este escritor radica en la solvencia y arrojo que imprime al momento narrar. Se trata de un escritor de novela negra que en Sonora, corríjanme si no, es toda una extravagancia. Sus guiños detectivescos atrapan al lector desde el primer momento y lo conducen a una conjura violenta y maligna. Una conjura trazada sin taches en la cual aparecen personajes que huyen o buscan, condiciones humanas que generan historias al límite. Su libro de cuentos más reciente no es menos atractivo, aunque en ocasiones sintamos que ese largo aliento de Caneyada como novelista hace falta en algunos relatos que conforman el libro: un desfile de sonámbulos cuyas acciones suceden en la clandestinidad más profunda de la noche. Ya en ciudades de México, España y la América anglosajona. Una invitación a un mundo que está al borde del colapso, el mundo contemporáneo.
Pasajeros
Barrera ha publicado Conductas amorosas (PES, 2007), libro de relatos que llamó la atención por su claridad expositiva y su unidad temática. Textos que tienen un inicio y un final, algo difícil de lograr en este género, y en los cuales aparecen personajes de la globalidad: Jóvenes cachondos y solitarios que habitan las ciudades accediendo a momentos tan vitales como vacíos. Personajes que se relacionan y descubren la intimidad y el deseo. Sin embargo el autor quedó debiendo más sustancia narrativa. Eso que en periodismo se conoce como carnita y que no es otra cosa que vagancia o, lo que es lo mismo, un arrojo que intente alejarse de la rigidez. En su segundo libro de relatos Barrera tiene ese mismo dominio técnico y temático sobre sus textos, pero en Pasajeros resultan elementos con más volumen. La primera parte del libro lo conforman seis relatos, incluyendo el que da título a la obra. Se trata narraciones que van creciendo conforme nos adentramos en ellas. Las historias ganan en intensidad en la segunda parte debido a que los argumentos presentan personajes en tránsito de descubrir en el viaje, tanto físico como mental, un rasgo de sí mismos que resulta tan enigmático como elemental. Cuentos como trampas que sugieren historias más allá del punto final. El trazo psicológico y el existencial de los de personajes que aparecen en Pasajeros, genera lo que ya la contraportada advierte: “La visión fresca del éxodo mediocre con el que a veces afrontamos la vida.”
La noche estaba afuera
Autor de La balada de los comunes (La cábula, 2001) y el poemario Aire de Caín (Premio Alonso Vidal, 2005), López Corral es un narrador pulcro. Un autor que sabe contar historias. Algunos de los argumentos, por no dejar, quedan debiendo en emoción y verosimilitud. Sin embargo este libro es un prometedor augurio de lo que se viene de Alfonso. En la noche… los personajes son impotentes sexuales, fracasados sin remedio que actúan con el instinto y las pasiones bajas. Siete cuentos que narran los desequilibrios de enfermos de melancolía y soledad. En la contraportada se puede leer: “Las historias de La noche… muestran el universo completo de una trama, y no sólo la ambientación en que estas suceden… Las voces de Onetti, Carver y Hemingway, resuenan en los relatos. El lector será testigo del viaje en el vacío de seres expuestos a su propia naturaleza.” De este libro y su autor el escritor Imanol Caneyada escribe “Alfonso López inquieta. Se moja el culo para atrapar peces. Azuza. Escarba. Enamorado del enigma, del desvelo, se arma de su prosa limpia, precisa, prosa de oficio que se consume a sí misma, y se va a la guerra, a la noche, con su batallón de hombres y mujeres lastimados, rencorosos, que boquean en busca de aire, resignados a todas las noches que vienen, que siempre están viniendo. Por eso, los relatos de este libro son espejo, son ombligo obsesionado, son hurgarse la nariz, machacar una y otra vez una obsesión, son la certeza de que a la noche nunca le han importado las farolas.”
Matar un perro
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Samanta Schweblin
El Topo dice: nombre, y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco. Acabamos de conocernos. No me mira, dicen que nunca mira a nadie a los ojos. Edad, dice, cuarenta y dos, digo, y cuando dice que soy viejo pienso que él seguro tiene más. Lleva unos pequeños anteojos negros y debe ser por eso que le dicen el Topo. Me ordena conducir hasta la plaza más cercana, se acomoda en el asiento y se relaja. La prueba es fácil pero es muy importante superarla y por eso estoy nervioso. Si no hago las cosas bien no entro, y si no entro no hay plata, no hay otra razón para entrar. Matar un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor. Ellos dicen: algo peor, y miran hacia otro lado, como si nosotros, la gente que todavía no entró, no supiéramos que peor es matar a una persona, golpear a una persona hasta matarla.
Cuando la avenida se divide en dos calles opto por la menos transitada. Una línea de semáforos rojos cambia a verde, uno tras otro, y permite avanzar rápido hasta que entre los edificios surge un espacio oscuro y verde. Pienso que quizá en esa plaza no haya perros y el Topo ordena detenerse. Usted no trae palo, dice. No, digo. Pero no va a matar un perro a palazos si no tiene con qué. Lo miro pero no contesto, sé que va a decir algo, porque ahora lo conozco, es fácil conocerlo. Pero disfruta del silencio, disfruta pensar que cada palabra que diga son puntos en mi contra. Entonces traga saliva y parece pensar: no va a matar a nadie. Y al fin dice: hoy tiene una pala en el baúl, puede usarla. Y seguro que, bajo los anteojos, los ojos le brillan de placer.
Alrededor de la fuente central duermen varios perros. La pala firme entre mis manos, la oportunidad puede darse en cualquier momento, me voy acercando. Algunos comienzan a despertar. Bostezan, se incorporan, se miran entre sí, me miran, gruñen, y a medida que me voy acercando se hacen a un lado. Matar a alguien en especial, alguien ya elegido, es fácil. Pero tener que elegir quién deberá morir requiere tiempo y experiencia. El perro más viejo o el más joven o el de aspecto más agresivo. Debo elegir. Es seguro que el Topo mira desde el auto y sonríe. Debe pensar que nadie que no sea como ellos es capaz de matar.
Me rodean y me huelen, algunos se alejan para no ser molestados y vuelven a dormirse, se olvidan de mí. Para el Topo, tras los vidrios oscuros del auto, y los oscuros vidrios de sus anteojos, debo ser pequeño y ridículo, aferrado a la pala y rodeado de perros que ahora vuelven a dormir. Uno blanco, manchado, le gruñe a otro negro y cuando el negro le da un tarascón un tercer perro se acerca, ladra y muestra los dientes. Entonces el primero muerde al negro y el negro, los dientes afilados, lo toma por el cuello y lo sacude. Levanto la pala y el golpe cae sobre las costillas del manchado que, aullando, cae. Está quieto, va a ser fácil transportarlo, pero cuando lo tomo por las patas reacciona y me muerde el brazo, que enseguida comienza a sangrar. Levanto otra vez la pala y le doy un golpe en la cabeza. El perro vuelve a caer y me mira desde el piso, con la respiración agitada, pero quieto.
Lentamente al principio y después con más confianza junto las patas del perro, lo cargo y lo llevo hacia el auto. Entre los árboles se mueve una sombra, el borracho que se asoma dice que eso no se hace, que después los perros saben quién fue y se lo cobran. Ellos saben, dice, saben, ¿entiende?, se sienta en un banco y me mira nervioso. Cuando voy llegando al auto veo al Topo sentado, esperándome en la misma posición en la que estaba antes, y sin embargo noto abierto el baúl del Peugeot. El perro cae como un peso muerto y me mira cuando cierro el baúl. En el auto, el Topo dice: si lo dejabas en el piso se levantaba y se iba. Sí, digo. No, dice, antes de irte tenías que abrir el baúl. Sí, digo. No, tenías que hacerlo y no lo hiciste, dice. Sí, digo, y me arrepiento enseguida, pero el Topo no dice nada y me mira las manos. Miro las manos, miro el volante y veo que todo está manchado, hay sangre en mi pantalón y sobre la alfombra del auto. Tendrías que haber usado guantes, dice. La herida duele. Venís a matar un perro y no traés guantes, dice. Sí, digo. No, dice. Ya sé, digo y me callo. Prefiero no decir nada del dolor. Enciendo el motor y el coche sale suavemente.
Trato de concentrarme, descubrir cuál de todas las calles que van apareciendo podría llevarme al puerto sin que el Topo tenga que decir nada. No puedo darme el lujo de otra equivocación. Quizá estaría bien detenerse en una farmacia y comprar un par de guantes, pero los guantes de farmacia no sirven y las ferreterías a esta hora están cerradas. Una bolsa de nylon tampoco sirve. Puedo quitarme la campera, enrollarla en la mano y usarla de guante. Sí, voy a trabajar así. Pienso en lo que dije: trabajar, me gusta saber que puedo hablar como ellos. Tomo la calle Caseros, creo que baja hasta el puerto. El Topo no me mira, no me habla, no se mueve, mantiene la mirada hacia adelante y la respiración suave. Creo que le dicen el Topo porque debajo de los anteojos tiene ojos pequeños.
Después de varias cuadras Caseros cruza Chacabuco. Después Brasil, que sale al puerto. Volanteo y entro con el coche inclinándose hacia un lado. En el baúl, el cuerpo golpea contra algo y después se escuchan ruidos, como si el perro todavía tratara de levantarse. El Topo, creo que sorprendido por la fuerza del animal, sonríe y señala a la derecha. Entro por Brasil frenando, las ruedas hacen ruido y con el coche de costado otra vez hay ruido en el baúl, el perro tratando de arreglárselas entre la pala y las otras cosas que hay atrás. El Topo dice: frená. Freno. Dice: acelerá. Sonríe, acelero. Más, dice, acelerá más. Después dice frená y freno. Ahora que el perro se golpeó varias veces, el Topo se relaja y dice: seguí, y no dice nada más. Sigo. La calle por la que conduzco ya no tiene semáforos ni líneas blancas, y las construcciones son cada vez más viejas. En cualquier momento llegamos al puerto.
El Topo señala a la derecha. Dice que avance tres cuadras más y doble a la izquierda, hacia el río. Obedezco. Enseguida llegamos al puerto y detengo el auto en una playa de estacionamiento ocupada por grandes grupos de containers. Miro al Topo pero no me mira. Sin perder tiempo, bajo del auto y abro el baúl. No preparé mi abrigo alrededor del brazo pero ya no necesito guantes, ya está todo hecho, hay que terminar pronto para irse. En el puerto vacío sólo se ven, a lo lejos, luces débiles y amarillas que iluminan un poco unos pocos barcos. Quizá el perro ya esté muerto, pienso que sería lo mejor, que la primera vez le tendría que haber pegado más fuerte y seguro ahora estaría muerto. Menos trabajo, menos tiempo con el Topo. Yo lo hubiera matado directamente, pero el Topo hace las cosas así. Son caprichos, traerlo medio muerto hasta el puerto no hace más valiente a nadie. Matarlo delante de todos esos otros perros era más difícil.
Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo le tiembla. Todavía respira y respira agitado. El Topo debe estar contando el tiempo. Vuelvo a levantarlo y algo le debe doler porque aúlla aunque ya no se mueve. Lo apoyo en el piso y lo arrastro para alejarlo del auto. Cuando vuelvo al baúl a buscar la pala el Topo se baja. Ahora está junto al perro, mirándolo. Me acerco con la pala, veo la espalda del Topo y detrás, en el piso, el perro. Si nadie se entera de que maté un perro nadie se entera de nada. El Topo no gira para decirme ahora. Levanto la pala. Ahora, pienso. Pero no la bajo. Ahora, dice el Topo. No la bajo ni sobre la espalda del Topo ni sobre el perro. Ahora, dice, y entonces la pala baja cortando el aire y golpea en la cabeza del perro que, en el suelo, aúlla, tiembla un momento, y después todo queda en silencio.
Enciendo el motor. Ahora el Topo va a decirme para quién voy a trabajar, cuál va a ser mi nombre, y por cuánta plata, que es lo que importa. Tomá Huergo y después doblá en Carlos Calvo, dice.
Hace rato que conduzco. El Topo dice: en la próxima frená sobre el lado derecho. Obedezco y por primera vez el Topo me mira. Bájese, dice. Me bajo y él se pasa al asiento del conductor. Me asomo por la ventanilla y le pregunto qué va a pasar ahora. Nada, dice: usted dudó. Enciende el motor y el Peugeot se aleja en silencio. Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que me dejó en la plaza. En la misma plaza. Desde el centro, cerca de la fuente, un grupo de perros se incorpora, poco a poco, y me mira.
La Casa Gregorio: cultura al filo de la navaja
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overcast

Imanol Caneyada
No hay un letrero luminoso en la entrada. Tampoco una lona o un pedazo de cartón que indique que la Casa Gregorio es la Casa Gregorio. De hecho, a ciertas horas y bajo cierta luz, parece un edificio abandonado de los tantos que hay en el centro de Hermosillo.
No hay una recepción con una recepcionista de sonrisa elástica en la Casa Gregorio, aunque a veces uno puede encontrarse con los ojos de bienvenida de la pintora Venecia López, quien hace poco expuso ahí sus "Historias mínimas", una serie de pequeños retratos de escritores o con motivos literarios.
No hay un director de la Casa Gregorio en la Casa Gregorio. Pero Iván Ballesteros, escritor y editor, se las arregla para fungir como tal cuando su cargo de anfitrión un poco cínico, un mucho cálido, le deja tiempo.
No hay coordinadores de tal o cual cosa, subs o vicealgos. Tal vez ni siquiera existe conciencia plena de que la Casa Gregorio se está convirtiendo en uno de los centros culturales más activos y trascendentes de la ciudad.
Probablemente, si se le comenta esto al propio Ballesteros o al Billy o a Mariano o a Christian o a Franco, suelten la carcajada y sigan hablando de futbol.
Porque la Casa Gregorio no es una cuestión de pose ni el pretexto para bajarle una lana a las instituciones, las cuales, por cierto, prefieren evitar.
Pero en la Casa Gregorio comenzó a editarse la revista Shandy, uno de los proyectos literarios más edificantes de los últimos años en Sonora.
Y en ese edificio con una cierta vocación gótica acaba de iniciar sus labores la Editorial Tres Perros, con la publicación del cuentario de Alfonso López La noche estaba afuera.
Y se presentó no hace mucho la tercera edición de Poesida, de Abigael Bohórquez; y una colección de plaquettes de la Unison.
Y ha habido exposiciones y conferencias, y un sinfín de proyectos por concretar que saldrán adelante por aquello de que más vale tener amigos que dinero.
No, no hay glamur en la Casa Gregorio; había muchas cucarachas cuando llegaron a ocupar el edificio, de ahí el nombre (Samsa revivido).
Ya no quedan, me consta.
Tampoco hay voces engoladas en la Casa Gregorio, pero sí mucho talento y una forma de entender el arte que pasa por la pasión, el compromiso, caminar al filo de la navaja, jugarse el tipo cada día, no otorgar concesiones, amarrarse un huevo y seguir adelante. También me consta.
¿Que dónde está? En la mera esquina de No Reelección y Garmendia, en el Centro. La reconocerán en cuanto la vean.
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